Capítulo 24. El jardín vuelve a florecer
Arthur y Margaret echaron a andar inmediatamente, aunque ninguno de los dos corrió.
La urgencia de Thomas no había despertado en ellos una precipitación desordenada, sino una necesidad mucho más profunda: llegar a tiempo para acompañar a Jonathan en el último tramo del camino.
Mientras ascendían por la suave pendiente que conducía desde el lago hasta la casa principal, ambos comprendían que existían despedidas que no podían evitarse y cuyo verdadero valor consistía únicamente en no dejar que nadie las afrontara en soledad.
El sendero aparecía cubierto por una fina alfombra de pétalos blancos desprendidos de las camelias durante la noche anterior.
El viento los había ido depositando sobre la grava con una delicadeza casi ceremonial, como si el propio jardín quisiera rendir homenaje al hombre que durante tantos años había cuidado de él.
La luz de la tarde bañaba las fachadas de piedra caliza con un tono dorado que suavizaba las líneas severas de Blackstone Hall, convirtiendo la vieja mansión en un lugar donde el tiempo parecía detenerse por unos instantes.
Al atravesar el vestíbulo encontraron reunidos a casi todos los miembros del servicio.
La señora Hughes, ama de llaves desde hacía más de treinta años, permanecía abrazando discretamente a una de las doncellas más jóvenes, incapaz ya de contener las lágrimas.
El señor Wilkes conservaba la compostura, aunque sus ojos enrojecidos delataban el esfuerzo que realizaba para cumplir hasta el final con la dignidad que Jonathan siempre había admirado en él.
Edward Sinclair aguardaba junto a la escalera. Al ver llegar a Arthur y Margaret hizo una leve inclinación. No necesitó hablar. Su expresión bastaba para comprender que el desenlace estaba próximo. Subieron en silencio. Cada escalón parecía más largo que el anterior.
Charlotte permanecía sentada junto a la cama de su padre.
Sostenía una de sus manos entre las suyas mientras Richard Ashford ocupaba discretamente el otro lado.
El anciano respiraba con dificultad, aunque la serenidad que reflejaba su rostro seguía siendo la misma.
Al escuchar abrirse la puerta levantó lentamente los párpados.
Una sonrisa iluminó sus facciones.
—Ya estáis aquí.
Su voz era apenas un susurro, pero conservaba intacta la calidez de siempre.
Arthur y Margaret se acercaron inmediatamente. Jonathan los observó con inmensa satisfacción. Sus ojos se detuvieron unos instantes en las manos que ambos llevaban todavía entrelazadas. La sonrisa se hizo un poco más amplia.
—Eso está mucho mejor —murmuró.
Charlotte dejó escapar una leve risa entre las lágrimas.
—Hasta ahora sigue dando órdenes.
Jonathan respondió con una mirada llena de ternura.
—Solo las imprescindibles.
Durante algunos minutos ninguno habló. El silencio no resultaba incómodo. Era un silencio lleno de compañía.
Desde la ventana abierta llegaba el canto lejano de un mirlo escondido entre los viejos castaños del jardín.
El aire transportaba el perfume de las camelias y de las rosas recién abiertas.
Edward permanecía discretamente apartado, observando el pulso del anciano con la serenidad profesional que solo la experiencia permite conservar en momentos semejantes.
Jonathan respiró profundamente. Después volvió la vista hacia Charlotte.
—Hija.
Ella se inclinó inmediatamente.
—Estoy aquí.
El anciano acarició lentamente sus dedos.
—Nunca tengas miedo de caminar sola.
Charlotte sintió que las lágrimas volvían a brotar.
—No lo tendré.
—No porque la soledad sea buena.
Continuó él.
—Sino porque una mujer que ha aprendido a sostenerse por sí misma jamás aceptará permanecer junto a quien no sepa respetarla.
Charlotte asintió lentamente. Aquellas palabras quedarían grabadas para siempre en su memoria. Jonathan sonrió.
—Tu madre estaría orgullosa de ti.
Ella apoyó la frente sobre la mano de su padre.
—Todo cuanto soy se lo debo a vosotros.
Él negó suavemente.
—No. Se lo debes al corazón con el que naciste. Nosotros solo procuramos no estropearlo demasiado.
La habitación se llenó de una sonrisa emocionada, incluso Edward dejó escapar una breve risa. Era exactamente el tipo de observación que Jonathan habría hecho en cualquier otra circunstancia. Poco después dirigió la mirada hacia Richard.
—Viejo amigo.
Lord Ashford acercó discretamente la silla.
—Aquí estoy.
Jonathan tardó unos segundos en recuperar el aliento.
—Cuida de Rosewood.
Richard sonrió.
—Siempre lo he hecho.
El anciano negó con delicadeza.
—Ahora hazlo sin dejar que el orgullo decida por ti.
Richard comprendió el verdadero sentido de aquella petición.
—Te doy mi palabra.
Jonathan cerró brevemente los ojos. Después buscó nuevamente a Arthur.
—No olvides visitar estas tierras.
Arthur respondió con una leve inclinación.
—Vendré siempre que Charlotte me permita cruzar la verja.
Charlotte sonrió por primera vez con auténtica alegría.
—Creo que conseguiré soportarlo.
Jonathan observó aquella pequeña escena con evidente satisfacción.
—Eso esperaba escuchar.
La respiración comenzó a hacerse todavía más pausada. Edward se acercó discretamente. Tomó el pulso del anciano. No dijo nada. No era necesario. Jonathan volvió lentamente la cabeza hacia la ventana.
El jardín aparecía completamente iluminado por la luz de la tarde. Las camelias blancas brillaban bajo el sol con una pureza casi irreal. Durante unos largos instantes permaneció contemplándolas. Después habló muy despacio.
—Emily...
Nadie respondió. Comprendieron que aquella última conversación ya no pertenecía únicamente a este mundo. Una expresión de inmensa paz fue relajando poco a poco sus facciones.
Respiró una vez más. Muy lentamente. Luego otra. Todavía más suave. Finalmente una leve sonrisa quedó detenida en sus labios y el silencio ocupó el lugar donde hasta entonces había permanecido su respiración.
Edward mantuvo durante unos segundos los dedos sobre la muñeca del anciano. Después retiró lentamente la mano. Bajó la cabeza.
—Ha descansado.
No utilizó ninguna otra palabra. No hacía falta. Charlotte besó la mano de su padre. No lloró inmediatamente. Permaneció inmóvil, como si necesitara unos instantes para comprender que la ausencia acababa de comenzar.
Richard cerró lentamente los ojos. Arthur apoyó una mano sobre su hombro. Margaret abrazó a Charlotte con infinita delicadeza. Nadie intentó llenar el silencio. Algunas despedidas solo pueden honrarse compartiéndolas.
El funeral se celebró tres días después en la pequeña iglesia parroquial situada junto a los límites occidentales de Blackstone Hall.
Acudieron prácticamente todos los habitantes del condado.
No solo terratenientes y miembros de antiguas familias, sino también jornaleros, artesanos, comerciantes, maestros, viudas y ancianos que habían encontrado en Jonathan Beaumont un protector silencioso durante los momentos más difíciles de sus vidas.
Margaret comprendió entonces que la verdadera grandeza de un ser humano nunca se mide por la extensión de sus propiedades, sino por la huella que deja en quienes lo rodean.
El reverendo pronunció una homilía sencilla. No habló de títulos, ni de fortuna. Recordó únicamente la capacidad de Jonathan para escuchar antes de juzgar y para ayudar sin humillar a quien recibía esa ayuda.
Cuando terminó la ceremonia, el señor Wilkes depositó sobre el ataúd una única camelia blanca. Después lo hicieron Charlotte, Richard, Arthur, Margaret y uno tras otro, todos los criados de Blackstone Hall.
No hubo coronas ostentosas, solo aquellas flores sencillas que durante tantos años habían acompañado la historia de aquella familia.
El verano terminó instalándose definitivamente sobre el condado. Las semanas siguientes estuvieron llenas de cambios.
Charlotte asumió la administración de Blackstone Hall con una seguridad que sorprendió incluso a los abogados encargados de formalizar la sucesión.
Revisó contratos, visitó personalmente las granjas, reorganizó las cuentas y creó un pequeño fondo destinado a las familias de los trabajadores que enfermaban durante el invierno.
Richard colaboró estrechamente con ella, no como tutor, sino como consejero cuando ella lo solicitaba.
Poco a poco nació entre ambos una relación parecida a la que Jonathan siempre había deseado: basada en el respeto mutuo y no en las obligaciones impuestas por las convenciones sociales.
Arthur regresó a Hawthorne House únicamente para poner en orden algunos asuntos pendientes antes de trasladar definitivamente su residencia a Rosewood Manor.
No existía ya ninguna razón para seguir viviendo rodeado de habitaciones que durante tantos años habían conservado únicamente el eco de la ausencia.
Margaret volvió a recorrer los jardines de su infancia sin sentir que cada rincón escondía una herida.
Donde antes encontraba recuerdos dolorosos comenzó a descubrir nuevos proyectos.
Decidió restaurar el viejo invernadero siguiendo los cuadernos de jardinería escritos por Eleanor.
Las camelias ocuparon nuevamente el lugar central del jardín, acompañadas por rosales antiguos y lavandas, exactamente como su madre había imaginado muchos años atrás.
Una tarde de finales de septiembre, mientras el sol comenzaba a ocultarse tras las colinas, Arthur encontró a Margaret trabajando entre los nuevos parterres.
Llevaba las mangas remangadas y algunas manchas de tierra oscurecían los dedos de sus guantes.
Al verlo acercarse sonrió con esa naturalidad que solo poseen quienes han dejado de esconder la felicidad.
Arthur contempló el jardín. Las camelias jóvenes comenzaban ya a arraigar. El viejo banco de piedra había sido restaurado. El estanque reflejaba nuevamente el cielo sin las malezas que durante años lo habían cubierto.
—Parece otro lugar —dijo.
Margaret negó lentamente.
—No.
Miró alrededor.
—Siempre fue el mismo. Los que necesitábamos cambiar éramos nosotros.
Arthur tomó una de sus manos. Permanecieron contemplando el jardín durante largo rato. El viento movía suavemente las hojas. A lo lejos sonaban las campanas de la iglesia donde descansaba Jonathan Beaumont. Margaret apoyó la cabeza sobre el hombro de Arthur.
—¿Sabes qué creo?
Él sonrió.
—¿Qué?
Ella levantó la vista hacia las camelias. Varias flores blancas comenzaban a abrirse lentamente pese a no ser todavía la estación habitual.
Sonrió con emoción.
—Creo que tenía razón.
Arthur siguió su mirada.
—¿Quién?
—Emily.
Guardó un breve silencio.
—Los jardines siempre vuelven a florecer, solo necesitan que alguien tenga la paciencia de esperar la primavera.