El jardín de las camelias blancas Capítulo 19. La verdad sobre el compromiso
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Capítulo 19. La verdad sobre el compromiso

La partida de los Pembroke devolvió a Blackstone Hall un silencio que parecía distinto al de las horas anteriores.

Ya no era el silencio espeso de los secretos que permanecen ocultos, sino el que sigue a una confesión necesaria.

Las grandes puertas de roble se cerraron lentamente tras los carruajes, y durante algunos instantes todos permanecieron inmóviles en el vestíbulo, escuchando cómo el ruido de las ruedas se iba perdiendo entre los árboles de la avenida principal.

A través de los altos ventanales penetraba una luz más tenue.

El cielo se había cubierto por completo y una fina lluvia comenzaba a humedecer los jardines, dibujando pequeños círculos sobre el estanque situado frente a la fachada.

El aroma de la tierra mojada entraba discretamente por las ventanas entreabiertas, mezclándose con el olor a cera, madera antigua y flores frescas que impregnaba toda la casa.

Jonathan Beaumont apoyó una mano sobre el brazo de Edward Sinclair.

El médico comprendió inmediatamente que las fuerzas del anciano comenzaban a agotarse.

No era únicamente el cansancio producido por las emociones vividas durante la mañana.

Su respiración se había vuelto más corta, y una ligera palidez azulada empezaba a insinuarse alrededor de los labios.

—Debes descansar —insistió Edward con tono sereno.

Jonathan sonrió.

—Ahora sí.

Miró alrededor. Su mirada se detuvo unos segundos en Richard. Después en Arthur. Finalmente en Margaret y Charlotte.

—Gracias.

Ninguno de ellos respondió inmediatamente. Había determinadas palabras cuya sencillez resultaba mucho más conmovedora que los discursos elaborados. Richard dio un paso hacia él.

—No.

La voz del lord sonó profundamente emocionada.

—El agradecido soy yo.

Jonathan negó con una sonrisa.

—Dentro de unos días volverás a discutir conmigo.

Richard dejó escapar una leve risa.

—Eso espero.

El anciano respondió con una expresión llena de afecto.

—Entonces todavía quedará algo de normalidad entre nosotros.

Edward condujo lentamente a Jonathan hasta sus aposentos. Antes de abandonar el salón, el anciano volvió ligeramente la cabeza.

—Arthur.

El joven levantó la vista.

—Quédate un momento.

Arthur asintió.

Los demás comprendieron inmediatamente que Jonathan deseaba hablar con él a solas. Richard invitó discretamente a Margaret y Charlotte a salir al jardín cubierto, donde la lluvia apenas alcanzaba la galería acristalada que comunicaba las distintas alas de la casa.

Cuando la puerta terminó de cerrarse, Jonathan permaneció unos segundos contemplando a Arthur. Después señaló una silla.

—Siéntate.

El joven obedeció. Durante algunos instantes ninguno habló. Jonathan parecía ordenar cuidadosamente sus pensamientos. La enfermedad le obligaba ahora a administrar incluso el esfuerzo de una conversación.

—¿Sabes cuál fue la primera impresión que tuve de ti? —preguntó finalmente.

Arthur sonrió con cierta sorpresa.

—Nunca me lo ha dicho.

—Tendrías doce años —recordó Jonathan.

—Llegaste aquí con tu padre para una comida de verano. No conocías prácticamente a nadie. Sin embargo, antes de que terminara la tarde habías desaparecido.

Arthur sonrió.

—Lo recuerdo.

Jonathan levantó una ceja.

—¿Dónde estabas?

—En el establo.

El anciano asintió lentamente.

—Con un potrillo al que nadie conseguía acercarse.

Arthur dejó escapar una risa apenas audible.

—Solo estaba asustado.

Jonathan sostuvo su mirada.

—Exactamente.

Guardó un breve silencio.

—Todos los demás veían un animal difícil. Tú viste miedo en él.

Aquellas palabras hicieron que Arthur bajara lentamente la cabeza.

Jonathan continuó.

—Ese día pensé que llegarías a ser un buen hombre. No un hombre importante, ni rico, ni poderoso, simplemente un buen hombre.

Arthur permanecía completamente inmóvil. El anciano prosiguió.

—No me equivoqué.

El joven tardó varios segundos en encontrar la voz.

—He cometido muchos errores.

Jonathan sonrió.

—Naturalmente. Eso hacemos todos. La diferencia está en lo que hacemos después de cometerlos.

Arthur recordó inmediatamente las largas noches durante las que había intentado convencerse de que el compromiso con Charlotte terminaría siendo suficiente. Había confundido la responsabilidad con la renuncia. La honestidad con el sacrificio. Jonathan pareció leer aquellos pensamientos.

—No vuelvas a pedir perdón por amar a Margaret.

Arthur levantó lentamente la cabeza.

—Pero...

—No. El anciano habló con una firmeza inesperada. —Pide perdón por aquello que hayas hecho mal. Nunca por aquello que sientes. El amor jamás necesita disculpas, solo necesita verdad.

Arthur permaneció largo rato en silencio. Después formuló una pregunta que llevaba días rondando su pensamiento.

—¿Charlotte conseguirá perdonarme?

Jonathan sonrió con enorme ternura.

—Ya lo ha hecho.

Arthur frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

El anciano dejó escapar una leve risa.

—Porque es hija de Emily. Y porque hace mucho tiempo que dejó de pensar en sí misma. —dijo volviéndose lentamente hacia la ventana. —Eso es precisamente lo que más me preocupa.

Arthur comprendió inmediatamente. Una persona capaz de perdonar con tanta facilidad corría el riesgo de olvidar también sus propias necesidades. Jonathan añadió en voz baja:

—Prométeme una cosa.

—La que usted quiera.

—Nunca permitas que Charlotte crea que ha fracasado.

Arthur respondió sin vacilar.

—Se lo prometo.

Jonathan cerró los ojos unos segundos. Aquella promesa parecía proporcionarle un profundo alivio.

Mientras tanto, en la galería cubierta, Margaret caminaba lentamente junto a Charlotte.

La lluvia resbalaba por los cristales formando largas líneas transparentes que deformaban el paisaje exterior.

Más allá se distinguían los rosales inclinados por el viento y las primeras amapolas que comenzaban a aparecer entre la hierba húmeda.

Ninguna de las dos mujeres parecía tener prisa por hablar.

Existían conversaciones que necesitaban madurar unos minutos antes de encontrar las palabras adecuadas.

Fue Charlotte quien rompió finalmente el silencio.

—Supongo que ahora todo el mundo espera que tú y Arthur os caséis. Margaret volvió lentamente la cabeza.

—No lo sé.

Charlotte sonrió.

—Yo sí.

Hubo una pausa.

—Y probablemente tengan razón.

Margaret observó la serenidad con que pronunciaba aquellas palabras.

—¿No te duele?

Charlotte tardó bastante en responder.

—Sí.

La sinceridad de aquella respuesta conmovió profundamente a Margaret. Charlotte apoyó una mano sobre la barandilla de madera.

—Las decisiones correctas también duelen. A veces mucho —dijo mirando la lluvia. —Lo importante es que el dolor tenga un sentido.

Margaret comprendía perfectamente lo que quería decir. Charlotte volvió lentamente la vista hacia ella.

—Quiero pedirte una cosa.

—Claro.

—No desperdicies esta segunda oportunidad.

Margaret guardó silencio. Charlotte continuó.

—Durante años he visto cómo Arthur intentaba convencer a todo el mundo de que era feliz. Nunca lo consiguió —dijo con infinita dulzura. —No hagas que tenga que volver a intentarlo.

Margaret sintió un nudo en la garganta. Tomó lentamente la mano de Charlotte.

—No sé cómo agradecerte todo esto.

Charlotte negó con suavidad.

—No me lo agradezcas. Agradécele a la verdad que haya llegado antes de que fuera demasiado tarde.

Las dos permanecieron algunos minutos contemplando la lluvia. Finalmente Margaret habló.

—¿Y tú?

Charlotte sonrió con cierta sorpresa.

—¿Yo qué?

—¿Qué harás ahora?

La joven dejó escapar un largo suspiro.

—Todavía no lo sé —dijo observando los jardines. —Quizá por primera vez en mi vida tenga que descubrir quién soy sin que nadie haya decidido antes el camino por mí.

Aquellas palabras revelaban una incertidumbre comprensible.

Desde muy joven había sido educada para convertirse en esposa de un hombre respetable, administrar una casa y cumplir con las obligaciones sociales propias de su posición.

Ahora el futuro aparecía completamente abierto y también completamente desconocido.

Margaret sonrió con una calidez sincera.

—Creo que te sorprenderías si descubrieras todo lo que eres capaz de hacer.

Charlotte la miró con curiosidad.

—¿De verdad lo crees?

—Sí.

Margaret respondió sin vacilar.

—Porque llevas días demostrando más valor que cualquiera de nosotros.

Charlotte bajó discretamente la cabeza. Aquellas palabras parecían avergonzarla.

—No soy valiente, solo estoy cansada de vivir una vida que no era realmente mía.

Margaret recordó entonces algo que Lady Eleanor solía repetir durante su infancia.

"La libertad da miedo únicamente el primer día."

Sonrió involuntariamente. Charlotte advirtió aquella expresión.

—¿En qué piensas?

—En mi madre.

Charlotte respondió con otra sonrisa.

—Tengo la impresión de que habría sido una mujer maravillosa.

Margaret sintió cómo la nostalgia se mezclaba con una inesperada paz.

—Lo era y creo que hoy estaría orgullosa de todos nosotros.

En ese mismo instante, Edward Sinclair salió del corredor que conducía a las habitaciones de Jonathan. Su expresión era serena, aunque profundamente seria. Al acercarse a las dos mujeres habló en voz baja.

—Se ha quedado dormido.

Charlotte respiró aliviada.

—¿Está tranquilo?

Edward asintió.

—Sí, pero necesita descansar varias horas.

Miró brevemente a Margaret.

—Antes de dormirse me pidió que os transmitiera un mensaje.

Ambas aguardaron en silencio. Edward sonrió con una emoción difícil de ocultar.

—Ha dicho que, durante demasiado tiempo, todos habéis vivido prisioneros de una promesa equivocada. Hizo una breve pausa. —Y que ahora ha llegado el momento de cumplir la única promesa que realmente importa.

Margaret sintió cómo el corazón volvía a acelerarse.

—¿Cuál?

Edward respondió con una serenidad que parecía pertenecer al propio Jonathan.

—La que cada uno hizo alguna vez a su propia felicidad.