Capítulo 18. El invierno en Rosewood
Arthur permaneció inmóvil durante varios segundos con la carta entre las manos.
No continuó leyendo inmediatamente. Bastó aquella primera frase para comprender el alcance de la decisión que Charlotte había tomado.
Sus dedos sujetaban el papel con una delicadeza casi reverencial, como si temiera alterar unas palabras que habían debido de costarle muchas noches de desvelo.
Margaret observaba alternativamente el rostro de Arthur y el de Charlotte.
Nunca había sentido celos de aquella joven.
Desde el primer momento había percibido en ella una nobleza demasiado evidente para convertirla en una rival.
Sin embargo, en aquel instante descubría una grandeza aún mayor: la de quien era capaz de renunciar voluntariamente a una vida entera construida alrededor de un compromiso que jamás había sido impuesto por la fuerza, sino aceptado con la esperanza, quizá ingenua, de que el tiempo terminaría transformando el afecto en amor.
Arthur continuó leyendo en silencio.
"Padre, cuando acepté comprometerme con Arthur Hawthorne sabía perfectamente que una parte de su corazón seguía perteneciendo a otra persona.
No fui engañada. Nadie me hizo falsas promesas.
Entré en ese compromiso con plena conciencia de que el cariño puede crecer donde el amor todavía no existe y de que, en ocasiones, la convivencia termina creando vínculos que al principio parecen imposibles.
Durante mucho tiempo confié en que así ocurriría con nosotros.
Arthur ha sido siempre un caballero íntegro, atento y profundamente respetuoso.
Nunca me faltó consideración, jamás me hizo sentir humillada y siempre procuró tratarme con la misma honestidad con la que trataba a cualquier persona digna de su estima.
Precisamente por eso comprendí, poco a poco, que el problema no residía en él.
El problema consistía en que nadie puede ofrecer aquello que no posee. "
Arthur cerró brevemente los ojos. Cada línea parecía aumentar el peso de la culpa que llevaba sobre los hombros. Charlotte observó aquella reacción con inmensa serenidad.
—No quiero que te sientas responsable.
Él levantó lentamente la cabeza.
—¿Cómo no voy a sentirme?
Ella sonrió con una dulzura extraordinaria.
—Porque nunca me mentiste.
Guardó unos instantes de silencio.
—Solo intentaste convencerte de una mentira que también habría terminado destruyéndote a ti.
Jonathan contemplaba a su hija con un orgullo imposible de ocultar.
Durante muchos años había temido que el carácter sensible de Charlotte la convirtiera en una mujer excesivamente vulnerable para un mundo donde los matrimonios se negociaban con frecuencia como acuerdos entre familias.
Sin embargo, aquella joven que tenía delante no era frágil.
Poseía la fortaleza silenciosa de quienes han aprendido a sostener su dignidad incluso cuando el corazón duele.
Arthur continuó leyendo.
"Comprendí definitivamente la verdad el día que regresaste de Rosewood con una camelia blanca en la mano.
Nunca pronunciaste el nombre de Margaret.
No era necesario. Hay silencios que revelan mucho más que cualquier confesión.
Desde entonces dejé de preguntarme si algún día llegarías a amarme.
Empecé a preguntarme, en cambio, qué clase de mujer deseaba llegar a ser.
Y comprendí que no quería convertirme en alguien que necesitara ocupar un lugar conquistado por la ausencia de otra persona.
Deseo que el hombre con quien comparta mi vida me mire del mismo modo en que tú la has mirado siempre a ella, incluso cuando creías haberla perdido para siempre. "
Margaret sintió cómo una emoción profunda le cerraba la garganta. Jamás habría imaginado que otra mujer pudiera describir el amor de Arthur hacia ella con una comprensión tan generosa.
Charlotte bajó discretamente la vista. Aquellas palabras habían nacido después de muchas lágrimas. Ahora, pronunciadas por otro, parecían pertenecer ya al pasado.
Arthur dobló lentamente la carta. Durante varios segundos fue incapaz de hablar. Finalmente se acercó a Charlotte. La miró directamente a los ojos.
—No sé cómo pedirte perdón.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No debes hacerlo.
—Sí.
Su voz sonó cargada de emoción.
—Porque acepté algo que nunca debí aceptar.
Charlotte apoyó una mano sobre el brazo del joven.
—Y yo acepté permanecer en ese compromiso cuando ya conocía la verdad.
Sonrió con una serenidad casi luminosa.
—Los dos actuamos creyendo que evitábamos sufrimiento. Los dos nos equivocamos.
Aquellas palabras recordaban extraordinariamente a las pronunciadas poco antes por Sir Jonathan. Parecía existir una dolorosa herencia común entre ambas generaciones: la convicción de que el silencio protegía más que la sinceridad.
Jonathan respiró profundamente. La fatiga comenzaba a hacerse evidente. Edward dio un paso hacia él.
—Basta por hoy.
El anciano sonrió.
—Todavía queda una conversación.
El médico negó con preocupación.
—Jonathan...
—Solo una más —dijo Jonathan mirando a Charlotte. —Después descansaré.
Ella comprendió inmediatamente. Su padre deseaba hablar con los Pembroke. Pocos minutos después todos se reunieron en el salón azul.
Lord William Pembroke aguardaba junto a la chimenea acompañado por su esposa, Lady Beatrice, y por su hijo menor, Christopher, un joven de unos veintisiete años cuya expresión abierta y cordial contrastaba con la gravedad dominante en la casa.
Los Pembroke pertenecían a una de las familias más respetadas del condado.
Su prestigio no procedía únicamente de la antigüedad de su linaje, sino también de la prudencia con la que habían administrado sus responsabilidades durante generaciones.
William era un hombre de elevada estatura, hombros anchos y abundante cabello entrecano cuidadosamente peinado hacia atrás.
Su rostro transmitía inteligencia y firmeza, aunque unos ojos de un azul muy claro suavizaban considerablemente la severidad de sus facciones.
Lady Beatrice, de modales elegantes y voz pausada, poseía esa clase de presencia que conseguía imponer respeto sin necesidad de elevar jamás el tono.
Al ver entrar a Jonathan, ambos avanzaron inmediatamente hacia él.
—Jonathan —dijo William estrechándole las manos. —No imaginábamos encontrarte indispuesto.
El anciano sonrió.
—La edad empieza a recordarme que también tiene derechos sobre mí.
Lady Beatrice lo observó con sincera preocupación.
—Deberías habernos avisado.
Jonathan respondió con una leve inclinación.
—Precisamente por eso os he pedido que vinierais. Necesito hablaros antes de que continúe la jornada.
Todos tomaron asiento. La atmósfera era densa. Incluso Christopher, que desconocía casi por completo los acontecimientos recientes, percibía que aquella reunión no tenía nada de protocolaria. Jonathan fue directamente al asunto.
—El compromiso entre Arthur Hawthorne y mi hija Charlotte no llegará a celebrarse.
Nadie habló durante unos segundos. William Pembroke fue el primero en reaccionar. No hubo escándalo, ni indignación, solo una profunda sorpresa.
—¿Ha ocurrido algo?
Jonathan respondió con absoluta claridad.
—Sí.
Miró brevemente a Arthur y Margaret.
—La verdad.
Lord Pembroke comprendió inmediatamente que existía una historia mucho más compleja detrás de aquellas palabras. Volvió la cabeza hacia Charlotte.
—¿Es esta también tu decisión?
La joven sostuvo serenamente su mirada.
—Sí, milord.
William permaneció unos segundos observándola. Después asintió muy despacio.
—Entonces no hay nada más que discutir.
Arthur quedó sorprendido. Lady Beatrice sonrió con enorme dulzura.
—Los compromisos pueden romperse. Los matrimonios infelices resultan mucho más difíciles de reparar.
Aquella sencilla reflexión alivió inmediatamente parte de la tensión acumulada, sin embargo, William continuó hablando con una gravedad inesperada.
—Habrá rumores.
Jonathan asintió.
—Lo sé.
—Y algunos serán crueles.
—También lo sé.
Lord Pembroke miró alternativamente a Charlotte y Arthur.
—No permitiré que ninguno de ellos dañe el honor de la señorita Beaumont.
Richard intervino entonces.
—Ni yo permitiré que recaiga sobre Arthur una culpa que no le corresponde.
William observó detenidamente a ambos hombres. Había comprendido que detrás de aquella decisión existía una verdad todavía desconocida para él. Sin embargo, su educación le impedía formular preguntas que no le correspondían.
—En ese caso —dijo finalmente. —Anularemos discretamente el anuncio previsto para esta tarde.
Lady Beatrice añadió con enorme delicadeza.
—Diremos simplemente que ambas familias han decidido aplazar cualquier comunicación oficial por motivos de salud.
Jonathan inclinó agradecido la cabeza.
—Os debo mucho más de lo que imagináis.
William sonrió.
—No. Los amigos no llevan esa clase de cuentas.
La conversación continuó todavía algunos minutos más, centrada ahora en los detalles prácticos que evitarían un escándalo inmediato.
Christopher permanecía casi siempre en silencio, aunque Margaret advirtió varias veces que dirigía discretas miradas hacia Charlotte.
No eran miradas indiscretas ni cargadas de curiosidad.
Más bien parecían las de un hombre sinceramente preocupado por el bienestar de una mujer cuya tristeza acababa de descubrir.
Charlotte también lo advirtió. Le dedicó una leve sonrisa de cortesía.
Christopher respondió con otra igualmente discreta.
Fue un gesto insignificante. Apenas un instante, pero Jonathan, que había pasado toda una vida observando a las personas antes de juzgarlas, no dejó de percibirlo.
Y, por primera vez en muchos meses, una pequeña esperanza comenzó a abrirse paso silenciosamente en su corazón fatigado.