El jardín de las camelias blancas Capítulo 17. La enfermedad
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Capítulo 17. La enfermedad

Las palabras del mayordomo parecieron devolver de golpe a todos a la realidad presente.

Durante las últimas horas habían permanecido inmersos en un pasado que exigía ser comprendido antes de poder ser perdonado, pero el mundo exterior no había detenido su marcha.

Mientras ellos reconstruían lentamente la verdad de ocho años de silencio, el calendario seguía avanzando hacia la fiesta de primavera organizada por los Pembroke, una celebración que, según los planes establecidos por ambas familias, debía culminar con el anuncio oficial del compromiso entre Arthur Hawthorne y Charlotte Beaumont.

Aquella coincidencia convertía el momento en algo extraordinariamente delicado.

No bastaba ya con conocer la verdad. Era necesario decidir qué hacer con ella antes de que afectara públicamente a personas cuya única culpa había consistido en confiar en decisiones tomadas por otros.

Sir Jonathan cerró lentamente los ojos. No parecía sorprendido, más bien daba la impresión de haber esperado aquella visita.

—Hazlos pasar al salón azul —dijo con voz tranquila.

—Necesito unos minutos antes de reunirme con ellos.

El mayordomo inclinó respetuosamente la cabeza y abandonó la estancia. Durante algunos instantes nadie habló. Edward Sinclair fue el primero en romper el silencio.

—No deberías levantarte otra vez.

Jonathan sonrió con una serenidad casi paternal.

—Llevo demasiado tiempo aplazando conversaciones importantes. No pienso aplazar una más.

El médico negó con discreción.

—No me preocupa la conversación. Me preocupa que tu corazón ya no soporta esfuerzos como este.

Jonathan lo miró con afecto.

—Precisamente porque conozco mi corazón debo aprovechar el tiempo que todavía me concede.

Aquella respuesta encerraba una aceptación tan serena de la muerte que Margaret sintió un estremecimiento.

No existía resignación. Tampoco desesperación, solo la lucidez de quien comprende que la existencia no se mide únicamente por los años vividos, sino por la forma en que uno decide emplear los últimos que le quedan.

Richard observó atentamente al anciano. Habían compartido casi toda una vida.

Primero como rivales cordiales durante la juventud, más tarde como socios en varios proyectos agrícolas destinados a mejorar las condiciones de los pequeños arrendatarios del condado y, finalmente, como amigos unidos por responsabilidades semejantes.

Sin embargo, comprendió en aquel instante que jamás había conocido del todo al hombre que tenía delante.

Siempre había admirado su inteligencia, su rectitud y su extraordinaria capacidad para los negocios, pero ahora descubría una fortaleza mucho más profunda: la de alguien dispuesto a sacrificar incluso su propia reputación con tal de proteger una promesa.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Richard con voz baja.

Jonathan comprendió inmediatamente a qué se refería.

—¿Mi enfermedad?

Lord Ashford asintió. El anciano tardó unos segundos en responder.

—Casi dos años.

Margaret volvió la cabeza hacia Edward. El médico permaneció inmóvil.

—¿Y usted también lo sabía?

Edward respondió con absoluta honestidad.

—Fui quien le dio el diagnóstico.

Arthur sintió que una pregunta acudía inevitablemente a su pensamiento.

—¿Qué enfermedad padece?

Edward miró brevemente a Jonathan. El anciano hizo un leve gesto afirmativo.

—Ya no hay motivo para ocultarlo.

El médico respiró profundamente.

—Sufre una enfermedad del corazón —explicó con tono pausado.

—Hace dos años comenzó a experimentar episodios de fatiga intensa, dificultad para respirar y dolores en el pecho. Al principio creyó que eran consecuencia del exceso de trabajo, pero las exploraciones demostraron que el músculo cardíaco estaba gravemente debilitado.

Margaret escuchaba con creciente preocupación. Edward continuó.

—Los tratamientos disponibles solo han conseguido ralentizar la evolución, no detenerla.

Jonathan permanecía extraordinariamente tranquilo, como si el asunto perteneciera a otra persona.

—¿Cuánto tiempo...? —preguntó Arthur.

Edward no respondió inmediatamente. Era una pregunta para la que ningún médico honesto podía ofrecer una respuesta exacta.

—Hace un año pensé que dispondría de varios más —confesó. —Hoy ya no puedo asegurarlo.

El silencio volvió a instalarse en el despacho.

Margaret observó a Sir Jonathan con una emoción inesperada.

Hasta hacía apenas unos días aquel hombre representaba, en su imaginación, la figura responsable de la desgracia que había marcado su juventud.

Ahora descubría a un anciano enfermo que llevaba años intentando reparar un daño que nunca había provocado directamente.

Jonathan pareció adivinar sus pensamientos.

—No me mire con compasión —dijo sonriendo. —He tenido una vida extraordinariamente afortunada.

Margaret negó suavemente con la cabeza.

—No es compasión.

Él la observó con interés.

—Entonces, ¿qué es?

La joven tardó unos segundos en encontrar las palabras adecuadas.

—Creo que estoy aprendiendo lo fácil que resulta juzgar a una persona cuando solo conocemos una parte de su historia.

Jonathan sonrió.

Aquella respuesta parecía complacerle profundamente.

—Si todos aprendiéramos esa lección antes de cumplir los treinta años, el mundo sería un lugar mucho más amable.

Arthur dejó escapar una sonrisa apenas perceptible. Era exactamente la clase de reflexión que habría esperado escuchar de él.

Jonathan caminó lentamente hasta una pequeña mesa situada junto a la biblioteca. Sobre ella descansaba un marco de plata. Tomó la fotografía con enorme cuidado. Se trataba de un retrato realizado muchos años atrás.

En él aparecía una joven de extraordinaria belleza, con abundante cabello oscuro recogido en un elegante moño y una expresión vivaz que parecía iluminar el conjunto del rostro.

Sus ojos transmitían una mezcla de inteligencia y dulzura muy poco frecuente.

Margaret observó la fotografía con curiosidad.

—¿Su esposa?

Jonathan contempló largo rato el retrato antes de responder.

—Sí.

Su voz adquirió una suavidad distinta.

—Emily.

Arthur conocía aquella imagen. La había visto siendo niño. Emily Beaumont había fallecido cuando Charlotte apenas contaba diez años. Jonathan pasó delicadamente un dedo sobre el cristal.

—Ella siempre decía que las personas terminamos pareciéndonos más a nuestros remordimientos que a nuestros éxitos. Sonrió con melancolía. —Durante mucho tiempo no entendí aquella frase. Ahora sí.

Margaret observó el inmenso cariño con que aquel hombre seguía pronunciando el nombre de su esposa tantos años después de su muerte.

Comprendió entonces el origen del carácter de Charlotte.

La delicadeza, la serenidad y la capacidad para anteponer el bienestar ajeno parecían haber sido virtudes profundamente arraigadas en aquella familia.

Jonathan volvió a dejar el retrato en su lugar. Después dirigió la mirada hacia Richard.

—Debes decirles la verdad a los Pembroke.

Lord Ashford asintió lentamente.

—Lo haré.

—Hoy mismo.

—Sí.

Jonathan permaneció unos segundos en silencio.

—No será fácil.

Richard sonrió con amarga ironía.

—Hace tiempo que dejé de esperar que las decisiones correctas fueran las sencillas.

Arthur observó a ambos hombres. Algo había cambiado definitivamente entre ellos. Los años de distancia y culpabilidad parecían haberse desvanecido para dejar paso a una amistad mucho más honesta. No la de quienes nunca se equivocan, sino la de quienes terminan reconociendo sus errores.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron nuevamente la conversación. El mayordomo apareció.

—Señor.

Jonathan levantó la vista.

—¿Sí?

—La señorita Charlotte insiste en verle.

El anciano asintió.

—Hazla pasar a ella sola — Añadió inmediatamente. —Los Pembroke permanecerán en el salón.

El mayordomo desapareció. Pocos instantes después la puerta volvió a abrirse.

Charlotte Beaumont entró lentamente. Vestía un elegante traje de viaje color lavanda cuyo sencillo corte realzaba la natural elegancia de su figura.

El largo trayecto había desordenado ligeramente algunos mechones de su cabello castaño, pero su expresión permanecía tan serena como siempre.

Sin embargo, Margaret advirtió inmediatamente que sus ojos mostraban un cansancio nuevo, como si hubiera pasado la noche sin dormir.

Al descubrir reunidas a todas aquellas personas se detuvo unos segundos. Después hizo una leve inclinación.

—Perdonad mi interrupción.

Jonathan sonrió con enorme ternura.

—Ven aquí, Charlotte.

La joven obedeció. Su padre tomó suavemente una de sus manos. La contempló durante unos instantes. Había en su mirada un orgullo inmenso.

—Cada día te pareces más a tu madre.

Charlotte sonrió con emoción.

—Eso siempre decía usted cuando quería convencerme de algo. Jonathan dejó escapar una leve risa. —Y casi siempre funcionaba.

Aquella pequeña broma alivió ligeramente la tensión acumulada. Charlotte miró entonces a Arthur. Sus ojos permanecieron fijos en él durante algunos segundos. No había reproche. solo una tranquila aceptación.

—He venido porque deseo hablar antes de que lleguen los Pembroke.

Arthur dio un paso adelante.

—Yo también.

Ella negó suavemente con la cabeza.

—Primero déjame terminar.

Respiró hondo.

—Anoche escribí una carta a mi padre.

Jonathan frunció ligeramente el ceño.

—¿Una carta?

Charlotte asintió. Sacó un sobre cuidadosamente doblado de su pequeño bolso de viaje.

—Pensaba entregársela después de la fiesta.

Se lo ofreció. Jonathan abrió lentamente el pliego. Comenzó a leer. A medida que avanzaba por las líneas, una sonrisa llena de tristeza y orgullo fue iluminando poco a poco su rostro. Cuando terminó, dobló cuidadosamente la carta. Miró a su hija.

—¿Estás completamente segura?

Charlotte sostuvo su mirada con absoluta serenidad.

—Nunca he estado más segura de nada.

Jonathan asintió lentamente. Después volvió la cabeza hacia Arthur. Le entregó la carta.

—Creo que también debes leerla.

Arthur dudó unos segundos. Finalmente tomó el papel. Sus ojos recorrieron las primeras líneas. Margaret observó cómo la sorpresa iba transformándose lentamente en una emoción difícil de describir.

Charlotte había escrito una sola frase al comienzo de la carta. Una frase que parecía resumir todo cuanto había comprendido durante aquellos años.

"Ningún matrimonio construido sobre la gratitud puede sobrevivir a la ausencia de amor, y ninguna mujer que conserve su dignidad debería aceptar ocupar un lugar que pertenece al corazón de otra."