El jardín de las camelias blancas Capítulo 16. La despedida
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Capítulo 16. La despedida

Durante unos interminables segundos nadie se atrevió a tocar el sobre.

Permanecía sobre la mesa como un objeto perteneciente a otro tiempo, protegido por el silencio reverencial de quienes comprendían que aquel sencillo pliego de papel podía contener la respuesta que había condicionado ocho años de sufrimiento.

La cinta azul que sujetaba el resto de los documentos mostraba un desgaste evidente en los extremos, pero el lacre del sobre permanecía intacto.

Lady Eleanor lo había cerrado personalmente y nadie, desde entonces, había considerado legítimo romper aquel sello.

La habitación quedó sumida en una quietud absoluta.

Solo el leve crepitar de la leña consumiéndose en la chimenea y la respiración fatigosa de Sir Jonathan alteraban el silencio.

Jonathan apoyó lentamente una mano sobre el escritorio. Su rostro había adquirido una palidez preocupante. Edward Sinclair se aproximó discretamente.

—No continúes de pie.

El anciano negó con una leve sonrisa.

—He esperado demasiados años para este momento.

—Precisamente por eso.

—No.

Su voz seguía siendo firme.

—Quiero verlo con mis propios ojos.

Edward comprendió que insistir sería inútil. Acercó silenciosamente una silla. Jonathan tomó asiento sin apartar la vista del sobre. Después dirigió la mirada hacia Richard.

—Ábrelo tú.

Lord Ashford permaneció inmóvil.

—No me corresponde.

—Sí.

Jonathan sostuvo serenamente su mirada.

—Porque fue tu duda la que lo hizo necesario.

Richard cerró lentamente los ojos. Había aceptado aquella responsabilidad desde el mismo instante en que decidió acudir a Blackstone Hall. Ahora debía asumir también el último acto de aquella larga historia.

Con manos sorprendentemente firmes rompió cuidadosamente el viejo lacre. Margaret observaba cada uno de sus movimientos con el corazón acelerado. Arthur permanecía a su lado. Sin darse cuenta, ambos habían reducido poco a poco la distancia que los separaba.

No se tocaban, pero la cercanía nacía de una necesidad compartida. Richard extrajo lentamente el contenido del sobre. Había tres hojas. La primera era una carta. La segunda contenía varias certificaciones parroquiales. La tercera..., era un acta notarial.

Lord Ashford comenzó por la carta. Reconoció inmediatamente la caligrafía de Eleanor. Su voz vaciló ligeramente al leer la primera línea.

— "Si estas páginas llegan a abrirse algún día, significará que aquello que siempre temí ha terminado ocurriendo: alguien ha sembrado dudas sobre el origen de mi hija."

Margaret sintió cómo los ojos comenzaban a humedecerse. Escuchar nuevamente la voz de su madre, aunque solo fuera a través de la escritura, producía una emoción difícil de describir. Richard continuó.

"Escribo estas líneas porque conozco demasiado bien el mundo en el que vivimos.

Sé que una mentira repetida con suficiente insistencia puede llegar a parecer más sólida que la verdad.

También sé que los documentos sobreviven a quienes los escriben.

Por eso deseo dejar constancia de unos hechos cuya autenticidad nadie podrá discutir cuando yo ya no esté para defenderlos. "

Lord Ashford hizo una breve pausa. Le costaba mantener la serenidad. Edward tomó discretamente el relevo. Continuó la lectura.

"Margaret nació exactamente doscientos setenta y cuatro días después de que Richard y yo regresáramos de nuestro viaje por Escocia.

Adjunto el certificado del doctor William Carter, que supervisó mi embarazo desde el principio, así como el registro parroquial donde consta la fecha de nuestro regreso a Rosewood.

Ninguna de las insinuaciones que puedan hacerse en el futuro tiene fundamento alguno.

Mi hija pertenece únicamente al matrimonio formado por Richard Ashford y Eleanor Ashford. "

Margaret cerró los ojos. Una emoción inmensa recorrió la habitación. Arthur dejó escapar lentamente el aire que había contenido sin darse cuenta. Jonathan inclinó la cabeza, como si hubiera esperado escuchar precisamente aquellas palabras durante años.

Edward prosiguió.

"Conozco el motivo por el que alguien podría intentar sembrar esa duda.

Existen antiguas rivalidades familiares que nunca terminaron de desaparecer.

Hay personas incapaces de aceptar que dos familias prosperen cuando ellas fracasaron.

Si alguna vez aparece una acusación semejante, buscad siempre el interés de quien la formula antes que la veracidad de sus argumentos. "

Richard levantó lentamente la vista.

—Eso explica muchas cosas.

Jonathan asintió con gravedad.

—Sí.

Margaret observó alternativamente a ambos hombres.

—¿Sabían quién podía estar detrás?

Jonathan respondió con sinceridad.

—Lo sospechábamos.

Nunca conseguimos demostrarlo. Edward desplegó entonces el acta notarial. Tras examinarla unos segundos habló con absoluta claridad.

—No existe ninguna duda jurídica ni biológica sobre la filiación de Margaret.

Richard cerró lentamente los ojos. Las lágrimas, contenidas durante tantos años, comenzaron finalmente a descender por sus mejillas. No intentó ocultarlas. Margaret jamás había visto llorar a su padre. Aquella imagen resultaba mucho más conmovedora que cualquier explicación.

Lord Ashford dio un paso hacia su hija. Tardó unos segundos en encontrar la voz.

—Perdóname.

No era una petición formulada con la esperanza de obtener una respuesta inmediata. Era simplemente la expresión desnuda de un hombre que había dejado de protegerse tras el orgullo.

—He desconfiado de la mujer que más amaba. He desconfiado de ti. He desconfiado de Arthur. Y todo por una mentira que jamás debí permitir que gobernara nuestras vidas.

Margaret permaneció inmóvil. Comprendía perfectamente que aquellas palabras no borraban el pasado, pero también comprendía el enorme esfuerzo que representaban para un hombre como Richard Ashford.

Se acercó lentamente. Tomó las manos de su padre. Las sintió frías. Mucho más de lo habitual.

—No puedo recuperar los años que hemos perdido —dijo con enorme serenidad. —Pero tampoco quiero perder los que todavía nos quedan.

Richard bajó la cabeza. Por primera vez desde la muerte de Eleanor sintió que la posibilidad del perdón existía. No como un derecho, sino como un regalo inmerecido.

Mientras padre e hija permanecían abrazados, Arthur volvió lentamente la mirada hacia Sir Jonathan. El anciano observaba la escena con una expresión de profunda paz. Sin embargo, Edward Sinclair percibió inmediatamente un cambio preocupante.

La respiración de Jonathan se había vuelto irregular. Mucho más lenta. Se acercó discretamente.

—Jonathan.

El anciano sonrió.

—Estoy bien.

Pero no era cierto. Su mano derecha temblaba ligeramente apoyada sobre el bastón. Edward tomó discretamente su pulso. Frunció el ceño. Jonathan comprendió inmediatamente aquel gesto.

—Todavía no.

Murmuró.

—Déjame terminar.

Se incorporó con visible esfuerzo. Después caminó lentamente hacia una de las ventanas del despacho. Desde allí podían contemplarse los inmensos jardines de Blackstone Hall.

Las rosas comenzaban a florecer. Más allá se distinguían los campos de cereal y las suaves colinas que delimitaban la propiedad. Durante largo rato permaneció contemplando aquel paisaje. Finalmente habló sin volverse.

—¿Sabéis cuál ha sido el mayor error de nuestra generación?

Nadie respondió. Jonathan continuó.

—Creer que el honor consistía en soportar el peso del silencio.

Sonrió con infinita tristeza.

—Vuestros padres crecimos convencidos de que ocultar determinadas verdades protegía a quienes amábamos.

Guardó unos segundos de silencio.

—No comprendimos que la verdad siempre encuentra el camino para salir a la luz, solo cambia el precio que terminamos pagando por ella.

Arthur sintió que aquellas palabras resumían toda la tragedia vivida por ambas familias. Jonathan volvió lentamente la cabeza. Su mirada se detuvo sobre Margaret.

—Acércate.

La joven obedeció. El anciano tomó suavemente una de sus manos. Su piel estaba fría. Muy fría.

—Tu madre me pidió un favor pocos días antes de morir.

Margaret sintió un leve estremecimiento.

—¿Qué favor?

Jonathan sonrió con extraordinaria ternura.

—Que, si algún día la verdad llegaba demasiado tarde, al menos intentara impedir que el resentimiento ocupara su lugar.

Las lágrimas comenzaron a humedecer nuevamente los ojos de Margaret. Jonathan prosiguió.

—Eleanor nunca dejó de confiar en que algún día tú y Arthur descubriríais todo lo ocurrido.

Respiró lentamente. Con esfuerzo.

—Decía que el amor auténtico puede sobrevivir incluso al tiempo. Lo único que no sobrevive es al orgullo.

Arthur bajó discretamente la cabeza. Recordó inmediatamente las últimas conversaciones mantenidas con Lady Eleanor en el invernadero. Ahora comprendía por qué siempre le hablaba de paciencia.

Jonathan soltó lentamente la mano de Margaret. Después miró a Arthur.

—Hay algo más que debo devolverte.

El joven frunció ligeramente el ceño. El anciano abrió uno de los cajones superiores del escritorio. Extrajo un pequeño estuche de terciopelo azul. Lo sostuvo unos segundos entre las manos. Después se lo entregó.

Arthur lo abrió lentamente. En el interior descansaba un delicado anillo de oro blanco engastado con una única perla rodeada por diminutos diamantes. Margaret reconoció inmediatamente la joya. Era el anillo que Arthur había comprado ocho años atrás. El mismo que nunca llegó a entregar.

Arthur levantó lentamente la vista. Jonathan sonrió con inmensa serenidad.

—Lo conservé porque siempre pensé que algún día dejaría de pertenecerme.

El joven permanecía incapaz de hablar. Jonathan añadió con voz apenas audible.

—Ahora vuelve a las manos de su verdadero dueño.

Un intenso silencio envolvió nuevamente la estancia. Fue entonces cuando, desde el pasillo, comenzaron a escucharse pasos apresurados. El anciano mayordomo apareció en la puerta con el rostro visiblemente alterado. Se dirigió directamente hacia Sir Jonathan.

—Señor...

Su voz temblaba.

—La señorita Charlotte acaba de llegar.

Jonathan asintió lentamente.

—Hazla pasar.

El mayordomo dudó apenas un instante.

—No viene sola.

Todos volvieron la cabeza. El anciano añadió con evidente preocupación:

—Ha venido acompañada por varios miembros de la familia Pembroke... porque esta misma tarde pensaban anunciar oficialmente su compromiso con el señor Hawthorne ante todo el condado.