Capítulo 15. El escándalo
Las últimas palabras de Sir Jonathan Beaumont cayeron sobre la estancia con la violencia silenciosa de un árbol centenario que se desploma en medio del bosque.
Nadie habló. Nadie pareció capaz siquiera de respirar con normalidad.
El reloj de pared continuó marcando los segundos con su ritmo imperturbable, ajeno al terremoto que acababa de sacudir los cimientos de dos familias.
Margaret permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo hasta el punto de que los nudillos habían perdido el color.
Arthur había quedado completamente rígido.
Jamás, ni en las peores hipótesis construidas durante aquellos ocho años, había imaginado una explicación semejante.
Richard Ashford cerró lentamente los ojos.
Aquella confesión parecía exigirle un esfuerzo físico enorme.
Sir Jonathan permanecía sentado con la espalda recta, aunque la fatiga comenzaba a hacerse visible en su respiración.
Edward Sinclair, desde un discreto segundo plano, observaba atentamente cada uno de sus movimientos.
Conocía demasiado bien los límites que la enfermedad imponía ya al anciano y temía que la intensidad emocional de aquella conversación terminara por agotarlo antes de tiempo.
Margaret fue finalmente quien consiguió romper el silencio.
Su voz apenas conservaba un hilo de firmeza.
—¿Qué... quiere decir exactamente?
Sir Jonathan apoyó ambas manos sobre el bastón. No respondió inmediatamente. Antes miró a Richard. Era evidente que consideraba que aquella explicación correspondía, en primer lugar, al padre de Margaret. Lord Ashford comprendió el gesto. Respiró profundamente.
—Todo comenzó pocas semanas antes de que Arthur viniera a pedir tu mano.
Su voz sonaba cansada, pero extraordinariamente clara.
—Recibí una carta anónima.
Margaret frunció ligeramente el ceño.
—¿Anónima?
—Sí.
Richard hizo una breve pausa.
—No llevaba firma, ni remitente, solo contenía unas pocas páginas escritas con una caligrafía que ninguno de nosotros consiguió identificar.
Arthur permanecía escuchando sin apartar la vista de Lord Ashford.
—¿Qué decía?
Richard respondió con enorme dificultad.
—Afirmaba que tu difunto padre..., se corrigió inmediatamente.
—Que el padre de Arthur...
Miró al joven con sincero pesar.
—Había mantenido muchos años antes una relación con Eleanor.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación. Margaret sintió un estremecimiento. Aquella sola insinuación bastaba para comprender el alcance del escándalo. Richard continuó.
—La carta sostenía que tú no eras mi hija biológica.
Margaret cerró los ojos. No por creer aquella acusación, sino por imaginar el sufrimiento que semejante sospecha debía de haber provocado en sus padres. Lord Ashford prosiguió lentamente.
—Añadía además que únicamente una persona conocía toda la verdad.
Volvió la cabeza hacia Jonathan.
—Él.
Sir Jonathan inclinó muy despacio la cabeza.
—Porque yo era el albacea de vuestro abuelo y conocía muchos asuntos familiares que nadie más recordaba.
Arthur habló por primera vez desde la revelación.
—¿Usted creyó esa carta?
Jonathan respondió con absoluta sinceridad.
—No.
Después añadió con la misma honestidad.
—Pero tampoco podía ignorarla.
Edward Sinclair observó discretamente a Margaret. La joven permanecía extraordinariamente serena, aunque el color había desaparecido casi por completo de su rostro. Jonathan continuó.
—Cuando una acusación de esa naturaleza afecta a dos jóvenes que están a punto de casarse, la obligación moral consiste en comprobarla antes de permitir el matrimonio.
Arthur bajó lentamente la cabeza. Comprendía perfectamente aquella lógica por terrible que resultara. Richard retomó la explicación.
—Jonathan y yo iniciamos discretamente una investigación.
Margaret lo miró fijamente.
—¿Sin decirnos nada?
Él sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Ni siquiera a mamá?
Lord Ashford guardó silencio durante unos segundos.
—Al principio tampoco, pero Eleanor terminó descubriendo que ocurría algo. No conseguí ocultárselo.
Margaret recordó inmediatamente las anotaciones del diario. Su madre había percibido la angustia de Richard desde el primer momento.
—Ella se negó desde el principio a creer aquella historia.
Prosiguió Lord Ashford.
—Me dijo que era imposible. Que conocía perfectamente la fecha de tu concepción. Que jamás había existido ninguna duda.
Richard sonrió con inmensa tristeza.
—Debí escucharla.
Margaret sintió un nudo en la garganta. Aquella frase resumía buena parte de la tragedia de su familia. Arthur levantó lentamente la vista.
—¿Qué hicieron para comprobarlo?
Jonathan respondió.
—Buscamos documentos, cartas, registros y cualquier prueba que pudiera confirmar o desmentir aquella acusación.
Margaret recordó inmediatamente el diario escondido en el invernadero. Las cartas. El compartimento secreto. Todo empezaba a adquirir sentido. Jonathan continuó.
—Revisamos archivos familiares, correspondencia e incluso documentos notariales relacionados con las antiguas propiedades.
Richard añadió:
—Y fue precisamente mientras realizábamos esa búsqueda cuando Arthur vino a Rosewood para pedir tu mano.
Arthur comprendió entonces por qué Lord Ashford había reaccionado de aquella manera. No se trataba de una negativa nacida del orgullo, sino del miedo. Un miedo devastador.
Margaret permaneció varios segundos sin hablar. Después formuló la pregunta inevitable.
—¿Y por qué no nos dijeron simplemente que existía esa sospecha?
Richard cerró lentamente los ojos.
—Porque habría destruido vuestra vida incluso aunque hubiera resultado falsa.
Nadie respondió. Él continuó.
—En nuestra sociedad, una acusación así no desaparece cuando se demuestra su falsedad. Permanece siempre.
Margaret comprendía perfectamente lo que quería decir. Bastaba un rumor para arruinar una reputación durante generaciones. Especialmente cuando afectaba al honor de una mujer.
—Pensé...
Prosiguió Richard.
—Que sería cuestión de unos pocos días. De unas semanas. Creí que encontraríamos rápidamente la prueba que desmontara aquella mentira, pero los documentos que necesitábamos habían desaparecido.
Jonathan asintió lentamente.
—Alguien los había retirado mucho antes de que empezáramos a buscarlos.
Arthur sintió un escalofrío.
—¿Alguien intentó ocultarlos deliberadamente?
Jonathan lo miró con gravedad.
—Eso creemos.
Edward Sinclair intervino por primera vez.
—Durante años pensamos que simplemente se habían perdido, pero hace unos meses apareció un indicio completamente inesperado.
Margaret volvió inmediatamente la cabeza.
—¿Qué indicio?
El médico permaneció unos segundos en silencio. Después respondió.
—Un antiguo empleado de los Beaumont decidió hablar antes de morir.
Todos quedaron inmóviles. Edward prosiguió.
—Había servido durante más de cuarenta años en Blackstone Hall. Pocos días antes de fallecer pidió confesarse conmigo. No porque yo fuera sacerdote…
Sonrió levemente.
—Sino porque necesitaba que alguien encontrara ciertos documentos.
Arthur frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
Edward miró a Jonathan. Fue el anciano quien respondió.
—Una caja.
Margaret recordó inmediatamente la última frase de la carta enviada aquella mañana.
"Encontraréis en mi despacho un documento..."
Jonathan asintió lentamente.
—Exactamente.
Una caja que llevaba escondida casi treinta años. Richard observó al viejo amigo.
—Y cuyo contenido cambió por completo todo cuanto creíamos saber.
Margaret sintió cómo el corazón volvía a acelerarse.
—¿Dónde está esa caja?
Jonathan levantó lentamente una mano. Señaló una puerta situada al fondo del salón.
—En mi despacho.
Nadie habló. El anciano respiró profundamente. La enfermedad comenzaba a hacer visibles sus efectos. Edward dio un paso hacia él.
—Jonathan, debería descansar.
Sir Jonathan negó con suavidad.
—Todavía no.
Volvió la vista hacia Richard.
—Ha llegado demasiado tarde para muchas cosas. No quiero llegar tarde también a esta.
Con evidente esfuerzo se puso en pie. Arthur avanzó instintivamente para ayudarlo. Jonathan aceptó el brazo del joven con una sonrisa agradecida. Durante unos segundos permaneció observándolo.
—Siempre pensé que algún día caminarías por esta casa como parte de la familia.
Arthur bajó discretamente la mirada. Jonathan continuó.
—Lamento profundamente haber contribuido a impedirlo.
Arthur respondió con una serenidad nacida de los últimos acontecimientos.
—Ahora sé que ninguno de ustedes quiso hacer daño.
Jonathan sonrió con infinita tristeza.
—A veces las mejores intenciones producen las peores consecuencias.
Abrieron lentamente la puerta del despacho.
La estancia era amplia y luminosa, revestida de estanterías repletas de libros de historia, economía, agricultura y filosofía.
Sobre una gran mesa de caoba descansaban cuidadosamente ordenados varios legajos, una lámpara de aceite apagada y un pequeño reloj francés detenido exactamente a las nueve y cuarto.
Todo parecía extraordinariamente ordenado, quizá demasiado.
Jonathan avanzó despacio hasta un gran escritorio situado junto a la ventana.
Abrió con manos temblorosas uno de los cajones inferiores.
Extrajo una llave antigua. Después se arrodilló lentamente frente a un armario empotrado cuya existencia apenas resultaba perceptible entre la madera tallada.
Introdujo la llave. Giró dos veces. Se escuchó un mecanismo metálico. Una estrecha puerta interior se abrió lentamente. Dentro descansaba una caja de nogal oscuro. No era grande, pero estaba cuidadosamente envuelta en un paño de lino amarillento por el paso del tiempo.
Jonathan la tomó entre sus manos. Permaneció unos segundos contemplándola. Después la depositó muy despacio sobre el escritorio. Todos la observaban en absoluto silencio. El anciano apoyó la palma sobre la tapa. Cerró los ojos y murmuró con una emoción que apenas consiguió contener:
—Ojalá hubiéramos encontrado esto hace ocho años.
Levantó lentamente la tapa. En el interior descansaban varias cartas atadas con una cinta azul ya descolorida, un pequeño medallón de plata, un libro parroquial cuidadosamente doblado y un sobre sellado con una inscripción escrita de puño y letra por Lady Eleanor.
Margaret sintió que el corazón se detenía al leer las pocas palabras escritas sobre el sobre.
"Abrir únicamente si alguna vez se duda de quién es realmente mi hija."