El jardín de las camelias blancas Capítulo 14. Un matrimonio por conveniencia
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Capítulo 14. Un matrimonio por conveniencia

Los cuatro carruajes abandonaron Rosewood Manor apenas unos minutos después de recibida la carta.

El cielo, que hasta entonces había permanecido despejado, comenzaba a cubrirse de nubes altas y blanquecinas que filtraban la luz del sol, envolviendo el paisaje en una claridad tenue, casi plateada.

El camino hacia Blackstone Hall atravesaba extensas praderas donde el trigo joven se mecía acompasadamente bajo la brisa de finales de primavera.

A ambos lados de la carretera se sucedían viejos robles, muros de piedra cubiertos de musgo y pequeñas granjas cuyos tejados de pizarra sobresalían entre grupos de olmos centenarios.

Era un paisaje familiar para todos ellos y, sin embargo, aquella mañana parecía haber adquirido una solemnidad distinta, como si la naturaleza misma comprendiera que los acontecimientos que estaban a punto de desarrollarse pondrían fin a un silencio demasiado prolongado.

Margaret viajaba junto a su padre. Ninguno había pronunciado una sola palabra desde la salida.

Lord Ashford permanecía con la vista fija en la ventanilla, observando distraídamente el desfile de campos y bosques que quedaban atrás.

Su perfil, siempre firme y distinguido, revelaba ahora una fatiga difícil de ocultar.

Margaret descubría en él rasgos que nunca antes había advertido con tanta claridad: las finas arrugas junto a los ojos, el ligero temblor de una mano cuando el carruaje atravesaba un terreno irregular, la profundidad casi melancólica de una mirada acostumbrada durante años a ocultar sus verdaderos pensamientos.

Comprendió entonces que el hombre sentado frente a ella no era únicamente el padre severo que había condicionado tantas decisiones de su juventud.

Era también un viudo que llevaba ocho años sobreviviendo al recuerdo de la mujer que más había amado y a la culpa de una elección que había terminado destruyendo la felicidad de su única hija.

Fue Richard quien rompió finalmente el silencio.

—Siempre imaginé que esta conversación tendría lugar de otra manera.

Margaret volvió lentamente la cabeza.

—¿Qué conversación?

Él sonrió con una tristeza serena.

—La que un padre mantiene con su hija cuando ya no puede seguir escondiéndose detrás de su autoridad.

Guardó unos instantes de silencio.

—Durante mucho tiempo confundí el respeto con la obediencia.

Margaret permaneció escuchándolo sin interrumpir. Richard continuó hablando con voz pausada.

—Mi propio padre fue un hombre extraordinariamente estricto.

Jamás levantó la mano contra ninguno de sus hijos, pero bastaba una mirada suya para que toda la casa quedara en silencio.

Crecí convencido de que un buen padre debía poseer todas las respuestas y no mostrar jamás ninguna duda.

Cuando naciste prometí que sería diferente.

Quería darte una infancia llena de afecto, de libertad y de confianza.

Eleanor me ayudó a cumplir esa promesa durante muchos años.

Ella poseía una capacidad extraordinaria para recordarme que los hijos no son una prolongación de la voluntad de sus padres, sino personas llamadas a construir su propio camino.

Sonrió apenas al recordar a su esposa.

—Siempre decía que yo pretendía ordenar el mundo entero como si fuese uno de mis libros de contabilidad.

Margaret dejó escapar una leve sonrisa. Aquella observación describía perfectamente el carácter metódico de Lord Ashford.

—Y tenía razón.

Continuó él.

—Cuando Rosewood empezó a atravesar dificultades económicas, regresó el hombre en que me había educado mi padre. Dejé de confiar. Dejé de escuchar. Comencé a creer que debía resolverlo todo yo solo.

La joven observó cómo las manos de Richard se entrelazaban lentamente sobre el bastón que llevaba apoyado entre las rodillas.

—Fue entonces cuando cometí el error que todavía sigo pagando.

Margaret permaneció unos segundos en silencio antes de formular la pregunta que llevaba horas rondando su pensamiento.

—¿De verdad creyó que Arthur terminaría olvidándome?

Richard tardó bastante en responder.

—No.

Ella lo miró sorprendida.

—Entonces...

Lord Ashford dejó escapar un suspiro.

—Creí que tú lograrías reconstruir tu vida.

Margaret bajó lentamente la vista.

—¿Y lo hice?

Él cerró los ojos apenas un instante.

—No.

Aquella sencilla palabra encerraba una derrota inmensa.

El carruaje continuó avanzando entre los bosques.

Poco a poco comenzaron a aparecer los primeros muros de piedra pertenecientes a la inmensa finca de Blackstone Hall.

Las tierras de los Beaumont eran incluso más extensas que las de Rosewood.

Amplias avenidas bordeadas por hayas conducían hasta una elegante mansión georgiana construida con piedra dorada, cuyas proporciones transmitían una sensación de equilibrio y sobriedad más que de ostentación.

A diferencia de Rosewood, cuya arquitectura reflejaba el gusto romántico heredado de generaciones anteriores, Blackstone parecía diseñada para expresar estabilidad, disciplina y permanencia.

Sin embargo, aquella mañana la casa ofrecía un aspecto inusualmente silencioso.

No había criados trabajando en los jardines.

Las ventanas permanecían casi todas cerradas.

Las fuentes situadas frente a la entrada principal habían dejado de funcionar.

Todo parecía suspendido en una espera inquietante.

Arthur y el doctor Sinclair llegaron apenas unos minutos después. Cuando Margaret descendió del carruaje observó que Arthur levantaba brevemente la vista hacia las ventanas del piso superior.

Conocía aquella casa desde niño. Había pasado allí innumerables veranos invitado por la familia Beaumont, Sin embargo, la contemplaba ahora con una mezcla de respeto y preocupación que revelaba hasta qué punto la figura de Sir Jonathan había adquirido una importancia inesperada en los últimos días.

La puerta principal se abrió antes incluso de que llamaran. Un mayordomo anciano salió inmediatamente a recibirlos.

Era un hombre muy alto, de cabello completamente blanco y extraordinaria elegancia, cuya expresión grave delataba el peso de muchos años de servicio.

—Lord Ashford.

Hizo una inclinación impecable.

—El señor Beaumont los espera.

Margaret observó que el mayordomo no había dicho "Sir Jonathan". Aquella pequeña diferencia no parecía casual. Richard pareció advertirlo también.

—¿Cómo se encuentra?

El anciano bajó discretamente la mirada.

—Desea hablar con ustedes antes de descansar.

Aquella respuesta bastó para comprender la gravedad de la situación.

Atravesaron un amplio vestíbulo revestido de madera de nogal, presidido por un gran retrato familiar que representaba a varias generaciones de los Beaumont.

Margaret apenas tuvo tiempo de observarlo.

Toda la casa transmitía una atmósfera de discreción casi monástica.

No existía lujo innecesario. Cada objeto parecía ocupar exactamente el lugar que le correspondía.

Incluso el silencio poseía una cualidad distinta a la de Rosewood.

El mayordomo los condujo hasta un salón situado en el ala oriental.

—El señor Beaumont llegará enseguida.

Richard frunció ligeramente el ceño.

—¿No está en su dormitorio?

El anciano negó.

—Ha insistido en recibirlos aquí.

Los invitó a tomar asiento y se retiró sin añadir una palabra. La espera apenas duró unos minutos. La puerta volvió a abrirse lentamente. Margaret contuvo involuntariamente la respiración. Sir Jonathan Beaumont apareció apoyándose ligeramente sobre un bastón de nogal.

La enfermedad había transformado profundamente su aspecto desde la última vez que Arthur lo había visto.

Seguía siendo un hombre de elevada estatura, pero la robustez que siempre había caracterizado su figura había desaparecido casi por completo.

El cabello, antaño oscuro, era ahora completamente blanco.

Sus facciones conservaban una notable dignidad, aunque aparecían marcadas por el sufrimiento físico.

Solo los ojos permanecían inalterables: grises, extraordinariamente inteligentes y dotados de una serenidad que impresionó inmediatamente a Margaret.

No inspiraba compasión. Inspiraba respeto. Vestía con impecable sencillez, sin ninguno de los signos externos de riqueza que muchos hombres de su posición acostumbraban exhibir. Caminaba despacio, pero con absoluta firmeza.

Al entrar dirigió primero una mirada hacia Richard. No hubo protocolo, Solo dos viejos amigos contemplándose después de demasiados años.

—Richard.

Lord Ashford dio un paso adelante.

—Jonathan.

Se estrecharon las manos durante unos segundos. Aquel sencillo gesto parecía contener una conversación completa. Después Sir Jonathan volvió lentamente la cabeza. Sus ojos se detuvieron sobre Margaret. La observó largamente con una emoción apenas perceptible.

—Así que usted es Margaret.

Ella hizo una respetuosa inclinación.

—Es un placer conocerle, señor.

Sir Jonathan sonrió con enorme dulzura.

—El placer debía haber sido mío hace muchos años.

Aquellas palabras sorprendieron profundamente a la joven. Antes de que pudiera responder, el anciano volvió la vista hacia Arthur. Durante unos segundos ninguno habló. Finalmente Jonathan avanzó lentamente hasta situarse frente a él.

—Has cambiado mucho.

Arthur sonrió débilmente.

—Todos hemos cambiado.

—Sí.

Respondió el anciano.

—Pero algunos conserváis exactamente la misma mirada.

Le apoyó una mano sobre el hombro.

—Tu padre estaría orgulloso de ti.

Arthur bajó discretamente la cabeza. Su padre había fallecido siendo él muy joven. Escuchar aquellas palabras precisamente de Jonathan Beaumont parecía conmoverlo más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Todos tomaron asiento. El silencio se prolongó unos instantes. Fue Sir Jonathan quien decidió romperlo.

—Antes de empezar...

Su voz conservaba una sorprendente firmeza.

—Necesito pediros perdón.

Nadie respondió. El anciano prosiguió.

—No porque separara a dos personas que se amaban.

Miró alternativamente a Margaret y Arthur.

—Jamás hice tal cosa.

Margaret recordó inmediatamente el diario de su madre. Jonathan continuó.

—Os pido perdón porque permití que creyeseis durante ocho años que yo era el responsable.

Arthur permanecía inmóvil. Richard cerró lentamente los ojos.

—Pude hablar antes.

Continuó Jonathan.

—Pude evitar mucho sufrimiento, pero no lo hice.

Respiró profundamente.

—Y eso es algo que me acompañará hasta el final de mi vida.

Margaret reunió el valor suficiente para formular la pregunta que todos esperaban.

—Entonces...

Su voz apenas era un susurro.

—¿Por qué permitió que todos creyéramos eso?

Sir Jonathan permaneció largo rato contemplándola. Después volvió lentamente la vista hacia Richard. Fue Lord Ashford quien respondió con una voz cargada de emoción.

—Porque yo se lo pedí.

Margaret sintió que el corazón se detenía. Richard continuó sin apartar la mirada de su hija.

—Le supliqué que soportara ese peso en mi lugar.

Sir Jonathan cerró los ojos.

—Y acepté.

Hubo un largo silencio. Margaret apenas conseguía respirar. Entonces Jonathan pronunció unas palabras que alteraron por completo cuanto creían haber comprendido hasta ese momento.

—Lo hice porque Richard acababa de descubrir algo que amenazaba con impedir vuestro matrimonio por una razón mucho más terrible que la ruina económica.

El anciano hizo una pausa. Su mirada se llenó de una tristeza inmensa.

—Una razón que nos llevó a creer, durante varias semanas, que Arthur y Margaret podían compartir un vínculo de sangre.