Capítulo 13. El padre de Margaret
Las palabras del doctor Edward Sinclair parecieron absorber el sonido mismo de la mañana.
El canto de los mirlos que hasta unos instantes antes llenaba los jardines de Rosewood desapareció de la conciencia de Margaret, sustituido por una sensación de inquietud tan intensa que incluso el aire pareció adquirir un peso distinto.
Arthur permanecía inmóvil frente al médico, con los hombros ligeramente tensos y la mandíbula contraída.
Había conocido a Edward durante sus años de formación en Cambridge, cuando el joven Sinclair todavía no había decidido consagrar definitivamente su vida a la medicina.
La amistad entre ambos había sobrevivido al tiempo y a la distancia gracias a una correspondencia esporádica, aunque Arthur ignoraba que aquella relación hubiese llegado a extenderse también a la familia Beaumont.
Edward Sinclair era un hombre cuya serenidad inspiraba confianza inmediata.
No poseía la afectación distante de algunos médicos de prestigio que convertían cada conversación en una demostración de erudición.
Su forma de hablar era pausada, reflexiva y extraordinariamente humana.
Había aprendido, tras muchos años acompañando a enfermos y familias enteras durante los momentos más difíciles de sus vidas, que la verdad debía administrarse con la misma precisión que un medicamento: ni demasiado pronto, ni demasiado tarde, ni jamás desprovista de compasión.
Arthur fue el primero en romper el silencio.
—¿Qué sucede exactamente?
Edward dirigió una breve mirada hacia Margaret antes de responder.
—Preferiría explicarlo cuando estemos todos reunidos.
Aquella respuesta confirmó que la situación era mucho más grave de lo que cualquiera de ellos había imaginado.
—¿Sir Jonathan está en peligro?
El médico tardó unos segundos en responder.
—Desde hace bastante tiempo.
Margaret observó atentamente su expresión. No detectó dramatismo, solo una tristeza contenida.
—¿Por qué nadie lo sabía?
Edward dejó escapar un suspiro.
—Porque él no ha querido.
Guardó unos instantes de silencio.
—Y porque durante años creyó que todavía disponía del tiempo suficiente para resolver ciertas cuestiones pendientes.
Miró directamente a Arthur.
—Ahora ya no está tan seguro.
Antes de que pudieran continuar, el sonido de otro carruaje interrumpió la conversación. Todos volvieron la cabeza. Esta vez sí pertenecía a Rosewood. Lord Richard Ashford descendió lentamente del vehículo.
Margaret sintió un sobresalto. Su padre parecía haber envejecido varios años desde que abandonó la casa aquella misma mañana.
El impecable porte aristocrático que siempre lo había caracterizado seguía presente, pero algo en la expresión de sus ojos revelaba un agotamiento mucho más profundo que el simple cansancio físico.
Caminaba con paso firme, aunque extraordinariamente lento, como si cada movimiento exigiera un esfuerzo invisible.
Al llegar hasta ellos saludó primero a Edward.
—Doctor Sinclair.
—Milord.
Los dos estrecharon brevemente las manos. Richard dirigió entonces la mirada hacia Arthur. No existía ya la distancia formal que había presidido tantas conversaciones anteriores, solo la gravedad compartida entre dos hombres que comprendían que el tiempo comenzaba a agotarse.
—Arthur.
—Milord.
Hubo un breve silencio. Finalmente Richard habló.
—Sir Jonathan desea vernos esta tarde.
Arthur asintió.
—Samuel me lo ha comunicado.
Lord Ashford miró entonces a Margaret.
Sus ojos permanecieron unos segundos fijos en el rostro de su hija. Había en ellos una mezcla de orgullo y arrepentimiento que Margaret nunca antes había advertido con tanta claridad.
—Tú también vendrás.
Ella quedó sorprendida. Era la primera vez desde su regreso que su padre no intentaba apartarla de una conversación relacionada con el pasado.
—¿Está seguro?
Richard respondió con una serenidad que parecía fruto de una decisión largamente meditada.
—Ya no volveré a ocultarte nada.
Aquellas palabras conmovieron profundamente a Margaret. No porque repararan de inmediato el daño causado por tantos años de silencio, eso resultaba imposible, pero constituían el primer gesto auténtico de un hombre dispuesto, por fin, a asumir las consecuencias de sus decisiones.
Entraron todos en la casa. Lord Ashford pidió que les sirvieran café en la biblioteca. Necesitaban unos minutos antes de emprender el camino hacia Blackstone Hall.
La estancia, bañada por la cálida luz del mediodía, conservaba la misma atmósfera solemne de la noche anterior. Las altas estanterías, los retratos familiares y el antiguo reloj de pie parecían observar silenciosamente el desarrollo de unos acontecimientos largamente esperados.
Ninguno tomó asiento inmediatamente. Richard permaneció junto a la chimenea. Edward cerca de la ventana. Arthur observaba distraídamente el jardín. Margaret fue la primera en romper aquella inmovilidad.
—Padre.
Richard levantó lentamente la cabeza.
—Necesito preguntarle algo.
Él asintió.
—Pregúntame cuanto desees.
Margaret respiró profundamente. Había esperado ocho años para formular aquella pregunta.
—¿Por qué no me dijo nunca que Arthur había venido a pedir mi mano?
El silencio que siguió fue largo, muy largo. Richard no evitó su mirada. Tampoco buscó excusas.
—Porque tuve miedo.
Margaret sintió que aquella sencilla respuesta resultaba más devastadora que cualquier explicación compleja.
—¿Miedo de qué?
Lord Ashford sonrió con infinita tristeza.
—De perderte.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—No lo entiendo.
Richard comenzó a caminar lentamente por la habitación.
—Cuando un padre contempla a su hija crecer cree conocer perfectamente cuáles son los peligros capaces de hacerle daño.
Sonrió con melancolía.
—Después descubre que el verdadero peligro consiste muchas veces en sus propios errores.
Se detuvo frente al retrato de Lady Eleanor. Durante unos segundos contempló el rostro de su esposa.
—Pensé que podía controlar los acontecimientos. Pensé que bastaría con sacrificar una felicidad inmediata para proteger un futuro más seguro.
Volvió lentamente la cabeza hacia Margaret.
—Jamás imaginé que terminaría destruyendo precisamente aquello que intentaba salvar.
Margaret permanecía escuchándolo con absoluta atención. Richard continuó.
—Tu madre lo comprendió antes que yo.
El nombre de Lady Eleanor llenó nuevamente la habitación.
—Intentó convencerme. Me suplicó que hablara contigo, que hablara con Arthur, que confiara en vosotros.
Cerró lentamente los ojos.
—No la escuché.
Arthur bajó discretamente la cabeza. El respeto que sentía por Lord Ashford le impedía intervenir, pero Margaret advirtió cómo las manos del joven se cerraban lentamente sobre el respaldo de una silla.
No por rabia, sino por el esfuerzo que realizaba para contener la emoción.
Richard permaneció varios segundos en silencio antes de continuar.
—¿Sabes cuál fue el mayor error de mi vida?
Margaret negó muy despacio. Él respondió con voz apenas audible.
—Creer que amar a alguien me daba derecho a decidir por esa persona.
Aquellas palabras parecían pronunciadas tanto para su hija como para sí mismo. Edward Sinclair observaba la escena con enorme discreción. Conocía bien aquella clase de confesiones. Sabía que existían enfermedades para las que ningún médico disponía de tratamiento. El remordimiento era una de ellas.
Margaret avanzó lentamente hasta situarse frente a su padre. Durante unos instantes ninguno habló. Finalmente ella preguntó:
—¿Todavía no me ha contado toda la verdad?
Richard sostuvo su mirada.
—No.
—¿Por qué?
Él respiró profundamente.
—Porque parte de esa verdad no me pertenece.
Margaret frunció ligeramente el ceño. Richard continuó.
—Hay una promesa que hice hace ocho años.
Arthur levantó lentamente la cabeza. Aquella afirmación también parecía sorprenderlo.
—Una promesa.
Repitió Margaret.
—¿A quién?
Lord Ashford volvió la vista hacia la ventana. El jardín aparecía completamente iluminado por el sol. Las camelias blancas podían distinguirse incluso desde aquella distancia.
—A tu madre.
La joven sintió un estremecimiento. Richard habló muy despacio.
—La última noche que Eleanor estuvo consciente me pidió una cosa.
Hizo una larga pausa.
—Que jamás revelara ciertos acontecimientos mientras otra persona siguiera con vida.
Margaret sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Quién?
Lord Ashford respondió casi en un susurro.
—Sir Jonathan Beaumont.
Arthur intercambió una rápida mirada con Edward. El médico permanecía completamente inmóvil, como si conociera ya aquella respuesta.
—¿Por qué? — preguntó Margaret.
Richard negó lentamente.
—Eso deberá explicarlo él.
La conversación fue interrumpida por unos golpes discretos en la puerta. Samuel Fletcher apareció con la misma compostura de siempre, sin embargo, su expresión revelaba cierta urgencia.
—Milord.
Richard se volvió.
—¿Sí?
—Ha llegado un mensajero desde Blackstone Hall.
Samuel llevaba una carta en la mano. El sobre estaba lacrado con el escudo de los Beaumont. Lord Ashford rompió cuidadosamente el sello. Leyó en silencio. A medida que avanzaba por las líneas, el color abandonó lentamente su rostro. Arthur dio un paso adelante.
—¿Qué ocurre?
Richard levantó despacio la vista. Entregó la carta a Edward. El médico la leyó. Después cerró lentamente los ojos. Margaret sintió una creciente inquietud.
—¿Qué sucede?
Fue Edward quien respondió.
—Sir Jonathan ha empeorado.
Guardó unos segundos de silencio.
—Y ha pedido que acudamos inmediatamente.
Arthur ya se dirigía hacia la puerta cuando Richard pronunció unas palabras que lo obligaron a detenerse.
—Hay algo más.
Todos volvieron la cabeza. Lord Ashford sostenía todavía la carta entre los dedos. Su voz sonó extraordinariamente grave.
—Escribe que, si llega demasiado tarde...
Hizo una pausa.
—Encontraremos en su despacho un documento que cambiará para siempre la historia de nuestras dos familias.
La biblioteca volvió a quedar en silencio. Nadie necesitó preguntar nada más.
Por primera vez desde el regreso de Margaret a Rosewood, todos comprendieron que el pasado estaba a punto de revelarse por completo. Y que, cuando aquella verdad saliera finalmente a la luz, ninguno de ellos volvería a contemplar su propia vida con los mismos ojos.