El jardín de las camelias blancas Capítulo 12. Una promesa olvidada
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Capítulo 12. Una promesa olvidada

La noticia dejó suspendido el aire alrededor de los tres.

Samuel Fletcher, que rara vez se permitía exteriorizar emoción alguna, mantenía las manos entrelazadas delante del cuerpo con una rigidez impropia de él.

Arthur permanecía inmóvil, con la mirada fija en algún punto indeterminado del lago, mientras Margaret intentaba ordenar la cascada de pensamientos que acababa de desencadenarse.

La figura de Sir Jonathan Beaumont, hasta entonces reducida a un nombre mencionado en conversaciones fragmentarias, comenzaba a adquirir un relieve inesperado.

Primero el diario de Lady Eleanor había desmontado la idea de que el industrial hubiese intentado comprar el futuro de Rosewood mediante un matrimonio de conveniencia.

Ahora regresaba al condado de manera discreta, después de más de medio año de ausencia y precisamente cuando los secretos del pasado empezaban a salir a la luz.

Arthur fue el primero en recuperar la palabra.

—¿Quién ha avisado a Lord Ashford?

Samuel respondió con la precisión que lo caracterizaba.

—El propio Sir Jonathan.

Margaret lo observó sorprendida.

—¿Le envió una carta?

—No.

—Entonces...

—Ha venido personalmente esta mañana a Rosewood.

Arthur frunció el ceño.

—¿Y no lo hemos visto?

Samuel negó lentamente.

—Llegó muy temprano, cuando casi toda la casa seguía dormida.

El administrador hizo una breve pausa.

—Solo habló con Lord Ashford.

Margaret sintió un leve estremecimiento.

—¿Cuánto tiempo permaneció aquí?

—Poco más de media hora.

—¿Y después?

—Regresó inmediatamente a Blackstone Hall.

Arthur intercambió una rápida mirada con Samuel. Parecía comprender algo que Margaret todavía ignoraba.

—¿Ha dicho por qué ha vuelto?

El anciano administrador bajó discretamente la voz.

—Solo una frase.

—¿Cuál?

Samuel respiró profundamente.

—Ha llegado el momento de reparar un error que ha durado demasiado.

Ninguno de los tres habló durante varios segundos.

Las palabras flotaban entre ellos con una gravedad imposible de ignorar.

Arthur pasó lentamente una mano por el cabello.

Margaret observó aquel gesto con atención.

Lo conocía demasiado bien. Siempre hacía exactamente lo mismo cuando una preocupación comenzaba a superar su capacidad para mantener la serenidad.

—Debo ir a Blackstone Hall.

Samuel asintió.

—Lord Ashford desea precisamente eso.

Margaret dio un paso adelante.

—Yo también iré.

Arthur levantó inmediatamente la vista.

—No.

Ella sostuvo su mirada.

—No pienso seguir esperando en esta casa mientras otros deciden sobre mi vida.

La firmeza de su voz sorprendió incluso a Samuel. Arthur permaneció unos instantes en silencio. Finalmente respondió con enorme suavidad.

—Precisamente porque ya han decidido demasiadas veces por ti.

Margaret comprendió el significado de aquellas palabras. Él no intentaba excluirla. Intentaba protegerla, pero ya era demasiado tarde para aceptar otra protección nacida del silencio.

—Arthur.

Su voz se volvió extraordinariamente serena.

—He pasado ocho años creyendo una mentira. No voy a permitir que vuelva a ocurrir.

Él la observó largamente. Después dejó escapar un suspiro apenas perceptible.

—De acuerdo.

Samuel intervino antes de que pudieran continuar.

—Me temo que hoy no será posible.

Ambos lo miraron.

—¿Por qué?

—Sir Jonathan ha pedido expresamente hablar primero con Lord Ashford.

Margaret sintió renacer la frustración. Samuel añadió:

—Y, según me ha dicho su padre antes de marcharse, esa conversación no admite testigos.

Durante unos segundos nadie encontró nada que añadir. Finalmente Samuel inclinó respetuosamente la cabeza.

—Permítanme un consejo.

Arthur asintió.

—Le escuchamos.

El administrador miró alternativamente a ambos jóvenes. Había en sus ojos la fatiga de un hombre que llevaba demasiados años custodiando secretos ajenos.

—No permitan que la impaciencia destruya aquello que la verdad está empezando a reconstruir.

Margaret recordó inmediatamente las palabras de Lady Eleanor sobre las plantas.

"Nunca trasplantar cuando el jardinero tiene prisa."

Todo parecía conducir siempre hacia la misma enseñanza.

Samuel se alejó lentamente. Arthur y Margaret permanecieron solos junto al lago.

Durante varios minutos ninguno habló. No existía incomodidad, solo una tranquilidad extraña, nacida quizá del hecho de que, por primera vez desde su reencuentro, ambos conocían una parte importante de lo sucedido.

No toda, pero suficiente para comprender que ninguno había traicionado al otro. Arthur rompió finalmente el silencio.

—¿Qué has descubierto?

Margaret dudó. Llevaba consigo el diario y las cartas. Durante unos segundos se preguntó si debía mostrárselos. Después comprendió que ya no existía motivo para ocultar nada. Sacó cuidadosamente el pequeño paquete envuelto en lino. Arthur observó con sorpresa el viejo cuaderno de cuero verde.

—¿Eso era de Lady Eleanor?

Margaret asintió.

—Lo encontré esta mañana.

Él pasó lentamente la mano sobre la cubierta sin llegar a tocarla, como quien teme profanar un recuerdo.

—Ella escribía mucho.

—¿Lo sabías?

Arthur sonrió con melancolía.

—Más de una vez me pidió que le buscara papel porque decía que las ideas llegaban cuando menos preparado estaba uno para recibirlas.

Margaret abrió el diario por la página correspondiente al veintiuno de junio.

—Lee esto.

Arthur tomó cuidadosamente el cuaderno. Sus ojos recorrieron las líneas escritas por Lady Eleanor.

Margaret contempló atentamente la transformación de su expresión.

Primero apareció la sorpresa. Después la incredulidad.

Finalmente una profunda emoción. Cuando terminó de leer permaneció largo rato con la vista fija sobre el papel.

—Entonces...

Le costaba encontrar la voz.

—Sir Jonathan nunca...

Margaret negó lentamente.

—No.

Arthur cerró los ojos. Durante varios segundos no habló. Después levantó la cabeza.

—Llevo ocho años odiando injustamente a ese hombre.

Margaret apoyó suavemente una mano sobre el diario.

—No eras el único.

Sacó entonces las tres cartas. Arthur reconoció inmediatamente una de ellas. Su respiración se interrumpió.

—No puede ser.

Tomó el sobre con manos visiblemente temblorosas.

—La escribí el mismo día que...

No consiguió terminar la frase.

Margaret asintió.

—Nunca la recibiste de vuelta.

—No.

Arthur observó el sello roto.

—¿Dónde estaba?

—Escondida en el invernadero.

Él levantó lentamente la vista.

—¿Quién pudo guardarla allí?

Margaret negó con tristeza.

—Todavía no lo sabemos.

Arthur volvió a desplegar su propia carta. La leyó lentamente, como si hubiera olvidado parte de sus propias palabras. Al llegar al final dejó escapar una sonrisa profundamente triste.

—Era muy joven.

Margaret lo miró con infinita ternura.

—No.

Él levantó la vista.

—Eras muy valiente.

Arthur bajó nuevamente los ojos.

—No fui lo bastante.

Margaret negó con firmeza.

—Fuiste hasta donde te dejaron llegar.

Aquellas palabras parecieron aliviar ligeramente el peso que Arthur llevaba años soportando.

Los dos comenzaron entonces a caminar lentamente bordeando el lago.

La conversación fluía ahora con una naturalidad que ninguno habría imaginado apenas unos días antes.

Hablaron de Bath, de Londres, de los años perdidos.

Arthur contó cómo había ampliado las tierras de Blackstone, modernizado las explotaciones agrícolas y creado una pequeña escuela para los hijos de los trabajadores de la finca.

Margaret descubrió aspectos de él que desconocía. La madurez había reforzado las mejores cualidades de aquel muchacho al que había amado. Seguía siendo reflexivo, seguía escuchando antes de responder, pero ahora existía además una serenidad adquirida únicamente a través del sufrimiento.

Arthur, por su parte, quiso saberlo todo sobre Bath. Sobre las amistades que Margaret había hecho allí. Los libros que había descubierto. Las largas conversaciones mantenidas con su madre durante los últimos meses de enfermedad.

Hablaron durante casi una hora. Sin prisas, como si intentaran recuperar una conversación interrumpida ocho años atrás.

Cuando regresaban hacia Rosewood, Arthur se detuvo de improviso frente a un viejo roble. Margaret lo observó con curiosidad. Él permanecía contemplando el tronco. Después sonrió.

—Todavía está.

—¿Qué cosa?

Arthur señaló la corteza.

Margaret se acercó. Al principio no distinguió nada. Luego descubrió dos pequeñas iniciales casi ocultas bajo el crecimiento natural del árbol.

M. A.

Las letras aparecían profundamente desgastadas. La corteza había comenzado a cubrirlas. Margaret sonrió involuntariamente.

—Pensaba que habrían desaparecido.

Arthur apoyó lentamente la mano sobre el tronco.

—Yo también.

Guardó silencio.

—Las hicimos el día que prometimos no olvidarnos nunca.

Margaret recordó perfectamente aquella tarde. No habían grabado un corazón, ni una fecha, solo las iniciales. Porque Arthur sostenía que los árboles ya poseían suficiente vida propia y no debían ser heridos más de lo necesario.

Ella había bromeado diciendo que aquello no era precisamente una declaración romántica.

Él respondió que el verdadero romanticismo consistía en respetar incluso aquello que amábamos.

Ahora, ocho años después, las letras seguían allí.

Desdibujadas, pero visibles, como ellos.

Marcados por el tiempo, pero nunca borrados del todo.

Mientras contemplaban el viejo roble, escucharon el sonido de un carruaje aproximándose por el camino principal de Rosewood. Los dos volvieron la cabeza. El vehículo avanzaba con rapidez. No pertenecía a la casa.

Al detenerse frente a la escalinata principal descendió de él un joven elegante de aproximadamente treinta años, alto, de cabello castaño claro cuidadosamente peinado y expresión inteligente.

Vestía con impecable sobriedad, aunque el polvo acumulado sobre las botas revelaba un viaje realizado sin apenas descansos.

Su rostro era armonioso, pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos grises, extraordinariamente vivos, propios de un hombre acostumbrado a observar antes de hablar.

Margaret lo miró con desconcierto. No lo conocía. Arthur, en cambio, quedó completamente inmóvil.

—No esperaba verlo aquí... —murmuró casi para sí.

El recién llegado levantó la vista. Al reconocer a Arthur aceleró inmediatamente el paso.

—Arthur.

Su voz transmitía una mezcla de alivio y urgencia. Se estrecharon la mano con evidente familiaridad. Margaret comprendió que eran viejos conocidos. Arthur se volvió hacia ella.

—Margaret...

Hubo una brevísima vacilación.

—Permíteme presentarte al doctor Edward Sinclair.

El médico hizo una respetuosa inclinación.

—Es un honor conocerla, señorita Ashford.

Margaret respondió al saludo, pero antes de que pudiera formular ninguna pregunta, el doctor Sinclair dirigió una mirada grave hacia Arthur.

—He venido porque Sir Jonathan me ha pedido que llegue antes del mediodía.

Arthur frunció inmediatamente el ceño.

—¿Está enfermo?

Edward guardó un largo silencio. Después respondió con una gravedad que hizo desaparecer cualquier resto de tranquilidad.

—No.

Bajó ligeramente la voz.

—Pero sabe que le queda muy poco tiempo para decir toda la verdad.