El jardín de las camelias blancas Capítulo 11. La fiesta de primavera
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Capítulo 11. La fiesta de primavera

El silencio que siguió a la aparición de Charlotte Beaumont resultó más elocuente que cualquier explicación.

Ninguno de los tres se movió durante varios segundos.

El lago permanecía inmóvil, reflejando el azul limpio del cielo y las ramas inclinadas de los sauces, mientras una ligera brisa hacía ondular la superficie del agua con la misma suavidad con que alteraba los pliegues de los vestidos y las levitas.

Margaret observó a Charlotte con una mezcla de desconcierto y compasión.

Esperaba encontrar en ella indignación, humillación o, al menos, el dolor evidente de una mujer que acababa de escuchar cómo su prometido confesaba amar a otra persona.

Sin embargo, la expresión de Charlotte escapaba a cualquiera de aquellas emociones.

Su rostro conservaba la serenidad de quien lleva demasiado tiempo conviviendo con una verdad conocida.

No había sorpresa. Tampoco resentimiento.

Solo una tristeza antigua, silenciosa y extraordinariamente digna. Arthur dio un paso hacia ella.

—Charlotte...

La joven levantó ligeramente una mano. No era un gesto de rechazo, era una petición tranquila para que no intentara explicar lo que ambos sabían que no necesitaba explicación.

—No te preocupes.

Su voz conservaba la misma dulzura pausada que Margaret había percibido desde el primer encuentro.

—No he venido para interrumpiros.

Arthur permaneció inmóvil. Por primera vez desde que Margaret lo conocía parecía incapaz de encontrar las palabras adecuadas.

Charlotte dirigió entonces la mirada hacia Margaret. Había en sus ojos una honestidad tan desarmante que resultaba imposible sostenerla sin sentir cierta incomodidad.

—Espero que no piense que la he seguido.

Margaret negó inmediatamente.

—No.

Charlotte esbozó una leve sonrisa.

—En realidad venía buscando precisamente este lugar.

Miró alrededor el embarcadero, el viejo banco, los sauces, las pequeñas flores silvestres que crecían junto a la orilla…, todo parecía despertar en ella una curiosidad profundamente respetuosa.

—Arthur me habló muchas veces del lago.

Él bajó lentamente la cabeza. Charlotte añadió con extraordinaria delicadeza:

—Nunca me trajo.

Aquella sencilla observación encerraba una verdad dolorosa. Existían lugares que Arthur jamás había compartido con ella porque pertenecían a otra historia. A otra vida.

Margaret comprendió entonces que aquella mujer llevaba años recorriendo una casa invisible construida con recuerdos ajenos.

Debía de haber escuchado innumerables referencias indirectas, silencios prolongados, conversaciones interrumpidas y gestos cuya verdadera explicación nunca llegó a conocer del todo.

No necesitaba nombres para comprender que el corazón de Arthur había permanecido habitado por una ausencia.

Charlotte rompió nuevamente el silencio.

—Creo que ha llegado el momento de dejar de fingir.

Arthur levantó lentamente la vista.

—Charlotte...

Ella negó con suavidad.

—Déjame terminar.

Respiró profundamente.

—Durante tres años he intentado convencerme de que el cariño, el respeto y la costumbre terminarían ocupando el lugar reservado al amor.

Sonrió con una serenidad casi luminosa.

—No ha ocurrido.

Ninguno respondió. Charlotte continuó.

—Y no porque tú hayas sido injusto conmigo.

Se volvió ligeramente hacia Arthur.

—Jamás me has faltado al respeto. Jamás me has tratado con frialdad. Jamás me has hecho sentir despreciada. Precisamente por eso todo ha resultado mucho más difícil.

Margaret observaba en silencio. Sentía que estaba asistiendo a una conversación que pertenecía exclusivamente a aquellos dos, sin embargo, comprendía también que su presencia era inevitable. Ella era precisamente aquello de lo que estaban hablando.

—Me ofreciste todo cuanto podías ofrecer.

Prosiguió Charlotte.

—Solo que el amor no estaba entre esas cosas.

Arthur cerró lentamente los ojos, su voz sonó apenas como un susurro.

—Lo siento.

Charlotte sonrió con infinita ternura.

—Lo sé, y precisamente porque lo sé, no deseo seguir convirtiéndome en una obligación para ninguno de los dos.

El viento agitó suavemente varias ramas del sauce, dejando caer sobre el agua una lluvia de hojas verdes. Charlotte contempló el lago durante unos instantes.

—Mi padre suele decir que los peores errores no nacen de la maldad.

Guardó silencio.

—Sino del miedo.

Margaret recordó inmediatamente las palabras escritas por Lady Eleanor en el diario. Aquella coincidencia la impresionó profundamente. Charlotte prosiguió:

—Todos hemos tenido miedo. Arthur, usted. mi padre, lord Ashford e Incluso yo. Nadie salió completamente ileso.

​ Arthur dio un paso más.

—Charlotte...

Ella volvió finalmente la mirada hacia él.

—¿Sabes cuál fue el momento en que comprendí que nunca seríamos marido y mujer de verdad?

Él permaneció callado.

—La primera vez que vi florecer las camelias.

Margaret sintió un leve estremecimiento. Charlotte sonrió con melancolía.

—Regresaste completamente distinto después de visitar Rosewood.

Arthur guardó silencio.

—No dijiste una sola palabra durante todo el camino de vuelta. Aquella noche encontré una flor blanca sobre tu escritorio. No hacía falta preguntar de dónde venía. Ni quién la había inspirado.

Margaret bajó lentamente la vista. Cuanto más conocía a Charlotte, más admiraba su fortaleza. No era una mujer derrotada, era alguien que había decidido mirar de frente una realidad dolorosa sin permitir que la amargura deformara su carácter.

Tras varios minutos de silencio, Charlotte respiró profundamente.

—He venido porque esta tarde se anunciará oficialmente nuestro compromiso durante la fiesta de primavera organizada por los Pembroke.

Arthur frunció ligeramente el ceño.

—¿Esta tarde?

—Sí.

—No estaba previsto.

Charlotte sostuvo su mirada.

—Mi padre ha recibido esta mañana una carta.

Margaret percibió inmediatamente un cambio en la expresión de Arthur.

—¿De quién?

Charlotte respondió con absoluta claridad.

—De Lord William Pembroke.

Aquello sorprendió incluso a Margaret. Los Pembroke eran una de las familias más influyentes del condado.

Cada primavera organizaban una recepción que reunía a la práctica totalidad de la aristocracia local, además de importantes comerciantes, magistrados, clérigos y propietarios rurales.

Un anuncio realizado durante aquella celebración adquiría inmediatamente carácter oficial ante toda la sociedad.

Arthur parecía sinceramente desconcertado.

—Nadie me ha consultado.

Charlotte dejó escapar una sonrisa cansada.

—Lo sé.

—Entonces...

—Mi padre tampoco esperaba esa invitación.

Hizo una breve pausa.

—Pero considera que retrasarla alimentaría rumores que empiezan a resultar difíciles de contener.

Arthur permaneció inmóvil. Margaret comprendió perfectamente el alcance de aquellas palabras.

El reencuentro entre ella y Arthur durante el mercado.

Las conversaciones inevitables entre los vecinos.

Las miradas. Los comentarios. En una comunidad como Rosebridge, el pasado nunca permanecía enterrado durante demasiado tiempo.

Charlotte volvió lentamente la cabeza hacia Margaret.

—Supongo que usted también habrá sido invitada.

Margaret asintió.

—Mi padre recibió la invitación hace varios días.

—Entonces nos veremos allí.

Había pronunciado aquella frase con absoluta naturalidad, como si acabaran de hablar del tiempo. Aquella extraordinaria capacidad para mantener la dignidad impresionó profundamente a Margaret.

Charlotte comenzó a alejarse lentamente por el sendero. Después de recorrer unos metros volvió a detenerse. Sin darse la vuelta habló con voz tranquila.

—Arthur.

Él levantó la cabeza.

—No tardes demasiado.

—¿En qué?

Charlotte permaneció unos segundos contemplando el lago antes de responder.

—En descubrir qué clase de hombre quieres ser.

Continuó caminando. Sus pasos desaparecieron lentamente entre los árboles. Margaret permaneció largo rato observando el lugar por donde Charlotte había desaparecido.

—Es extraordinaria.

Arthur sonrió con enorme tristeza.

—Sí.

Hubo un prolongado silencio. Finalmente Margaret habló.

—No merece sufrir.

Arthur respondió casi inmediatamente.

—Precisamente por eso debo hablar con ella.

Margaret levantó lentamente la vista.

—¿Piensas romper el compromiso?

Arthur tardó varios segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó firme.

—Pienso dejar de vivir una mentira.

Aquellas palabras parecían contener una decisión irrevocable, sin embargo, Margaret no sintió alivio, solo preocupación.

Conocía demasiado bien la sociedad en la que ambos vivían.

Romper un compromiso matrimonial públicamente no era únicamente una cuestión sentimental.

Podía destruir reputaciones, alimentar escándalos, provocar enfrentamientos entre familias, y sobre todo, arruinar el futuro de una mujer inocente.

Arthur pareció adivinar sus pensamientos.

—No permitiré que Charlotte cargue con las consecuencias.

—¿Cómo piensas evitarlo?

Él sonrió con una serenidad inesperada.

—Todavía no lo sé, pero encontraré la manera.

Antes de que Margaret pudiera responder, divisaron una figura acercándose apresuradamente desde la dirección de Rosewood. Era Samuel Fletcher. El administrador caminaba con rapidez impropia de su carácter sereno. Al llegar hasta ellos apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento.

—Milord Hawthorne...

Arthur lo miró con preocupación.

—¿Qué ocurre?

Samuel dirigió también una rápida mirada hacia Margaret. Su rostro aparecía extraordinariamente serio.

—Lord Ashford desea verle inmediatamente.

Arthur asintió.

—Precisamente iba hacia la casa.

Samuel negó lentamente.

—No.

Bajó la voz.

—Ya no está en Rosewood.

Margaret frunció el ceño.

—¿Mi padre ha salido?

—Hace apenas unos minutos.

—¿Adónde?

El administrador dudó un instante, como si no estuviera seguro de revelar aquella información. Finalmente respondió.

—A Blackstone Hall.

Arthur quedó completamente inmóvil. Margaret observó cómo desaparecía el color de su rostro.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Arthur tardó varios segundos en responder. Cuando finalmente habló, lo hizo con una gravedad que Margaret nunca le había escuchado.

—Blackstone Hall lleva más de seis meses completamente cerrada.

Samuel asintió lentamente.

—Lo sé.

Margaret sintió un escalofrío.

—Entonces...

El administrador sostuvo la mirada de ambos.

—Alguien ha regresado esta mañana.

Hubo un breve silencio y añadió las palabras que alteraron por completo el rumbo de sus pensamientos.

—Sir Jonathan Beaumont ha vuelto al condado sin anunciar su llegada a nadie.