Capítulo 10. El paseo junto al lago
Las palabras de la señora Whitmore quedaron suspendidas en el aire con una intensidad que transformó el dormitorio en un espacio ajeno al transcurso normal del tiempo.
Margaret permanecía inmóvil junto al escritorio, con una mano apoyada inconscientemente sobre el cajón donde acababa de guardar las tres cartas.
Sentía todavía el tacto del papel antiguo sobre la piel de los dedos y la impresión imborrable de las frases que acababa de leer.
Arthur había acudido a Rosewood. No como una visita de cortesía, ni respondiendo a una invitación social, sino impulsado por una necesidad tan urgente que había preguntado expresamente por ella antes incluso de solicitar una entrevista con Lord Ashford.
Aquello no era propio de un hombre resignado a cumplir con un compromiso matrimonial inminente.
Era el comportamiento de alguien cuya paciencia había alcanzado finalmente un límite imposible de sostener.
La señora Whitmore observó con atención el rostro de Margaret.
Había acompañado a la familia Ashford durante casi cuarenta años y había aprendido a interpretar los silencios con mayor precisión que muchas palabras.
No preguntó por las lágrimas que aún humedecían discretamente las mejillas de la joven, ni por el cuaderno de cuero verde que permanecía parcialmente oculto bajo varios libros.
Intuía que la casa estaba atravesando uno de esos momentos en los que la verdad comenzaba a emerger lentamente desde las profundidades del pasado, y sabía por experiencia que existían revelaciones que necesitaban desarrollarse sin interferencias.
—¿Desea que le diga al señor Hawthorne que espere? —preguntó con extrema delicadeza.
Margaret tardó unos segundos en responder.
—¿Dónde está ahora?
—En el despacho de su padre.
—¿Han empezado a hablar?
—No, señorita. Lord Ashford ha pedido unos minutos antes de recibirlo.
Margaret respiró profundamente. Durante unos instantes sintió el impulso irrefrenable de bajar inmediatamente al despacho, abrir la puerta y exigir respuestas a ambos hombres.
Quería colocar las cartas sobre la mesa, obligarlos a enfrentarse a los silencios que habían gobernado sus vidas durante ocho años y exigir de una vez por todas una explicación completa.
Sin embargo, aquella reacción pertenecía más a la desesperación que a la sensatez.
Si algo había aprendido durante las últimas horas era que las verdades incompletas resultaban incluso más peligrosas que las mentiras.
—Gracias, señora Whitmore.
La anciana hizo una leve inclinación.
—Si necesita cualquier cosa...
—La llamaré.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Margaret permaneció unos segundos completamente inmóvil.
Después abrió nuevamente el cajón, tomó las tres cartas y las envolvió cuidadosamente junto al diario de su madre en un pañuelo de lino.
No estaba dispuesta a separarse de aquellos documentos.
Constituían la única prueba material de que el pasado no había sido exactamente como todos se habían empeñado en recordar.
Mientras descendía por la gran escalera principal escuchó voces apagadas procedentes del ala occidental de la casa.
No distinguía las palabras, únicamente el tono grave de dos hombres acostumbrados a controlar sus emociones incluso en los momentos más difíciles.
Dudó durante unos instantes, pero comprendió que no debía interrumpir aquella conversación.
Necesitaba observar antes de actuar. Necesitaba comprender.
Sin saber exactamente por qué, abandonó el vestíbulo por la puerta que daba a la terraza y descendió hacia los jardines.
El aire de la mañana había adquirido una tibieza agradable.
El sol comenzaba a elevarse sobre los robles centenarios, proyectando largas sombras sobre la hierba todavía húmeda por el rocío.
Los pájaros llenaban el ambiente con un concierto continuo que contrastaba con la agitación interior que la acompañaba desde el amanecer.
Caminó sin rumbo fijo. O, al menos, eso quiso creer, porque sus pasos terminaron conduciéndola nuevamente hacia el lago.
El mismo lago donde ella y Arthur habían pasado tantas tardes durante aquel último verano.
El mismo lugar donde habían leído, discutido, reído y construido un futuro que jamás llegó a existir.
El agua permanecía completamente inmóvil.
Solo algunas hojas desprendidas de los sauces flotaban lentamente sobre la superficie, desplazadas por una brisa apenas perceptible.
El pequeño embarcadero de madera seguía exactamente igual que años atrás.
Incluso el viejo banco situado bajo el gran sauce conservaba la misma inclinación característica provocada por las raíces del árbol.
Margaret se acercó despacio. Acarició distraídamente el respaldo del banco. Recordó inmediatamente una tarde de agosto.
—No puedes seguir leyendo tan deprisa.
Arthur cerró suavemente el libro que Margaret sostenía entre las manos.
Ella protestó con fingida indignación.
—¿Y quién lo dice?
—Yo.
—Eso no te convierte en juez.
Él sonrió.
—No. Pero me convierte en compañero de lectura.
Margaret cruzó los brazos.
—¿Cuál es exactamente el problema?
Arthur volvió a abrir el volumen.
—Que lees para saber qué ocurre después.
—Naturalmente.
—Yo leo para quedarme un poco más en cada página.
Ella soltó una carcajada.
—Eso explica por qué tardas tres semanas en terminar una novela.
—Y tú tres días.
Margaret le arrebató el libro.
—La vida es demasiado corta para avanzar despacio.
Arthur la observó con una expresión curiosamente seria.
—Precisamente porque es corta.
Ella dejó de sonreír. Él continuó hablando con aquella serenidad que siempre aparecía cuando olvidaba cualquier intento de parecer ingenioso.
—Hay momentos que merecen ser vividos sin prisa.
Guardó unos segundos de silencio.
—Como este.
Margaret bajó lentamente la vista hacia el libro. No respondió, no hacía falta, porque sabía exactamente a qué se refería.
Durante varios minutos permanecieron sentados bajo el sauce sin leer una sola línea. Simplemente escuchando el agua y disfrutando de una tranquilidad que entonces les parecía eterna.
El recuerdo desapareció tan suavemente como había llegado. Margaret tomó asiento en el mismo banco. Observó el lago. Las lágrimas no acudieron esta vez. Solo una inmensa nostalgia. Comprendía ahora que no echaba únicamente de menos a Arthur. También añoraba a la joven que había sido junto a él.
Aquella muchacha convencida de que el amor bastaba para vencer cualquier obstáculo porque todavía ignoraba la extraordinaria complejidad del mundo de los adultos.
—Siempre escogías este banco.
La voz sonó detrás de ella. Margaret cerró los ojos durante un breve instante antes de volverse. Arthur permanecía a pocos metros. No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Vestía un sencillo traje gris oscuro, sin el rigor habitual de las visitas formales.
La luz de la mañana suavizaba las facciones de su rostro, acentuando el cansancio que las últimas noches parecían haber dejado grabado bajo sus ojos.
Había cambiado desde el primer encuentro en el mercado.
Entonces predominaba la sorpresa. Ahora había una resolución tranquila, como si hubiera tomado finalmente una decisión que llevaba demasiado tiempo posponiendo.
Los dos permanecieron inmóviles. Ninguno encontraba palabras adecuadas. Fue Arthur quien rompió finalmente el silencio.
—Perdona.
Margaret frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Él sonrió con melancolía.
—No quería sorprenderte.
—Y, sin embargo, aquí estás.
—Sí.
Su sinceridad desarmaba cualquier intento de reproche. Arthur avanzó despacio hasta situarse junto al banco. No se sentó, parecía respetar una distancia que ya no sabía si tenía derecho a reducir.
—He venido para hablar con tu padre.
Margaret sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Él asintió lentamente.
—Imagino que también sabes muchas más cosas.
La joven sintió un leve estremecimiento.
—¿Qué quieres decir?
Arthur observó el lago.
—Richard Ashford jamás habría permitido que regresaras sin contarte parte de la verdad.
Era la primera vez que lo escuchaba pronunciar el nombre de su padre sin el tratamiento formal acostumbrado. Aquello revelaba hasta qué punto la conversación que mantenía con Lord Ashford había dejado de pertenecer únicamente al protocolo.
Margaret permaneció en silencio. Arthur volvió a mirarla.
—¿Te ha hablado de aquella visita?
—Sí.
—¿Y del anillo?
Ella asintió muy despacio. Arthur bajó la cabeza. Durante unos segundos pareció incapaz de sostener la emoción.
—Pensé que nunca lo sabrías.
Margaret sintió que las palabras acumuladas durante años comenzaban a agolparse en su garganta.
—¿Por qué no luchaste?
La pregunta escapó de sus labios antes de poder contenerla. Arthur no respondió inmediatamente. Respiró hondo.
—Porque luché.
Margaret sintió que el corazón se detenía. Él continuó con extraordinaria calma.
—Volví varias veces a Rosewood.
La joven abrió lentamente los ojos.
—¿Qué?
—Durante meses.
Margaret permanecía completamente inmóvil.
—Intenté hablar con tu padre en más de una ocasión.
Hizo una breve pausa.
—También escribí.
Ella recordó inmediatamente la carta escondida en el sobre. Arthur sonrió con infinita tristeza.
—Nunca recibí respuesta.
Margaret bajó lentamente la vista, no podía decirle que aquella carta jamás había llegado a manos de su padre... o quizá sí había llegado. Todavía no lo sabía. Arthur dio unos pasos hacia la orilla.
—Después comprendí que insistir solo conseguiría hacerte más daño.
—No lo sabes.
Él negó suavemente.
—Sí lo sabía.
Se volvió hacia ella.
—Porque te conocía.
Aquellas tres palabras contenían una intimidad que ocho años no habían conseguido borrar.
—Sabía que habrías desafiado a cualquiera por mí.
Margaret sintió cómo la emoción volvía a apoderarse de ella. Arthur continuó hablando con una serenidad dolorosa.
—Y también sabía que jamás te habrías perdonado provocar un enfrentamiento con tu padre.
El silencio regresó entre ambos. Solo el agua golpeaba suavemente los pilotes del embarcadero. Después de varios minutos Margaret reunió el valor suficiente para formular la pregunta que llevaba horas creciendo dentro de ella.
—Arthur...
Él levantó la vista.
—¿Amas a Charlotte?
El rostro de Arthur quedó completamente inmóvil. No respondió. La ausencia de respuesta resultó mucho más elocuente que cualquier explicación, pero Margaret esperó. Finalmente él habló.
—Charlotte es una mujer extraordinaria.
La joven sintió cómo el pecho comenzaba a oprimírsele. Arthur continuó.
—La respeto profundamente.
Otra pausa.
—La admiro.
Margaret bajó lentamente la mirada. Entonces llegó la última frase. Pronunciada casi en un susurro.
—Pero no es la respuesta a tu pregunta.
El corazón de Margaret comenzó a latir con tanta fuerza que apenas conseguía respirar. Arthur permanecía observándola con una mezcla de serenidad y tristeza.
—Nunca habría debido decir eso.
—Pero lo has dicho.
Él sonrió débilmente.
—Sí.
Durante unos segundos ninguno habló. El tiempo parecía haberse detenido junto al lago, hasta que una nueva voz rompió aquella intimidad.
—Arthur.
Los dos se volvieron simultáneamente. Charlotte Beaumont avanzaba lentamente por el sendero. No parecía alterada, ni enfadada, solo extraordinariamente serena. Sin embargo, había algo en su expresión que hizo comprender inmediatamente a Margaret una verdad imposible de ignorar.
Charlotte había escuchado la última respuesta de Arthur. Y, por la forma en que sostenía la mirada de ambos sin rastro de sorpresa, comprendió que aquella no era una revelación para ella, sino una certeza con la que llevaba conviviendo desde hacía mucho tiempo.