Capítulo 9. Cartas escondidas
Margaret permaneció inmóvil en el interior del invernadero mientras el diario de su madre descansaba abierto entre sus manos.
Durante unos instantes dejó de escuchar el murmullo del agua que descendía lentamente por los conductos de riego, el zumbido de las abejas que entraban y salían por las ventanas superiores e incluso la respiración pausada de George Briggs, que aguardaba discretamente a unos pasos de distancia.
Toda su atención se concentraba en aquellas páginas escritas ocho años atrás, cuya tinta comenzaba a adquirir el tono amarronado propio del paso del tiempo, pero cuya lucidez permanecía intacta.
Lady Eleanor no había sido una mujer dada a las exageraciones.
Cada frase aparecía construida con la precisión de quien reflexiona mucho antes de dejar constancia de un pensamiento.
Precisamente por eso, si su madre afirmaba que Sir Jonathan Beaumont había rechazado cualquier acuerdo que implicara sacrificar la felicidad de dos jóvenes, Margaret no encontraba motivo alguno para ponerlo en duda.
Sin embargo, aquella revelación solo servía para hacer todavía más incomprensible el comportamiento de su padre.
Richard Ashford había confesado la noche anterior que se había opuesto al matrimonio entre ella y Arthur debido a la crítica situación económica de Rosewood.
Margaret había aceptado aquella explicación porque parecía coherente con las circunstancias.
Ahora descubría que el supuesto beneficiario de aquel sacrificio ni siquiera había deseado plantearlo.
¿Por qué, entonces, Lord Ashford había pronunciado aquella negativa?
¿Qué otra razón permanecía cuidadosamente oculta bajo años de silencios?
La lógica comenzaba a desmoronarse y, con ella, la imagen sencilla que había construido del pasado.
Comprendía que existían piezas cuya existencia desconocía por completo y que solo reuniéndolas podría contemplar finalmente el verdadero dibujo de aquella historia.
George Briggs carraspeó con delicadeza.
—¿Desea que la deje sola, señorita?
Margaret levantó lentamente la vista. El anciano jardinero observaba el cuaderno con el respeto que se reserva a los objetos pertenecientes a quienes ya no están.
—No... gracias.
Sonrió débilmente.
—Quizá pueda ayudarme.
Briggs asintió inmediatamente.
—Si está en mi mano.
Margaret cerró con cuidado el diario.
—¿Recuerda los últimos meses de mi madre?
El hombre permaneció pensativo.
—Bastante bien.
—¿Pasaba mucho tiempo aquí?
—Cada vez más.
Miró alrededor con cierta melancolía.
—Al principio venía únicamente para cuidar las plantas. Después... creo que buscaba tranquilidad.
—¿Recibía visitas?
Briggs frunció ligeramente el ceño.
—Muy pocas.
Hizo memoria.
—Su padre, algunas veces.
—¿Alguien más?
El anciano dudó.
—Sí.
Margaret sintió una repentina expectación.
—Arthur.
El nombre volvió a llenar el invernadero.
—Venía con frecuencia cuando la salud de Lady Eleanor empezó a empeorar.
Margaret permaneció inmóvil.
—¿Ellos hablaban solos?
—Muchas tardes.
—¿Llegó a escuchar alguna conversación?
Briggs negó lentamente.
—Nunca habría tenido esa falta de respeto.
Después añadió con una sonrisa apenas perceptible:
—Pero bastaba verlos salir para comprender que existía entre ellos un enorme cariño.
Margaret recordó inmediatamente la escena que su padre acababa de relatarle días antes, cuando Lady Eleanor había entregado una camelia blanca a Arthur animándolo a pedir su mano.
Su madre siempre había querido aquel matrimonio. De eso ya no cabía ninguna duda.
Mientras guardaba cuidadosamente el diario dentro de un pañuelo para protegerlo del polvo, Margaret observó nuevamente la mesa donde había encontrado el compartimento secreto.
Algo llamó entonces su atención. La madera presentaba varias pequeñas marcas alrededor de la cerradura, como si hubiera sido abierta muchísimas veces. No únicamente por su madre.
—Señor Briggs.
—¿Sí?
—¿Está seguro de que nadie encontró nunca este escondite?
El jardinero volvió a acercarse. Examinó detenidamente la mesa. Permaneció largo rato en silencio. Finalmente negó muy despacio.
—Ahora ya no lo estoy.
Margaret pasó la yema de los dedos por aquellas diminutas señales. No parecían recientes. Tenían varios años.
—Alguien abrió este compartimento muchas veces.
Briggs asintió lentamente.
—Tiene razón.
Margaret sintió un escalofrío. Si Arthur había buscado durante años los papeles de Lady Eleanor... Quizá no había sido el único.
Antes de abandonar el invernadero decidió inspeccionar con mayor detenimiento el resto del mueble. Abrió uno por uno los cajones vacíos. Revisó los estantes inferiores. Comprobó incluso la parte posterior. No encontró absolutamente nada.
Cuando ya estaba a punto de rendirse, una hoja doblada cayó desde la parte inferior del tablero y descendió lentamente hasta el suelo.
Era un sobre muy antiguo. Y sin destinatario.
Sellado únicamente con lacre ya quebradizo.
Margaret se inclinó con el corazón acelerado.
El sobre había permanecido oculto detrás de uno de los cajones durante años.
Quizá décadas. Lo sostuvo entre las manos.
Era sorprendentemente ligero. Entonces miró a Briggs.
—Creo que no debería abrirlo aquí.
El anciano comprendió inmediatamente.
—No.
—Lo llevaré a mi habitación.
Briggs hizo una leve inclinación.
—Lady Eleanor habría querido que fuera usted quien lo encontrara.
Durante el camino de regreso a la mansión, Margaret apenas prestó atención al paisaje.
El sobre parecía adquirir cada vez más peso entre sus manos.
Intentaba no dejarse llevar por expectativas excesivas.
Podía tratarse de una simple lista de plantas o de una nota sin importancia.
Sin embargo, la coincidencia resultaba demasiado significativa.
Diario oculto. Compartimento secreto. Sobre escondido.
Todo parecía responder a una intención deliberada, como si Lady Eleanor hubiera querido proteger ciertos documentos hasta el momento adecuado.
Subió directamente a su dormitorio. Cerró la puerta.
Corrió las cortinas para suavizar la intensa luz de la tarde.
Después se sentó junto al escritorio. Durante varios minutos permaneció contemplando el sobre sin abrirlo.
Finalmente rompió cuidadosamente el viejo lacre.
Dentro había tres cartas dobladas con extraordinario cuidado.
La primera conservaba la caligrafía elegante de Lady Eleanor.
La segunda estaba escrita por una mano masculina que Margaret reconoció inmediatamente la de Arthur.
La tercera..., pertenecía a Lord Richard Ashford.
Margaret sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
¿Por qué estaban aquellas cartas reunidas? ¿Y por qué ninguna había sido enviada?
Tomó primero la escrita por su madre. Era la más breve.
"Si alguna vez encuentras estas cartas, hija mía, significa que el tiempo ha hecho su trabajo mejor de lo que nosotros supimos hacerlo.
No las leas buscando culpables. Léelas buscando comprensión.
Los seres humanos rara vez toman las decisiones únicamente por egoísmo o únicamente por generosidad.
Casi siempre actuamos desde una mezcla dolorosa de ambas cosas. Recuerda eso antes de juzgarnos."
Margaret dejó lentamente la hoja sobre la mesa. Las lágrimas comenzaron a empañar su visión. Aquellas pocas líneas parecían escritas directamente para el momento que estaba viviendo.
Respiró hondo. Tomó entonces la segunda carta. La de Arthur. No estaba dirigida a ella, sino a Lord Ashford. Comenzó a leer.
"Milord:
Le ruego que perdone el atrevimiento de esta carta.
Comprendo perfectamente su negativa y respeto profundamente su autoridad como padre de Margaret.
Sin embargo, existe una petición que necesito hacerle.
No permita que ella llegue a pensar que he cambiado de opinión o que he dejado de quererla.
Si considera que debo alejarme para siempre, aceptaré esa decisión.
Si cree que no debo volver a verla, obedeceré.
Pero le suplico que no permita que me recuerde como un hombre que abandonó aquello que más amaba.
Prefiero que me considere indigno, orgulloso o incluso cobarde antes que hacerla vivir esperando un futuro imposible.
Solo le pido una cosa: cuando haya pasado suficiente tiempo y el dolor ya no pueda destruir su vida, explíquele que jamás dejé de quererla. "
Margaret interrumpió la lectura. Las lágrimas caían ahora libremente sobre el papel. Arthur había escrito aquello. Había confiado en que algún día Lord Ashford le contaría la verdad. Había esperado ocho años y aquella promesa nunca llegó a cumplirse. Con enorme esfuerzo terminó la carta.
"No volveré a escribir sobre este asunto.
Sé que el silencio será más digno que cualquier insistencia.
Pero necesito que, al menos una vez, alguien conozca exactamente la verdad.
Si algún día Margaret pregunta por mí, dígale únicamente esto: que todo cuanto hice después de abandonar Rosewood fue intentar convertirme en un hombre del que ella nunca tuviera que avergonzarse. "
Margaret cerró los ojos. Nunca había sentido un dolor tan sereno. No era el sufrimiento de quien descubre un engaño. Era el de quien comprende demasiado tarde cuánto había amado la otra persona.
Tardó varios minutos en serenarse lo suficiente para tomar la tercera carta. La escrita por su padre. La abrió lentamente. No estaba dirigida a Arthur. Ni a ella. Estaba dirigida a Lady Eleanor.
"Mi querida Eleanor:
No sé si alguna vez tendrás ocasión de leer estas líneas.
Tal vez nunca encuentre el valor necesario para entregártelas.
Hoy Arthur ha venido a pedir la mano de Margaret.
He visto en sus ojos exactamente el mismo amor con que yo te miraba cuando era joven.
Y, sin embargo, he sido incapaz de responderle como merecía. "
Margaret sintió que el pulso comenzaba nuevamente a acelerarse. Continuó leyendo.
"Le he dicho que ese matrimonio no puede celebrarse.
He mentido. No porque dude de él. No porque considere que no merece a nuestra hija.
He mentido porque creo estar protegiendo algo más grande que la felicidad de dos personas.
Quizá me equivoque. Quizá dentro de unos años descubra que hoy he cometido el peor error de toda mi vida. "
Las manos de Margaret comenzaron a temblar, pero fue la siguiente frase la que hizo desaparecer el mundo a su alrededor.
"Si algún día descubres la verdad antes que yo encuentre el valor para confesártela, sabrás que no fue la ruina económica lo que me obligó a separarlos."
Margaret dejó escapar un suspiro entrecortado. Continuó leyendo desesperadamente.
"Existe una razón que todavía no puedo escribir. Ni siquiera sobre este papel. Mientras no consiga comprobar si mis sospechas son ciertas, cualquier palabra podría destruir demasiadas vidas."
La carta terminaba ahí. Sin explicación, sin nombres, sin respuestas, solo con un misterio todavía mayor. Margaret permaneció inmóvil, contemplando las tres cartas extendidas sobre el escritorio. En ese mismo instante alguien llamó suavemente a la puerta.
—Señorita.
Era la voz de la señora Whitmore. Margaret se apresuró a guardar las cartas.
—¿Sí?
La anciana entró con expresión preocupada.
—Disculpe la interrupción.
Vaciló apenas un instante.
—Ha venido el señor Hawthorne.
Margaret sintió que el corazón dejaba de latir durante un segundo. Whitmore añadió con visible sorpresa:
—Dice que necesita hablar inmediatamente con Lord Ashford.
La anciana hizo una pausa.
—Pero antes... ha preguntado si usted también se encuentra en la casa.