El jardín de las camelias blancas Capítulo 8. Los secretos del invernadero
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Capítulo 8. Los secretos del invernadero

Margaret permaneció inmóvil durante largo tiempo después de que su padre abandonara la biblioteca.

El silencio que siguió a aquella conversación no resultaba opresivo, sino desconcertante.

Sentía que toda la arquitectura de sus recuerdos comenzaba a desmoronarse lentamente para dejar al descubierto unos cimientos completamente distintos de los que había creído conocer durante ocho años.

Había construido su dolor sobre la convicción de que Arthur, por razones que nunca consiguió comprender, había aceptado alejarse de ella sin luchar.

Ahora descubría que había ocurrido exactamente lo contrario.

Él había acudido a Rosewood dispuesto a pedir su mano.

Había hablado con Lord Ashford con la determinación de un hombre que conoce perfectamente aquello que desea para el resto de su vida.

Había comprado un anillo. Había imaginado un futuro compartido.

Y había salido de aquella casa llevando consigo una negativa cuya verdadera explicación jamás llegó a conocer.

Lo que más la atormentaba no era únicamente la revelación de aquellos hechos, sino la expresión que había visto en el rostro de su padre mientras los relataba.

Richard Ashford no hablaba como un hombre que hubiera tomado una decisión convencido de obrar correctamente.

Hablaba como alguien que llevaba ocho años conviviendo con el peso insoportable de una culpa que nunca había encontrado el valor suficiente para compartir.

Margaret conocía demasiado bien a su padre para comprender que aquella confesión solo representaba una parte de la verdad.

Permanecían demasiadas preguntas sin respuesta.

¿Qué relación existía entre la precaria situación económica de Rosewood y la visita de Sir Jonathan Beaumont?

¿Qué compromiso se había anunciado realmente?

¿Por qué Arthur terminó prometido con Charlotte si había amado a Margaret con una fidelidad que ni siquiera el tiempo parecía haber conseguido erosionar?

Cada nueva revelación, lejos de aclarar el pasado, multiplicaba los enigmas.

Aquella noche apenas consiguió dormir. El amanecer la encontró sentada junto a la ventana de su dormitorio observando cómo la primera luz comenzaba a extenderse sobre los jardines.

Una fina neblina cubría todavía las praderas, suavizando el perfil de los árboles y otorgando al paisaje una belleza casi irreal.

Desde aquella altura podía distinguir el sendero que conducía hasta el jardín de las camelias y, algo más allá, la estructura acristalada del antiguo invernadero construido por su abuelo.

Hacía años que no pensaba en aquel lugar.

Durante su infancia había sido uno de sus refugios favoritos.

Su madre cultivaba allí especies delicadas traídas de Francia, Italia y las colonias británicas; plantas incapaces de soportar los rigurosos inviernos ingleses y que requerían una temperatura constante durante todo el año.

Recordó de pronto que Lady Eleanor acostumbraba a guardar allí determinados cuadernos donde anotaba fechas de floración, injertos y observaciones botánicas.

Quizá solo fueran recuerdos sin importancia. Quizá no.

Después del desayuno decidió dirigirse al invernadero. No comunicó a nadie sus intenciones. Necesitaba permanecer sola.

El sendero descendía suavemente entre grupos de tejos y magnolios hasta alcanzar una pequeña construcción de hierro forjado y cristal cuya arquitectura recordaba las elegantes estructuras victorianas exhibidas en las grandes exposiciones de Londres.

Aunque los años habían dejado algunas huellas visibles sobre el metal, el edificio conservaba intacta su elegancia.

Las amplias superficies acristaladas reflejaban el cielo de la mañana mientras el interior aparecía envuelto en una cálida humedad que empañaba parcialmente los cristales.

Margaret empujó la puerta. Las bisagras produjeron un leve chirrido. El perfume la envolvió inmediatamente. Jazmines, gardenias, orquídeas, azahares…, y decenas de aromas vegetales que despertaban recuerdos dormidos desde hacía demasiado tiempo.

Durante unos instantes permaneció completamente quieta. Era como entrar nuevamente en la presencia de su madre.

Lady Eleanor había convertido aquel lugar en mucho más que un espacio destinado al cultivo de plantas exóticas.

Allí pasaba largas horas leyendo, escribiendo cartas o enseñando a Margaret el delicado equilibrio necesario para cuidar una flor.

Siempre repetía que las plantas no obedecían únicamente a las reglas de la jardinería, sino también a las de la paciencia.

Quien intentaba forzar su crecimiento terminaba destruyéndolas.

Todo seguía extraordinariamente ordenado. Las mesas de cultivo permanecían limpias. Las herramientas aparecían cuidadosamente alineadas. Los tiestos de barro conservaban pequeñas etiquetas escritas con la inconfundible caligrafía de Lady Eleanor.

Margaret pasó lentamente los dedos sobre una de ellas y pudo leer: Camellia japonica alba. Debajo podía leerse otra anotación.

"Trasplantar únicamente cuando la planta esté preparada, nunca cuando el jardinero tenga prisa."

Sonrió con tristeza. Aquella frase parecía contener una enseñanza mucho más amplia que un simple consejo de jardinería.

Mientras recorría las distintas estanterías descubrió una figura inclinada sobre uno de los bancos de trabajo. Era un hombre de unos cincuenta años que examinaba atentamente varias macetas recién regadas. Al escuchar los pasos se volvió inmediatamente.

—Señorita Ashford.

Margaret tardó unos segundos en reconocerlo.

—¿Señor Briggs?

El hombre sonrió con visible satisfacción.

—Temía que ya no se acordara de este viejo jardinero.

George Briggs llevaba prácticamente toda su vida trabajando en Rosewood.

Era mucho más reservado que Matthew Doyle y bastante mayor que el resto del personal de jardinería.

Su complexión robusta había comenzado a ceder ante los años, pero conservaba unas manos sorprendentemente firmes y unos ojos oscuros llenos de una inteligencia tranquila.

Conocía cada árbol, cada arbusto y cada piedra de la finca como si formaran parte de su propia familia.

—Claro que me acuerdo.

Margaret estrechó cordialmente su mano.

—Pensé que se había jubilado.

Briggs soltó una leve carcajada.

—Eso mismo piensa mi espalda cada invierno.

Los dos sonrieron.

—Pero todavía me queda algo que hacer por este lugar. Margaret observó alrededor.

—El invernadero sigue exactamente igual.

El jardinero bajó la vista con cierto orgullo.

—Procuro que así sea.

—Mi madre estaría muy agradecida.

La expresión de Briggs se suavizó.

—Era una mujer extraordinaria.

Hubo un breve silencio. Después añadió:

—Nunca permitió que este lugar se convirtiera únicamente en un almacén de plantas.

—Lo sé.

—Decía que aquí respiraba mejor que en cualquier otra habitación de la casa.

Margaret sintió un nudo en la garganta. Recordaba perfectamente aquella frase.

Mientras conversaban, Briggs comenzó a revisar varias bandejas de semillas. Margaret lo ayudó espontáneamente. Trabajaron unos minutos en silencio. La tranquilidad del lugar resultaba reconfortante. Finalmente ella preguntó:

—¿Sigue viniendo mucha gente al invernadero?

El jardinero negó lentamente.

—Muy poca.

—¿Mi padre?

—Casi nunca.

—¿Y Samuel Fletcher?

—Solo cuando necesita localizarme.

Margaret continuó ordenando pequeñas macetas.

—Entonces permanece casi siempre vacío.

Briggs pareció dudar.

—No exactamente.

Ella levantó la vista.

—¿Quién viene?

El hombre respondió con naturalidad.

—El señor Hawthorne.

Margaret dejó lentamente la maceta sobre la mesa.

—¿Arthur?

—Sí.

La sorpresa fue tan intensa que apenas consiguió ocultarla.

—Pensaba que solo visitaba las camelias.

Briggs sonrió con una discreción casi afectuosa.

—También viene aquí.

—¿Con frecuencia?

—Durante los primeros años... muchísimo.

Margaret sintió cómo el corazón comenzaba otra vez a latir con fuerza.

—¿Qué hacía?

El jardinero permaneció unos segundos recordando.

—Al principio pensaba que únicamente buscaba tranquilidad.

Se acercó a una antigua mesa de nogal situada junto a la pared norte.

—Luego comprendí que esperaba encontrar algo.

—¿Qué cosa?

Briggs apoyó lentamente una mano sobre la madera.

—Los cuadernos de Lady Eleanor.

Margaret quedó completamente inmóvil.

—¿Los buscaba?

—Sí.

La joven observó instintivamente los estantes.

—¿Por qué?

El anciano negó con suavidad.

—Eso nunca me lo explicó.

Hizo una pausa.

—Solo me preguntó muchas veces si Lady Eleanor acostumbraba a guardar aquí documentos personales.

Margaret recordó inmediatamente las anotaciones botánicas de su madre, pero aquello no justificaba semejante insistencia.

—¿Llegó a encontrar algo?

Briggs sonrió levemente.

—No.

Guardó unos segundos de silencio antes de añadir:

—Porque yo tampoco sabía dónde estaban.

La curiosidad de Margaret comenzaba a transformarse en auténtica necesidad.

—¿Existía algún lugar donde mi madre guardara sus papeles?

Briggs permaneció pensativo. Después señaló una antigua mesa de trabajo situada junto al ventanal oriental.

—Siempre escribía allí.

Margaret se acercó. La mesa conservaba varios cajones estrechos y un pequeño armario inferior. Todo parecía completamente vacío.

Sin embargo, mientras acariciaba distraídamente el borde de la madera notó una ligera irregularidad.

Se inclinó. Había una pequeña hendidura casi invisible.

Introdujo cuidadosamente la uña. Se escuchó un leve chasquido.

Un compartimento oculto se abrió lentamente.

Margaret contuvo involuntariamente la respiración.

Dentro descansaba un único objeto. Un cuaderno encuadernado en cuero verde. Briggs quedó muy sorprendido.

—Llevo treinta años trabajando aquí...

Sacudió lentamente la cabeza.

—Jamás imaginé que existiera ese escondite.

Margaret tomó el cuaderno con infinito cuidado. El cuero aparecía ligeramente desgastado. En la primera página podía leerse una única inscripción.

"Eleanor Ashford. Observaciones personales."

No eran notas botánicas. Aquellas dos últimas palabras bastaban para comprenderlo. Observaciones personales. Era un diario.

Margaret levantó lentamente la cubierta.

Las primeras páginas contenían efectivamente anotaciones sobre plantas, injertos y floraciones.

Pero conforme avanzaba aparecían párrafos cada vez más extensos.

Reflexiones, recuerdos, pensamientos íntimos…

El corazón comenzó a acelerársele. Hasta que una fecha llamó inmediatamente su atención: 14 de junio.

El mismo verano. El verano que cambió sus vidas. Comenzó a leer.

"Richard cree que consigue ocultarme su preocupación, pero hace semanas que advierto cómo permanece despierto hasta la madrugada revisando documentos que después guarda bajo llave.

No necesito conocer las cifras para comprender que algo amenaza a Rosewood.

Le conozco demasiado bien. Cuando sonríe menos y pasea más por los jardines es porque intenta resolver problemas que considera exclusivamente suyos.

Me duele verlo así, aunque me duele todavía más comprobar que pretende protegernos mediante el silencio.

Nunca ha entendido que el amor también consiste en compartir las cargas. "

Margaret levantó lentamente la vista. Aquellas líneas confirmaban lo que su padre jamás había confesado a su esposa. Continuó leyendo.

"Hoy he observado nuevamente a Margaret y a Arthur entre las camelias.

Ignoran que desde la terraza puedo verlos perfectamente.

Nunca había contemplado dos jóvenes capaces de entenderse con tanta naturalidad.

Apenas necesitan hablar. Se escuchan incluso cuando guardan silencio.

Si la vida fuera justa, nadie tendría derecho a separarlos. "

Margaret sintió que la emoción comenzaba a nublarle la vista. Pasó rápidamente varias páginas. Entonces encontró otra anotación. Una fecha posterior:  21 de junio y una frase escrita con una caligrafía mucho menos firme.

"Hoy ha venido Sir Jonathan Beaumont."

El pulso comenzó a acelerársele. Continuó leyendo.

"Richard cree que no sé por qué ha venido.

Se equivoca. He escuchado suficiente para comprender que nuestra situación es más grave de lo que imaginaba.

Pero hay algo que no consigo entender. Sir Jonathan ha rechazado expresamente la posibilidad que Richard parecía dispuesto a ofrecerle.

Ha dicho con absoluta claridad que jamás aceptaría salvar Rosewood a cambio de la felicidad de unos jóvenes inocentes.

Entonces... ¿qué es exactamente lo que pretende? "

Margaret dejó de leer. El mundo pareció detenerse a su alrededor, porque aquella frase destruía de un solo golpe la teoría que llevaba horas construyendo.

Sir Jonathan Beaumont. El hombre al que había imaginado negociando matrimonios por interés. Había rechazado precisamente esa posibilidad. Entonces... ¿Quién había decidido separar a Arthur y a Margaret? Y sobre todo... ¿Por qué?

El diario temblaba ligeramente entre sus manos mientras una nueva certeza comenzaba a abrirse paso con una fuerza imparable: la verdad estaba mucho más cerca de lo que había imaginado, pero cada respuesta descubría una historia infinitamente más compleja que la anterior.

El secreto que su madre había dejado oculto en aquel invernadero no solo cambiaba la imagen que Margaret tenía de Sir Jonathan Beaumont, sino que obligaba a mirar de nuevo hacia la única persona cuya versión de los hechos aún permanecía incompleta: Lord Richard Ashford.