Capítulo 7. El compromiso anunciado
La biblioteca quedó sumida en un silencio tan profundo que el leve crepitar de los troncos consumiéndose en la chimenea adquirió una presencia casi solemne.
La llama proyectaba destellos anaranjados sobre las altas estanterías repletas de volúmenes encuadernados en cuero, iluminando por momentos los retratos de antiguos Ashford que observaban la escena desde las paredes con la severidad característica de otra época.
Margaret permanecía inmóvil, sosteniendo aún entre las manos el libro de poemas donde descansaba la pequeña flor azul.
La frase pronunciada por su padre continuaba resonando dentro de ella con una fuerza imposible de contener.
Arthur había estado allí. Había regresado a Rosewood el mismo día en que todo se rompió.
Aquella certeza destruía años de suposiciones construidas sobre el silencio.
Lord Richard Ashford se acercó lentamente a la ventana.
Durante unos instantes contempló la oscuridad del jardín, donde únicamente la luna permitía distinguir las siluetas de los viejos cedros balanceándose con el viento nocturno.
Sus hombros parecían pesar mucho más de lo habitual.
Margaret advirtió, quizá por primera vez en toda su vida, que el hombre al que siempre había considerado inquebrantable llevaba demasiado tiempo sosteniendo una carga que ya no podía ocultar.
—Siéntate, Margaret.
Ella obedeció sin apartar los ojos de su padre. Lord Ashford permaneció de pie, como si algunos recuerdos solo pudieran contarse caminando.
—Durante años pensé que lo mejor era dejar el pasado donde estaba.
Su voz era pausada, grave, carente de dramatismo.
—Creía que remover ciertas heridas únicamente serviría para hacerlas sangrar de nuevo.
Guardó silencio unos segundos.
—Ahora empiezo a pensar que el silencio también puede convertirse en una forma de crueldad.
Margaret sintió un escalofrío. Nunca había escuchado a su padre hablar de ese modo.
—¿Qué ocurrió aquel día?
Richard respiró profundamente.
—Todo comenzó varias semanas antes.
El recuerdo regresó con una claridad sorprendente.
Ocho años atrás, Rosewood Manor vivía uno de los veranos más luminosos que sus habitantes podían recordar.
Los jardines rebosaban color, los campos prometían una cosecha excepcional y Lady Eleanor, aunque ya empezaban a manifestarse discretamente los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría consumiéndola, insistía en recorrer cada mañana los senderos entre las camelias acompañada por Margaret.
Aquella felicidad, sin embargo, coexistía con problemas que muy pocos conocían. Lord Ashford llevaba meses recibiendo correspondencia procedente de Londres. No se trataba de invitaciones sociales. Ni de asuntos parlamentarios. Eran cartas relacionadas con las finanzas.
Las malas cosechas sufridas durante varios años consecutivos, determinadas inversiones desafortunadas realizadas por un administrador ya fallecido y diversos préstamos solicitados para mantener las propiedades familiares habían colocado a los Ashford en una situación mucho más delicada de la que el exterior podía imaginar.
Rosewood seguía siendo una gran finca, pero comenzaba a sostenerse sobre unos cimientos peligrosamente debilitados.
Richard ocultó aquella realidad incluso a su esposa. Solo Samuel Fletcher conocía el verdadero alcance del problema.
Una tarde, mientras ambos revisaban documentos en el despacho, el administrador cerró lentamente uno de los libros de cuentas.
—Milord...
Richard no levantó la vista.
—Dígalo.
Samuel permaneció unos segundos en silencio.
—No podremos continuar mucho tiempo así.
Lord Ashford dejó finalmente la pluma sobre la mesa.
—Lo sé.
—Dentro de un año vencerá el principal préstamo.
—También lo sé.
Samuel respiró profundamente.
—Existe una posibilidad.
Richard sonrió con amargura.
—Imagino cuál es.
El administrador evitó responder. No hacía falta.
Los dos pensaban exactamente en la misma familia.
Los Beaumont. Una de las mayores fortunas industriales del país.
Poseían liquidez suficiente para resolver todos los problemas económicos de Rosewood con una sola firma, pero semejante ayuda jamás sería gratuita.
Richard permaneció varios minutos contemplando el fuego de la chimenea.
—No sacrificaré a mi hija.
Samuel bajó lentamente la cabeza.
—Jamás le pediría semejante cosa.
—Entonces no volvamos a hablar del asunto.
El administrador obedeció, pero ambos comprendían que el tiempo comenzaba a agotarse.
Mientras aquellas preocupaciones crecían silenciosamente entre los adultos, Margaret y Arthur continuaban viviendo el verano más feliz de sus vidas.
Apenas existía un día en que no se encontraran. Paseaban por los bosques. Leían junto al lago. Discutían sobre novelas. Compartían largas conversaciones acerca de los viajes que soñaban realizar algún día.
Margaret hablaba con entusiasmo de Italia. Arthur prefería Escocia. Ella deseaba contemplar Florencia. Él insistía en recorrer las Highlands. Finalmente terminaban riendo porque ninguno conseguía convencer al otro.
Lo que ninguno confesaba era que el verdadero destino no importaba demasiado. Lo importante era viajar juntos.
Lady Eleanor observaba aquella complicidad con una mezcla de alegría y preocupación.
Una tarde llamó a Arthur mientras Margaret había entrado en la casa para buscar un libro. Los dos permanecieron caminando entre las camelias.
—Arthur.
—¿Sí, mi lady?
Ella sonrió con extraordinaria dulzura.
—¿La quieres?
El joven quedó completamente inmóvil. No respondió inmediatamente. Miró alrededor. Las camelias comenzaban a abrir lentamente sus primeras flores. Finalmente levantó los ojos.
—Con toda mi alma.
Lady Eleanor no pareció sorprendida, al contrario, aquella respuesta confirmó algo que llevaba mucho tiempo sabiendo.
—Entonces no tardes demasiado en decírselo.
Arthur dejó escapar una sonrisa nerviosa.—No encuentro el momento adecuado.
—No existe.
Él rio suavemente.
—Pensaba que las madres sabían esas cosas.
—Las madres sabemos precisamente lo contrario.
Se detuvo frente a uno de los arbustos.
—La vida nunca espera a que llegue el momento perfecto.
Cortó cuidadosamente una camelia blanca. Después la colocó en la mano del joven.
—Cuando un sentimiento es verdadero, cualquier momento termina siendo el adecuado.
Arthur contempló la flor durante largo rato.
—Hablaré con Lord Ashford.
Lady Eleanor apoyó suavemente una mano sobre su brazo.
—Hazlo pronto.
Aquellas fueron las últimas palabras que ambos compartieron sobre aquel asunto, porque el destino ya había comenzado a acelerar acontecimientos que ninguno podía prever.
Apenas cinco días después llegó a Rosewood una visita inesperada.
Sir Jonathan Beaumont. Era un hombre de poco más de cincuenta años cuya fortuna había sido construida lejos de la aristocracia tradicional.
Alto, corpulento y de porte impecable, transmitía la seguridad característica de quienes han aprendido a abrirse camino mediante el talento para los negocios antes que por el privilegio del nacimiento.
Su cabello oscuro comenzaba a encanecer con elegancia alrededor de las sienes y unos ojos color avellana, extraordinariamente inteligentes, analizaban cuanto los rodeaba con una rapidez casi inquietante.
Carecía de la afectación propia de muchos nobles.
Hablaba con sencillez, escuchaba atentamente y sonreía poco, aunque cuando lo hacía resultaba evidente que poseía un carácter mucho más cálido de lo que permitía adivinar su aspecto.
Fue recibido en el despacho por Lord Ashford. La conversación se prolongó durante más de dos horas. Nadie supo exactamente qué se habló allí dentro. Ni siquiera Samuel Fletcher. Cuando finalmente Sir Jonathan abandonó la estancia, estrechó la mano de Richard con visible cordialidad.
—Piénselo con calma.
Lord Ashford asintió.
—Lo haré.
—No tengo intención de presionarle.
—Lo sé.
El industrial sonrió levemente.
—Los negocios importantes nunca deben cerrarse con prisas.
Aquella misma tarde abandonó Rosewood, y Richard permaneció encerrado en el despacho hasta bien entrada la noche.
Tres días más tarde ocurrió algo que cambiaría definitivamente el rumbo de todos.
Arthur Hawthorne pidió formalmente una entrevista con Lord Ashford.
Margaret ignoraba por completo aquella visita.
Había salido a caballo junto a Elizabeth Turner para recorrer los senderos del bosque.
Cuando regresó, Arthur ya se había marchado.
Nunca llegó a verlo. Richard recordaba aquella conversación con una precisión casi dolorosa.
Arthur permanecía frente a su escritorio. Llevaba el mismo traje oscuro que utilizaba para las ocasiones importantes. Su expresión reflejaba nerviosismo, pero también una determinación inquebrantable.
—Milord...
Richard comprendió inmediatamente el motivo de aquella visita. Invitó al joven a sentarse. Arthur permaneció de pie.
—Prefiero hablar así.
Lord Ashford asintió.
—Como desees.
El joven respiró profundamente. Después habló con absoluta claridad.
—Vengo a pedirle permiso para solicitar la mano de Margaret.
El silencio que siguió a aquellas palabras pareció prolongarse eternamente.
Richard cerró lentamente los ojos. Durante unos segundos deseó con todas sus fuerzas no haber recibido jamás las cartas procedentes de Londres.
Deseó que Rosewood continuara siendo la finca próspera de años atrás.
Deseó no conocer las cifras que llenaban los libros de cuentas, porque entonces habría respondido inmediatamente.
Sí, sin ninguna duda, pero la realidad era otra. Muy distinta. Muy cruel.
Lord Ashford caminó lentamente hasta la ventana. Desde allí podían verse precisamente las camelias. Arthur esperó. Richard habló finalmente sin volver la cabeza.
—¿La amas?
—Sí.
—¿Estás completamente seguro?
—Nunca he estado tan seguro de nada.
Lord Ashford permaneció unos segundos en silencio.
—Precisamente por eso...
Volvió lentamente hacia él.
—Debes olvidarla.
Arthur sintió que el mundo acababa de detenerse. No comprendía. Pensó haber escuchado mal.
—¿Perdón?
Richard sostuvo su mirada. Nunca le había resultado tan difícil pronunciar unas palabras.
—No puedo permitir ese matrimonio.
Arthur dio un paso adelante.
—¿He hecho algo que le haya ofendido?
—No.
—¿Considera que no soy digno de ella?
—Jamás he pensado semejante cosa.
—Entonces...
Su voz comenzó a quebrarse.
—¿Por qué?
Lord Ashford guardó silencio. No podía revelar la verdadera situación económica de la familia. Aquello habría supuesto la ruina definitiva del prestigio de los Ashford, y tampoco estaba dispuesto a cargar sobre Arthur una responsabilidad que no le correspondía. Solo respondió:
—Porque ese matrimonio no es posible.
Arthur permaneció inmóvil. Su rostro había perdido todo color.
—¿Margaret lo sabe?
Richard sintió cómo aquella sencilla pregunta atravesaba todas sus defensas.
—No.
—¿Piensa decírselo usted?
El noble bajó lentamente la mirada.
—Sí.
Arthur respiró con enorme dificultad. Después habló con una serenidad nacida del dolor más profundo.
—Con el debido respeto, milord...
Hizo una breve pausa.
—Creo que también tiene derecho a escuchar mi respuesta.
Richard asintió.
—Te escucho.
Arthur levantó la cabeza. En sus ojos brillaba una firmeza extraordinaria.
—Nunca dejaré de quererla.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en el despacho con una intensidad casi insoportable. Lord Ashford jamás las olvidaría. Tampoco olvidaría lo que ocurrió inmediatamente después.
Arthur introdujo lentamente la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Sacó un pequeño estuche de terciopelo azul. Lo dejó sobre el escritorio. Dentro había un anillo. No excesivamente ostentoso. Una sencilla pieza de oro blanco con una delicada perla rodeada por pequeños diamantes.
—Pensaba pedírselo mañana.
Richard sintió que un peso insoportable descendía sobre su pecho. Arthur cerró cuidadosamente el estuche. Después hizo una inclinación respetuosa y abandonó el despacho sin volver la vista atrás.
La biblioteca de Rosewood volvió lentamente al presente.
Lord Ashford permanecía junto a la chimenea.
Había terminado de hablar. Margaret permanecía completamente inmóvil.
Las lágrimas descendían silenciosamente por sus mejillas.
No lloraba únicamente por el pasado. Lloraba porque acababa de descubrir que Arthur nunca había dejado de luchar por ellos y porque su propio padre, el hombre al que más respetaba en el mundo, había sido quien había pronunciado las palabras que separaron dos vidas.
Con enorme dificultad consiguió romper el silencio.
—¿Qué ocurrió después?
Richard cerró lentamente los ojos. Su voz apenas fue un susurro.
—Al día siguiente... recibimos la noticia de que tu madre había empeorado. Hizo una pausa.
—Y dos días más tarde... todo el condado supo que existía un compromiso.
Margaret levantó bruscamente la cabeza. Sintió que el corazón volvía a detenerse, porque comprendió que su padre no acababa de referirse al compromiso entre Arthur y Charlotte.
Se refería a otro. A uno mucho más antiguo.
A un anuncio que ella jamás había llegado a conocer y cuya existencia prometía cambiar por completo todo cuanto creía saber sobre el verano que había perdido.