Capítulo 6. Recuerdos del verano perdido
La noticia de la llegada de Charlotte Beaumont alteró apenas perceptiblemente la atmósfera de Rosewood Manor, aunque solo quienes conocían bien la casa podían advertirlo.
Los criados continuaban desempeñando sus tareas con la misma precisión de siempre; las puertas se abrían y cerraban sin estridencias, la vajilla de porcelana era colocada sobre las mesas con idéntico cuidado y el murmullo contenido de las conversaciones de servicio seguía desarrollándose en los corredores alejados de las estancias principales.
Sin embargo, existía una tensión invisible que parecía deslizarse por los amplios pasillos revestidos de madera de nogal, como una corriente silenciosa que todos percibían sin necesidad de mencionarla.
Margaret permaneció inmóvil junto a las camelias unos instantes más, contemplando cómo los pétalos continuaban desprendiéndose lentamente de las ramas para depositarse sobre la grava blanca.
Aquel espectáculo, que apenas unos minutos antes le había inspirado una serenidad melancólica, adquiría ahora un significado distinto.
Cada flor caída parecía recordarle que incluso las cosas más bellas estaban sujetas al paso inevitable del tiempo y que ninguna estación permanecía para siempre.
Sin embargo, las camelias seguían floreciendo cada primavera.
Quizá esa era la lección que su madre siempre había intentado enseñarle: no la permanencia de las flores, sino la fidelidad de la naturaleza a sus propios ciclos.
Lord Ashford observó durante unos segundos el perfil pensativo de su hija antes de hablar con aquella voz grave que nunca necesitaba elevarse para imponer autoridad.
—No estás obligada a recibirla.
Margaret apartó lentamente la vista de las flores.
—¿Ha venido a verme?
—Ha preguntado expresamente por ti.
Aquella respuesta despertó una nueva inquietud. No existía motivo aparente para que Charlotte Beaumont solicitara una entrevista privada apenas un día después de haberse conocido.
—¿Le ha dicho el motivo de su visita?
—No.
Lord Ashford permaneció unos instantes en silencio.
—Pero parecía bastante nerviosa.
Margaret recordó inmediatamente la compostura impecable que Charlotte había mostrado en el mercado. Resultaba difícil imaginarla perdiendo el control de sí misma.
—La recibiré.
Su padre asintió sin hacer comentario alguno.
Cuando Margaret entró en el salón azul encontró a Charlotte de pie junto a uno de los grandes ventanales que daban a la terraza occidental.
La joven contemplaba distraídamente el jardín con las manos entrelazadas delante del cuerpo.
Vestía un elegante traje color verde salvia cuya sobriedad realzaba todavía más la delicadeza de su figura.
Al escuchar la puerta volvió lentamente la cabeza.
Durante unos segundos ambas permanecieron observándose. Sin testigos. Sin protocolos sociales que interrumpieran la sinceridad de aquel instante.
Charlotte fue la primera en sonreír.
—Gracias por recibirme.
—Es un placer.
Margaret señaló uno de los sofás.
—Por favor.
Las dos tomaron asiento frente a frente mientras una criada servía discretamente el té antes de abandonar la estancia. Durante unos instantes reinó un silencio prudente. Charlotte parecía buscar las palabras adecuadas. Margaret decidió facilitarle la tarea.
—Imagino que no habrá venido únicamente para saludarme.
La joven dejó escapar una leve sonrisa.
—No.
Bajó la vista hacia la taza de porcelana.
—Aunque quizá después de lo que voy a decir piense que soy una mujer extraordinariamente imprudente.
—Eso dependerá de lo que diga.
Charlotte respiró profundamente.
—Antes de venir dudé muchas veces.
Levantó lentamente la mirada.
—Pero finalmente comprendí que no soportaría marcharme sin conocerla.
Margaret frunció ligeramente el ceño.
—¿Conocerme?
—Sí.
Guardó unos segundos de silencio.
—Arthur habla de usted con mucho respeto.
La frase cayó sobre la habitación con una delicadeza casi dolorosa. Margaret sintió cómo el corazón volvía a acelerarse.
—No sabía que hablara de mí.
Charlotte sonrió con infinita tristeza.
—En realidad casi nunca lo hace.
Aquella respuesta resultó todavía más desconcertante.
—Entonces...
—Precisamente por eso.
Margaret permaneció en silencio. Charlotte continuó hablando con una sinceridad que parecía costarle un enorme esfuerzo.
—Cuando una persona evita constantemente un tema, termina revelando su importancia mucho más que si hablara de él cada día.
Las palabras fueron pronunciadas sin amargura. Solo con una serenidad resignada. Margaret comenzó a comprender que aquella mujer era mucho más observadora de lo que aparentaba.
—¿Hace mucho que conoce a Arthur?
—Tres años.
—¿Y cuándo se comprometieron?
Charlotte tardó unos segundos en responder.
—Hace seis meses.
Margaret asintió lentamente. Todo parecía encajar con lo que Elizabeth le había contado.
—Imagino que estarán ocupados preparando la boda.
Charlotte sostuvo la taza entre las manos sin llegar a beber.
—Sí.
Pero la forma en que pronunció aquella sencilla palabra encerraba una contradicción tan evidente que Margaret no pudo evitar fijarse en ella.
La joven Beaumont levantó nuevamente la vista.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Fue feliz aquí?
Margaret quedó sorprendida. Miró instintivamente hacia los jardines.
—Mucho.
Charlotte siguió la dirección de su mirada.
—Se nota.
—¿Cómo puede saberlo?
La joven sonrió apenas.
—Las casas conservan algo de quienes las han amado.
Aquella observación hizo que Margaret recordara las palabras de la señora Whitmore. Parecía que toda Rosewood hablaba el mismo lenguaje.
La conversación derivó poco a poco hacia asuntos más cotidianos.
Hablaron de Bath, de Manchester, de música, de literatura y de las diferencias entre la vida urbana y la tranquilidad del campo.
Margaret descubrió con sorpresa que Charlotte poseía una sólida formación intelectual.
Citaba novelas con naturalidad, conocía la poesía contemporánea y mostraba un interés sincero por la pintura y la botánica.
Muy pronto desapareció la rigidez inicial.
No estaban conversando dos rivales, sino dos mujeres educadas para ocultar sus emociones detrás de la cortesía. Cuando el reloj del salón anunció la siguiente hora, Charlotte dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Debo regresar.
Se levantó. Margaret hizo lo mismo. Caminaron juntas hacia el vestíbulo. Ya junto a la puerta principal, Charlotte pareció tomar una decisión. Se volvió hacia Margaret.
—Hay algo más.
Su voz apenas superaba un susurro.
—Arthur nunca me habló de usted directamente.
Margaret permaneció inmóvil.
—Pero una tarde...
Charlotte desvió unos segundos la mirada hacia el jardín.
—Encontré un libro olvidado en la biblioteca de Blackstone Hall.
Sonrió con melancolía.
—Era una edición muy antigua de los poemas de Keats.
Margaret sintió un estremecimiento. Arthur adoraba aquella obra.
—Dentro había una flor prensada.
Charlotte hizo una pausa.
—Una camelia blanca.
El silencio volvió a instalarse.
—Y junto a ella... solo había escrito un nombre.
Margaret ya conocía la respuesta. Aun así necesitó escucharla.
—¿Cuál?
Charlotte respondió con extraordinaria suavidad.
—Margaret.
La joven Beaumont cerró brevemente los ojos.
—No me preguntó nunca si había encontrado el libro.
—¿Qué hizo usted?
—Volví a colocarlo exactamente donde estaba.
Margaret sintió que las palabras desaparecían. Charlotte añadió con una serenidad casi desgarradora:
—Hay recuerdos que una persona no tiene derecho a tocar.
Poco después el carruaje de los Beaumont abandonó la propiedad.
Margaret permaneció largo rato observándolo desde la escalinata principal hasta verlo desaparecer entre los árboles.
No comprendía qué acababa de ocurrir. Había esperado odiar a aquella mujer.
En cambio, empezaba a sentir por ella una profunda compasión.
Aquella noche le resultó imposible dormir. Poco antes de la medianoche decidió bajar silenciosamente a la biblioteca. Siempre encontraba consuelo entre libros.
Las altas estanterías proyectaban largas sombras bajo la tenue iluminación de las lámparas de aceite. El aroma del cuero antiguo y del papel envejecido llenaba la estancia con una calma casi solemne.
Margaret recorrió distraídamente los estantes. Entonces descubrió un volumen que conocía perfectamente. Los poemas de Keats. Exactamente la misma edición que Arthur poseía.
Lo tomó entre las manos. Lo abrió. Y de su interior cayó un pequeño pétalo completamente seco. No era una camelia, era una diminuta flor azul. Un nomeolvides. Margaret permaneció inmóvil. Recordó inmediatamente aquella tarde.
Había sido el último verano antes de marcharse a Bath. Ella y Arthur caminaban junto al lago recogiendo pequeñas flores silvestres.
—¿Sabes cómo se llaman?
Arthur sostuvo entre los dedos una de aquellas diminutas flores azules. Margaret negó con la cabeza.
—Nomeolvides.
Ella sonrió.
—Qué nombre tan extraño.
Arthur la observó unos segundos.
—Existe una vieja leyenda alemana.
—Cuéntamela.
Él comenzó a caminar lentamente.
—Dicen que dos enamorados paseaban junto a un río cuando la joven vio estas flores creciendo muy cerca de la orilla. El muchacho bajó para recogerlas, pero la corriente era demasiado fuerte. Antes de desaparecer bajo el agua consiguió lanzar el ramo hacia ella mientras gritaba: "No me olvides."
Margaret guardó silencio. Después tomó una de las flores.
—Es una historia muy triste.
Arthur sonrió.
—Solo si termina ahí.
Ella levantó la vista.
—¿Existe otra versión?
—No.
—Entonces has mentido.
Él rio suavemente.
—Solo he decidido imaginar un final distinto.
—¿Cuál?
Arthur la miró directamente a los ojos.
—Que ella nunca lo olvidó.
Durante unos largos segundos ninguno de los dos dijo nada. El viento agitaba suavemente las ramas de los sauces.
Muy despacio, Margaret colocó la pequeña flor azul entre las páginas del libro que ambos llevaban para leer durante la tarde.
—Así tampoco nosotros la olvidaremos.
Arthur cerró el volumen con cuidado.
—No.
Sonrió.
—Nunca.
El recuerdo desapareció con la misma intensidad con que había llegado. Margaret seguía sosteniendo el viejo libro en la biblioteca de Rosewood. La pequeña flor azul permanecía todavía entre sus dedos. Habían pasado ocho años. Y allí seguía. Tan frágil como entonces. Tan persistente como la memoria.
Con infinita delicadeza volvió a colocarla entre las páginas.
En ese mismo instante escuchó pasos acercándose por el corredor.
Pensó que sería algún criado. Sin embargo, al levantar la vista distinguió la figura de Lord Ashford.
El noble permanecía en el umbral observando el libro que sostenía su hija.
No pareció sorprendido. Al contrario, como si hubiera esperado encontrarla precisamente allí.
—Sabía que algún día abrirías ese volumen.
Margaret lo miró desconcertada.
—¿Lo sabía?
Lord Ashford avanzó lentamente hasta la mesa. Después apoyó una mano sobre el lomo del libro.
—Porque fui yo quien lo colocó en esta biblioteca hace ocho años.
Margaret sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.
—¿Cómo llegó hasta usted?
El rostro de Lord Ashford adquirió una expresión extraordinariamente grave. Una expresión que Margaret jamás le había visto.
—Arthur vino a devolvérmelo... el mismo día en que todo terminó.
La habitación pareció quedarse sin respiración. Margaret comprendió, con una certeza súbita, que la historia que conocía estaba incompleta, y que su padre acababa de abrir la puerta hacia el recuerdo del día que había destruido el verano más feliz de sus vidas.