Capítulo 5. Las camelias florecen
El encuentro en la plaza de Rosebridge permaneció grabado en la memoria de Margaret con una intensidad inesperada.
Durante el trayecto de regreso a Rosewood Manor apenas pronunció palabra.
Wilkins, que conducía el carruaje con la discreción adquirida tras toda una vida al servicio de los Ashford, comprendió que el silencio de la joven no respondía al cansancio del paseo, sino a una agitación mucho más profunda.
El anciano conocía demasiado bien la expresión que Margaret había heredado de su madre: aquella serenidad excesivamente perfecta que aparecía únicamente cuando el corazón luchaba por contener emociones capaces de desbordarlo todo.
No hizo ninguna pregunta. Limitó su atención al camino, permitiendo que el lento balanceo del carruaje ofreciera a su pasajera el refugio que las palabras, en ocasiones, son incapaces de proporcionar.
Margaret apoyó la cabeza contra el respaldo tapizado mientras observaba desfilar los prados al otro lado de la ventanilla.
No conseguía apartar de su mente la imagen de Arthur.
Había imaginado aquel reencuentro durante años y, sin embargo, ninguna de sus fantasías se parecía a la realidad.
Había esperado encontrar indiferencia, quizá cordialidad, incluso cierta incomodidad inevitable entre dos personas que compartían un pasado demasiado íntimo.
Lo que no había previsto era aquella tristeza silenciosa reflejada en sus ojos.
Tampoco la forma en que había pronunciado su nombre, con una delicadeza casi reverencial, como si durante todo aquel tiempo hubiera conservado intacto el hábito de nombrarla.
Ni la tensión apenas perceptible que se instaló en su rostro cuando Charlotte Beaumont apareció junto a ellos.
Cada detalle regresaba una y otra vez con una precisión insoportable, obligándola a preguntarse si realmente había interpretado correctamente cuanto había visto o si, por el contrario, el deseo de encontrar alguna explicación estaba deformando su percepción de los hechos.
Charlotte también ocupaba ahora un lugar inesperado en sus pensamientos.
Había esperado descubrir a una mujer altiva, orgullosa de su posición y satisfecha por el brillante matrimonio que estaba a punto de celebrar.
En cambio, había encontrado a alguien cuya elegancia parecía esconder una fragilidad cuidadosamente disimulada.
No había detectado arrogancia en ella. Tampoco vanidad.
Al contrario, la joven Beaumont irradiaba una cortesía sincera que resultaba difícil fingir.
Pero existía algo más, una sombra apenas perceptible que aparecía durante breves instantes en su mirada antes de desaparecer bajo la impecable educación recibida.
Margaret no conseguía definir exactamente qué era, aunque intuía que aquella mujer soportaba una carga invisible para quienes solo contemplaban la superficie de las apariencias.
Cuando el carruaje cruzó la verja principal de Rosewood Manor, el sol comenzaba a descender lentamente hacia el oeste.
La luz dorada de la tarde transformaba los jardines en un escenario casi irreal.
Las copas de los cedros adquirían reflejos cobrizos, las fuentes devolvían destellos plateados y los macizos florales parecían intensificar el color de sus pétalos bajo aquella iluminación oblicua.
Margaret descendió sin esperar ayuda y permaneció unos segundos inmóvil contemplando la fachada de la mansión.
Siempre había considerado Rosewood un lugar hermoso, pero nunca como aquella tarde.
Quizá porque ahora comprendía que la belleza de una casa no dependía únicamente de su arquitectura, sino de las vidas que había acogido entre sus muros y de los sentimientos que seguían respirando en cada rincón mucho después de que quienes los habían vivido hubieran desaparecido.
No entró inmediatamente en la casa. Sus pasos, casi sin proponérselo, la condujeron de nuevo hacia el jardín de las camelias.
Aquel rincón parecía ejercer sobre ella una atracción silenciosa contra la que resultaba inútil resistirse.
Las flores habían abierto completamente durante los últimos días.
Los arbustos aparecían cubiertos por centenares de corolas blancas cuya perfección parecía desafiar cualquier imperfección del mundo.
El aire transportaba un perfume tenue, delicado, imposible de percibir desde la distancia, pero profundamente envolvente para quien permanecía entre ellas.
Margaret avanzó despacio por el sendero de grava blanca hasta detenerse frente al banco de hierro.
Alguien estaba trabajando. Un hombre de mediana edad se encontraba arrodillado junto a uno de los macizos, retirando cuidadosamente algunas malas hierbas y removiendo la tierra alrededor de las raíces.
Vestía ropa sencilla de jardinero y llevaba un sombrero de ala ancha que ocultaba parcialmente su rostro.
Al escuchar los pasos levantó la cabeza.
—Buenas tardes, señorita.
Margaret respondió con una leve inclinación.
—Buenas tardes.
El hombre dejó las herramientas sobre el suelo y se incorporó.
Era de estatura media, hombros fuertes y manos curtidas por muchos años de trabajo al aire libre.
Su cabello comenzaba a encanecer en las sienes y unas profundas arrugas alrededor de los ojos hablaban de incontables jornadas bajo el sol y la lluvia.
Sin embargo, transmitía una serenidad natural que inspiraba confianza desde el primer instante.
—No creo haber tenido el placer de conocerle.
El jardinero sonrió.
—No, señorita. Mi nombre es Matthew Doyle.
Margaret intentó recordar aquel apellido. No pertenecía al personal habitual de Rosewood.
—¿Trabaja para mi padre?
Matthew dudó apenas un instante.
—Solo en esta parte del jardín.
Ella observó alrededor.
—Las camelias.
—Sí.
Margaret sintió una ligera inquietud.
—Samuel Fletcher me comentó que estos arbustos reciben cuidados especiales desde hace algunos años.
El hombre asintió.
—Así es.
—¿Y usted se ocupa de ellos?
—Desde hace casi siete años.
Margaret permaneció unos segundos en silencio antes de formular la pregunta que llevaba días creciendo en su interior.
—¿Quién le contrató?
Matthew bajó lentamente la mirada hacia las flores. Parecía debatirse entre la prudencia y la sinceridad. Finalmente respondió.
—El señor Arthur Hawthorne.
Margaret cerró los ojos un instante. Aunque ya lo sospechaba, escucharlo en voz alta producía un efecto completamente distinto.
—¿Viene con frecuencia?
—Siempre que sus obligaciones se lo permiten.
La joven sintió cómo el corazón comenzaba nuevamente a latir con fuerza.
—¿Él mismo?
—Sí.
Matthew recogió una pequeña rama caída y la sostuvo entre los dedos.
—Nunca permite que otra persona decida qué ramas deben podarse. Dice que las camelias recuerdan el modo en que fueron cuidadas durante años y que cambiar demasiado deprisa termina debilitándolas.
Margaret acarició distraídamente uno de los pétalos.
Aquellas palabras tenían demasiado de Arthur para pertenecer a cualquier otra persona.
Siempre había sido incapaz de tratar los lugares como simples propiedades.
Para él, los árboles, los jardines y las casas poseían una memoria semejante a la de los seres humanos.
—¿Suele permanecer mucho tiempo aquí?
Matthew sonrió con una discreción casi afectuosa.
—Más del que imagina.
—¿Trabajando?
El jardinero tardó unos segundos en responder.
—No siempre.
Margaret levantó lentamente la vista.
—A veces simplemente se sienta en ese banco.
Señaló el viejo asiento de hierro.
—Permanece allí una hora... quizá dos. Algunas tardes trae un libro. Otras veces no hace absolutamente nada.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Matthew añadió con voz muy baja:
—Jamás lo vi acompañado.
Aquella última frase cayó sobre Margaret con el peso de una confesión involuntaria.
Durante ocho años había imaginado que Arthur habría rehecho completamente su vida, que los recuerdos compartidos se habrían desvanecido bajo el ritmo de nuevas experiencias.
Sin embargo, la imagen de aquel hombre sentado solo entre las camelias, visitando una y otra vez el lugar donde ambos habían descubierto el amor, resultaba incompatible con la indiferencia.
Entonces... ¿Por qué iba a casarse con otra mujer?
La pregunta comenzaba a adquirir una urgencia insoportable.
—Perdone mi indiscreción, señorita.
Matthew habló con extraordinaria cautela.
—No suelo comentar estas cosas.
—Lo sé.
—Pero pensé que quizá debía conocerlas.
Margaret lo observó con curiosidad.
—¿Por qué?
El jardinero contempló las camelias antes de responder.
—Porque llevo siete años viendo sufrir a un hombre que nunca ha pronunciado una sola queja.
La joven sintió un nudo en la garganta. Matthew continuó hablando con la serenidad de quien únicamente describe hechos.
—Nunca le pregunté por qué seguía viniendo. Tampoco era asunto mío. Pero hay preguntas cuyas respuestas terminan revelándose sin necesidad de formularlas.
Sonrió levemente.
—Los jardineros aprendemos a observar.
Margaret bajó la vista. No encontraba palabras.
Poco después Matthew regresó a su trabajo y Margaret permaneció sola junto al banco.
El viento agitaba suavemente las ramas cargadas de flores, desprendiendo algunos pétalos que descendían lentamente hasta cubrir el sendero como una ligera nevada blanca.
Se sentó. Exactamente en el lugar donde Matthew acababa de decirle que Arthur permanecía durante horas.
Apoyó las manos sobre el hierro frío. Cerró los ojos.
Intentó imaginarlo allí. Leyendo, pensando, esperando.
Una emoción desconocida comenzó a abrirse paso entre la tristeza.
No era esperanza. Todavía no. Era la intuición de que la historia que todos daban por concluida quizá nunca había terminado realmente.
—¿Sabía que vendrías aquí?
La voz de Lord Ashford sonó detrás de ella.
Margaret volvió la cabeza. Su padre caminaba lentamente por el sendero con las manos cruzadas a la espalda. Se detuvo junto al banco sin llegar a sentarse.
—Este lugar sigue buscándote.
Ella sonrió con melancolía.
—O quizá soy yo quien no deja de buscarlo.
Lord Ashford contempló las camelias durante largo rato. Después habló con una serenidad que parecía nacida de muchos años de reflexión.
—Tu madre decía que las flores enseñan aquello que los hombres olvidan demasiado pronto.
—¿Qué enseñan?
—Paciencia.
Guardó silencio unos segundos.
—Las personas creemos que todo debe resolverse inmediatamente. Si algo tarda demasiado, lo damos por perdido. Sin embargo, la naturaleza funciona de otra manera. Hay semillas que necesitan años antes de brotar.
Margaret observó a su padre con atención. Él rara vez hablaba mediante metáforas. Aquellas palabras parecían dirigidas mucho más allá del jardín.
—Padre...
Lord Ashford permaneció mirando el horizonte.
—Cuando eras pequeña pensabas que la mayor tragedia consistía en no conseguir aquello que uno desea.
Sonrió con infinita tristeza.
—Con el tiempo descubrimos que existen tragedias mucho más profundas.
Margaret esperó.
—¿Cuáles?
El noble respondió sin apartar la vista de las camelias.
—Querer lo correcto... y no poder hacerlo.
Aquella frase despertó una extraña inquietud.
No parecía una reflexión improvisada. Sonaba como el recuerdo de una experiencia vivida.
Margaret estuvo a punto de preguntarle qué quería decir exactamente, pero en ese mismo instante apareció Wilkins recorriendo apresuradamente el sendero.
El anciano se detuvo respetuosamente a unos metros.
—Milord.
—¿Qué ocurre?
—Ha llegado una visita.
Lord Ashford frunció ligeramente el ceño.
—¿Quién?
Wilkins vaciló apenas un instante.
—La señorita Charlotte Beaumont.
Margaret sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones.
No esperaba volver a verla tan pronto. Lord Ashford intercambió una rápida mirada con su hija.
En sus ojos apareció una expresión difícil de interpretar, como si aquella visita no fuera completamente inesperada para él.
O quizá como si comprendiera que el destino acababa de mover una nueva pieza en una partida cuya verdadera dimensión solo unos pocos comenzaban a intuir.
Mientras el viento seguía desprendiendo pétalos blancos sobre el sendero y el perfume de las camelias impregnaba el aire con una delicadeza casi irreal, Margaret tuvo la certeza de que la joven prometida de Arthur Hawthorne no había acudido a Rosewood Manor por simple cortesía social.
Había algo en aquella visita, en su inoportunidad y en su aparente espontaneidad, que anunciaba el comienzo de una verdad cuidadosamente silenciada durante demasiado tiempo.