El jardín de las camelias blancas Capítulo 4. El prometido de otra mujer
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Capítulo 4. El prometido de otra mujer

Durante los días que siguieron a su regreso, Margaret comenzó a recuperar una rutina que le resultaba tan familiar como extraña.

Cada mañana acompañaba a su padre durante el desayuno en el gran comedor orientado al este, donde la luz penetraba a través de los altos ventanales iluminando la larga mesa de caoba sobre la que la plata heredada de varias generaciones brillaba con una discreción elegante.

Lord Ashford continuaba siendo un hombre de hábitos inquebrantables.

Leía la correspondencia mientras tomaba el primer café, revisaba junto al administrador los informes de las cosechas antes de las nueve y dedicaba el resto de la mañana a recorrer las propiedades acompañado de Wilkins o de Samuel Fletcher.

Sin embargo, Margaret percibía cambios que nunca habría imaginado años atrás.

Su padre hablaba menos, permanecía más tiempo contemplando el paisaje desde las ventanas y, aunque conservaba intacta la autoridad que inspiraba respeto entre los empleados de la finca, existía en él una melancolía serena que el paso del tiempo no había conseguido aliviar.

Había envejecido con la dignidad de quienes aceptan las pérdidas sin convertirlas en resentimiento, pero el precio de esa serenidad se advertía en la expresión cansada de sus ojos.

Aquella mañana, mientras compartían el desayuno, un criado depositó junto al plato de Lord Ashford una bandeja con la correspondencia recién llegada desde el pueblo.

El noble fue revisando las cartas con movimientos pausados hasta que una invitación impresa sobre cartulina color crema llamó su atención.

Permaneció unos segundos leyéndola antes de dejarla nuevamente sobre la mesa.

Margaret no preguntó inmediatamente. Había aprendido desde niña que la curiosidad debía esperar el momento adecuado. Fue su padre quien rompió el silencio.

—Lady Whitmore ofrecerá una recepción el próximo sábado.

Margaret levantó la vista.

—Hace años que no organiza una.

—Precisamente por eso asistirá casi toda la comarca.

Él tomó un sorbo de café antes de continuar.

—Supongo que te agradará volver a encontrarte con antiguos conocidos.

Ella dejó lentamente la taza sobre el plato.

—Quizá.

Lord Ashford permaneció observándola unos instantes.

—Arthur estará allí.

La frase fue pronunciada con absoluta naturalidad, pero produjo el efecto de una piedra arrojada sobre un lago inmóvil. Margaret mantuvo el control de su expresión.

—Lo imaginaba.

—También acudirá su prometida.

Aquellas tres palabras bastaron para devolverle la desagradable sensación de vacío que había experimentado el día de su llegada.

Su prometida, hasta entonces aquella mujer no había sido más que una idea abstracta, una presencia distante sin rostro ni voz. Sin embargo, al saber que iba a conocerla, la realidad adquiría una consistencia completamente distinta.

Margaret intentó sonreír.

—Será una buena ocasión para felicitarles.

Lord Ashford comprendió inmediatamente el esfuerzo que aquella frase había requerido. No insistió. En ocasiones, el mayor gesto de afecto consistía precisamente en no obligar al otro a seguir hablando.

Después del desayuno, Margaret decidió bajar al pueblo.

Necesitaba recuperar el contacto con lugares que habían formado parte de su juventud antes de enfrentarse al encuentro inevitable que la esperaba unos días más tarde.

Wilkins preparó el carruaje, aunque ella prefirió recorrer el último tramo caminando desde el puente de piedra que marcaba la entrada a Rosebridge.

El pueblo apenas había cambiado. Las casas de ladrillo rojizo continuaban alineándose a ambos lados de la calle principal; las fachadas lucían balcones repletos de geranios y madreselvas, mientras los pequeños comercios abrían lentamente sus puertas bajo la mirada curiosa de los primeros clientes de la mañana.

El aroma del pan recién hecho escapaba de la panadería de los hermanos Collins, mezclándose con el perfume del cuero trabajado por el viejo zapatero y con el humo procedente de la herrería situada junto a la plaza.

Muchos rostros le resultaban familiares.

Algunos ancianos la saludaban con visible emoción.

Varias mujeres interrumpían sus conversaciones para hacerle discretas reverencias.

Los niños, demasiado jóvenes para recordarla, observaban con curiosidad a aquella elegante dama que parecía despertar tanto afecto entre los vecinos.

—¡Señorita Ashford!

Margaret volvió la cabeza. Una joven abandonaba apresuradamente la floristería situada frente a la iglesia. Tardó apenas unos segundos en reconocerla.

—¿Elizabeth?

La muchacha sonrió ampliamente.

—Pensé que quizá no se acordaría de mí.

—Claro que sí.

Elizabeth Turner había sido hija del jardinero principal de Rosewood Manor.

Compartían prácticamente la misma edad y, aunque las diferencias sociales habían marcado inevitablemente cierta distancia durante la infancia, Lady Eleanor siempre había procurado que ambas niñas jugaran juntas cuando las obligaciones lo permitían.

Ahora Elizabeth era una mujer de veintiséis años, de estatura menuda y cabello rojizo intensamente rizado que escapaba constantemente del moño en el que intentaba recogerlo.

Sus ojos verdes transmitían una vivacidad contagiosa y su carácter seguía siendo tan espontáneo como Margaret recordaba.

Las dos mujeres se abrazaron con una naturalidad que hizo desaparecer de inmediato los años de separación.

—No puedo creer que esté aquí.

—Yo tampoco termino de creerlo.

Elizabeth retrocedió un paso para observarla mejor.

—Está exactamente igual.

Margaret soltó una suave carcajada.

—Eso demuestra que tienes muy mala memoria.

—No. Lo que ocurre es que ahora parece mucho más elegante.

—Eso suena peligrosamente parecido a un cumplido.

—Lo es.

Ambas rieron.

La conversación recuperó enseguida la cercanía perdida.

Elizabeth comenzó a contarle los cambios ocurridos durante aquellos años: varios matrimonios, nacimientos, fallecimientos y pequeñas historias cotidianas que componían la vida del pueblo.

Margaret escuchaba con auténtico interés, descubriendo que las existencias aparentemente sencillas también escondían alegrías y tragedias tan profundas como las de cualquier familia aristocrática.

Finalmente Elizabeth adoptó un tono algo más prudente.

—Imagino que ya sabe lo de Arthur.

Margaret permaneció serena.

—Sí.

La joven dudó unos segundos.

—Todo el mundo habla del compromiso.

—Es lógico.

Elizabeth bajó ligeramente la voz.

—Aunque no todo el mundo lo entiende.

Margaret levantó la vista.

—¿Qué quieres decir?

La florista pareció arrepentirse inmediatamente.

—Nada... solo rumores.

—Elizabeth.

La muchacha suspiró.

—Aquí la gente observa mucho, ya lo sabe.

—Continúa.

—Cuando el señor Hawthorne anunció el compromiso, muchos pensamos que... bueno... que parecía una decisión tomada más con la cabeza que con el corazón.

Margaret sintió un leve estremecimiento.

—¿Conoces a la señorita con la que va a casarse?

—Sí.

—¿Cómo es?

Elizabeth buscó cuidadosamente las palabras.

—Se llama Charlotte Beaumont.

Margaret repitió mentalmente el nombre: Charlotte Beaumont. Por primera vez, la mujer sin rostro adquiría una identidad concreta. Su familia posee importantes fábricas textiles en Manchester. Llegaron hace unos tres años después de comprar Blackstone Hall.

Margaret asintió lentamente. Conocía aquel lugar. Una antigua propiedad situada a pocas millas de Rosewood.

—¿Y ella?

Elizabeth permaneció pensativa.

—Es una mujer muy hermosa.

Margaret sintió una punzada involuntaria. La joven continuó.

—Alta, rubia, con unos ojos azules muy claros. Siempre viste con una elegancia impecable y posee excelentes modales.

Hizo una breve pausa.

—Pero...

—¿Pero?

Elizabeth vaciló.

—No parece feliz.

Margaret frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué dices eso?

—No sabría explicarlo. Son pequeñas cosas. La forma en que sonríe, como si lo hiciera por obligación. La manera en que permanece callada cuando otras mujeres conversan. O cómo mira a Arthur cuando cree que nadie la observa.

—¿Cómo lo mira?

Elizabeth respondió casi en un susurro.

—Como quien teme perder algo que nunca ha llegado a poseer del todo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambas. Margaret desvió la vista hacia los escaparates de la plaza. Aquella descripción despertaba más preguntas que respuestas.

Poco después se despidieron prometiendo verse nuevamente antes de que terminara la semana.

Margaret decidió prolongar su paseo atravesando el pequeño mercado instalado junto a la iglesia.

Los puestos ofrecían verduras recién cosechadas, quesos artesanales, miel, telas y flores procedentes de las fincas vecinas.

Saludó a varios comerciantes que aún la recordaban y terminó comprando un pequeño ramo de lavanda para colocar en la habitación de su madre.

Cuando abandonaba la plaza, escuchó el sonido inconfundible de unos cascos acercándose sobre el empedrado. Era un caballo, grande y negro.

Margaret sintió un impulso inexplicable antes incluso de volver la cabeza. El animal se detuvo a pocos metros. Su jinete desmontó con movimientos tranquilos.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Ocho años. Ocho largos años habían pasado desde la última vez que se habían visto.

Arthur Hawthorne permanecía inmóvil frente a ella.

El muchacho de los recuerdos había desaparecido.

El hombre que ocupaba ahora su lugar conservaba la misma estatura elegante y la misma armonía natural de sus rasgos, pero el tiempo había modelado su expresión con una madurez que resultaba imposible ignorar.

Su cabello negro seguía rebelándose contra cualquier intento de disciplina, aunque aparecía ligeramente más corto que en la juventud.

La línea de la mandíbula se había endurecido, otorgándole un aire más resuelto, mientras unas finas sombras alrededor de los ojos revelaban años de responsabilidades y preocupaciones.

Vestía un impecable traje de montar oscuro cuya sobriedad contrastaba con la nobleza serena de sus movimientos, pero fueron sus ojos los que detuvieron el tiempo.

Aquel azul profundo seguía siendo exactamente el mismo, solo que ahora albergaba una tristeza que Margaret jamás había visto en ellos. Arthur fue el primero en hablar.

—Buenos días... Margaret.

Escuchar nuevamente su voz produjo en ella una emoción tan intensa que necesitó unos segundos para responder.

—Buenos días... Arthur.

El silencio volvió a instalarse. No era un silencio incómodo. Era el peso de todo cuanto ninguno sabía cómo expresar. Él sonrió apenas.

—Has vuelto.

—Sí.

—Rosewood te echaba de menos.

Margaret sostuvo su mirada.

—No sabía que hablaras en nombre de los jardines.

Una leve sonrisa iluminó por primera vez el rostro de Arthur.

—Hay lugares que aprenden a esperar mejor que las personas.

Ella recordó inmediatamente las palabras que Samuel Fletcher le había repetido junto a las camelias. Comprendió que no habían sido pronunciadas al azar.

Arthur también lo comprendió. Durante un instante ambos supieron que compartían el mismo recuerdo, sin embargo, antes de que cualquiera pudiera decir algo más, una voz femenina resonó a pocos metros.

—Arthur.

Los dos volvieron la cabeza al mismo tiempo. Una elegante calesa acababa de detenerse junto a la acera. Una joven descendía ayudada por un lacayo. Era, sin duda, Charlotte Beaumont.

Su belleza resultaba innegable, aunque no respondía a la exuberancia sino a una delicadeza refinada.

Su cabello rubio ceniza caía recogido en un elaborado peinado del que escapaban algunos rizos cuidadosamente dispuestos.

Sus ojos, de un azul tan claro que casi parecían grises bajo la luz de aquella mañana, transmitían una serenidad educada que ocultaba un cansancio difícil de explicar.

Vestía un traje color marfil de extraordinaria calidad, adornado con discretos bordados en plata que evidenciaban la inmensa fortuna de su familia, pero la elegancia de sus ropas no conseguía disimular cierta rigidez en sus movimientos, como si cada gesto hubiera sido aprendido tras años de impecable educación.

Charlotte se acercó con una sonrisa perfectamente correcta. Arthur permaneció inmóvil.

—Charlotte.

Ella dirigió entonces la mirada hacia Margaret. Bastó un solo instante. Las dos mujeres comprendieron inmediatamente quién era la otra. Arthur realizó las presentaciones con una calma que apenas lograba ocultar la tensión.

—Señorita Ashford... permítame presentarle a la señorita Charlotte Beaumont.

Charlotte inclinó ligeramente la cabeza.

—Es un verdadero placer conocerla. He oído hablar mucho de usted.

Margaret respondió con idéntica cortesía.

—El placer es mío.

Las dos sonrieron. Ninguna dejó de observar a la otra.

Y mientras el bullicio del mercado continuaba a su alrededor como si nada extraordinario estuviera ocurriendo, Margaret tuvo la intuición, tan súbita como inexplicable, de que la mujer que acababa de estrechar su mano no era su enemiga.

Bajo la serenidad impecable de Charlotte Beaumont percibió la misma melancolía silenciosa que había descubierto en los ojos de Arthur unos instantes antes, como si los tres se encontraran atrapados en una historia cuya verdadera naturaleza todavía permanecía oculta incluso para quienes estaban destinados a vivirla.