El jardín de las camelias blancas Capítulo 3. Un amor interrumpido
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Capítulo 3. Un amor interrumpido

El resto de la mañana transcurrió bajo una calma engañosa que únicamente quienes habían aprendido a convivir con el dolor podían interpretar correctamente.

Rosewood Manor recuperaba poco a poco la actividad habitual de una gran propiedad rural.

Desde las cocinas ascendía el constante ir y venir de sirvientas cargadas con bandejas de plata; en las cuadras, los mozos preparaban los caballos para las tareas del día; los jardineros se distribuían entre los parterres con la precisión de una coreografía repetida durante décadas, mientras en los campos cercanos los primeros carros comenzaban a dirigirse hacia las zonas de cultivo.

Margaret observaba aquella vida desde la galería oriental, instalada junto a uno de los altos ventanales que dominaban la explanada principal.

Tenía entre las manos un libro abierto, pero no había leído una sola línea desde hacía casi media hora.

Su mirada permanecía fija en un punto indefinido del jardín, aunque en realidad contemplaba escenas muy distintas, pertenecientes a un tiempo que ningún calendario era capaz de devolver.

La memoria no obedecía a un orden lógico.

No regresaba como un relato cuidadosamente organizado, sino como una sucesión de instantes unidos por emociones más que por fechas.

Bastaba el aroma de las camelias, el sonido del viento atravesando las ramas de los viejos olmos o la forma en que la luz caía sobre los senderos para que el pasado comenzara a desplegarse con una nitidez casi dolorosa.

Comprendió entonces que durante años había cometido un error al intentar olvidar.

El olvido nunca había sido posible. Lo único que había conseguido era mantener los recuerdos inmóviles, aguardando pacientemente el instante propicio para reclamar nuevamente su lugar.

—No ha pasado una sola página desde que se sentó.

La observación hizo que Margaret levantara la vista.

La señora Whitmore permanecía junto a una pequeña mesa de nogal sobre la que acababa de depositar una bandeja con té recién servido.

Su mirada conservaba la habitual firmeza, aunque en ella brillaba una preocupación discreta que no intentaba ocultar.

—Creo que el libro no está consiguiendo competir con mis pensamientos.

—Nunca lo hacen.

La anciana comenzó a servir el té con la elegancia meticulosa que había perfeccionado tras toda una vida de servicio.

—Su madre solía decir que leer era la mejor medicina para un corazón inquieto.

Margaret esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Mi madre nunca sufrió por amor.

La señora Whitmore levantó lentamente los ojos.

—¿Está completamente segura?

Aquella pregunta quedó suspendida entre ambas durante unos instantes.

Margaret recordó entonces algo que apenas había considerado durante su juventud.

Sus padres jamás habían hablado de su matrimonio.

Había dado por hecho que dos personas pertenecientes a familias aristocráticas simplemente cumplían con las obligaciones propias de su posición.

Sin embargo, cada vez que evocaba la manera en que Lord Ashford miraba el retrato de Lady Eleanor, comenzaba a sospechar que entre ellos había existido un sentimiento mucho más profundo de lo que ella había imaginado.

—Nunca se lo pregunté.

—Porque era demasiado joven para comprender que incluso los adultos esconden cicatrices.

Whitmore entregó la taza a Margaret y permaneció unos segundos contemplando los jardines.

—Las personas creen que las casas antiguas guardan únicamente muebles y retratos. Se equivocan. Lo que realmente conservan son historias que casi nadie llega a conocer por completo.

Aquellas palabras continuaron resonando en la mente de Margaret incluso después de quedarse nuevamente sola.

Terminó el té sin apenas advertir su sabor y decidió subir al desván.

Existía allí un lugar que muy pocos visitaban: una amplia sala situada bajo el tejado donde se almacenaban muebles antiguos, baúles familiares, cuadros retirados de las paredes y decenas de objetos cuya utilidad había desaparecido hacía generaciones.

Durante la infancia aquel espacio había representado un territorio de aventuras.

Ella y Arthur pasaban horas enteras explorando los viejos cofres, imaginando vidas pertenecientes a los retratos olvidados y construyendo historias alrededor de cada objeto cubierto de polvo.

La escalera de servicio seguía crujiendo exactamente igual que entonces.

El olor a madera envejecida, cuero antiguo y pergamino impregnaba el ambiente con una intensidad familiar.

Al abrir la pesada puerta del desván, una nube de polvo danzó brevemente en el aire iluminada por los estrechos tragaluces.

Todo permanecía prácticamente igual. Las viejas cómodas francesas cubiertas con sábanas blancas.

Los relojes detenidos desde hacía décadas.

Las estanterías repletas de libros cuyos lomos mostraban el desgaste de varias generaciones.

Los baúles militares del abuelo Ashford, y junto a la ventana occidental... , el antiguo caballete.

Margaret se acercó lentamente. Sobre él continuaba descansando un lienzo inacabado.

Sonrió con melancolía. Ella misma lo había comenzado a los dieciocho años intentando pintar el jardín de las camelias.

Jamás consiguió terminarlo, no porque le faltara habilidad, sino porque la vida decidió interrumpir aquella primavera.

Mientras recorría distraídamente los objetos almacenados, descubrió una pequeña caja de nogal cuya cerradura permanecía abierta.

Reconoció inmediatamente la talla floral grabada sobre la tapa.

Era su caja de recuerdos. Se arrodilló frente a ella.

Dentro seguían cuidadosamente ordenados pequeños tesoros infantiles cuya importancia solo podía comprender quien los había vivido: una pluma de faisán encontrada durante una excursión con Edward; una cinta azul perteneciente a un vestido que su madre le había confeccionado para un baile campestre; varias flores prensadas entre hojas de un viejo cuaderno; un pequeño caballo de madera tallado por Wilkins cuando ella apenas tenía ocho años.

Y, debajo de todo aquello..., un pañuelo de lino. Margaret lo tomó con infinita delicadeza. En una esquina aparecían bordadas las iniciales A.H. Su respiración se hizo más lenta. Aquel pañuelo pertenecía a Arthur. Recordó perfectamente el día.

Habían pasado la tarde recorriendo el bosque tras una fuerte tormenta. Ella resbaló sobre unas piedras cubiertas de musgo y se golpeó ligeramente la mano. Arthur, alarmado mucho más de lo necesario, había improvisado una venda utilizando precisamente aquel pañuelo.

"Puedes devolvérmelo cuando quieras."

Nunca llegó a hacerlo. Él tampoco volvió a pedirlo.

Margaret cerró lentamente los ojos. Y el recuerdo terminó de desplegarse.

Ocho años antes. El verano parecía no tener fin.

Arthur Hawthorne acababa de cumplir veintidós años.

Había heredado de su madre unos rasgos sorprendentemente armónicos que llamaban la atención sin necesidad de resultar excesivamente perfectos.

Su cabello negro conservaba siempre cierto desorden que ninguna disciplina conseguía dominar completamente.

Sus ojos, de un azul oscuro poco habitual, poseían esa rara capacidad de transmitir serenidad incluso cuando permanecía en silencio.

Alto, atlético gracias a las largas jornadas a caballo por las propiedades familiares, evitaba sin embargo cualquier actitud arrogante.

Escuchaba mucho más de lo que hablaba y cuando finalmente intervenía en una conversación lo hacía después de haber reflexionado cuidadosamente sobre cada palabra.

Margaret lo contemplaba entonces con la naturalidad propia de quien todavía ignoraba hasta qué punto podía amar.

—Has vuelto a ganar.

Arthur dejó escapar una carcajada mientras desmontaba.

—Solo porque insistes en competir conmigo.

—Eso no explica por qué siempre terminas llegando primero.

—Quizá porque te distraes observando el paisaje.

Ella fingió indignarse.

—Eso es completamente falso.

—¿Ah, no?

Arthur señaló discretamente hacia el valle.

—Llevas cinco minutos mirando las nubes.

Margaret siguió la dirección de su mano.

—Porque son preciosas.

—Exactamente.

Ella terminó riendo. Aquella era una de las cosas que más admiraba de Arthur. Nunca intentaba burlarse de su sensibilidad. Al contrario. Parecía comprenderla mejor que nadie.

Los dos jóvenes descendieron caminando hasta el lago que limitaba las propiedades de ambas familias. El agua permanecía completamente inmóvil, reflejando el cielo con tanta nitidez que resultaba difícil distinguir dónde terminaba uno y comenzaba el otro.

Arthur recogió una piedra plana. La lanzó sobre la superficie. Rebotó seis veces. Margaret lo observó con expresión desafiante.

—Eso ha sido suerte.

—Llevas diciendo lo mismo desde que teníamos doce años.

Ella buscó otra piedra. Consiguió apenas dos rebotes. Arthur sonrió.

—Creo que aún necesitas practicar.

Margaret le lanzó una mirada fingidamente severa.

—Eres insoportable.

—Solo cuando pierdes.

Volvieron a reír. No existía esfuerzo alguno entre ellos.

La conversación nacía con la misma facilidad que el agua corría entre las piedras del arroyo cercano.

Podían discutir sobre novelas, debatir acerca de política, comentar un poema o permanecer largos minutos contemplando el paisaje sin sentir la obligación de llenar el silencio.

Esa era precisamente la clase de intimidad que ninguno de los dos había sabido nombrar todavía.

Aquella tarde caminaron hasta el jardín de las camelias. Lady Eleanor los esperaba podando cuidadosamente algunas ramas secas.

—Llegáis tarde.

Arthur hizo una elegante inclinación.

—La culpa ha sido del caballo de Margaret.

Ella abrió mucho los ojos.

—¡Eso es absolutamente falso!

Lady Eleanor observó alternativamente a ambos antes de sonreír.

—Nunca he conocido dos personas capaces de discutir tanto estando siempre de acuerdo.

Arthur y Margaret intercambiaron una mirada.

Después comenzaron a reír otra vez. Lady Eleanor contempló la escena con un brillo casi imperceptible en los ojos.

Había sido una mujer de extraordinaria inteligencia emocional.

Percibía sentimientos allí donde otros únicamente observaban gestos cotidianos.

Desde hacía meses comprendía perfectamente que entre aquellos dos jóvenes estaba naciendo algo mucho más profundo que una amistad.

Nunca intentó acelerarlo. El amor verdadero no necesitaba ayuda. Solo tiempo.

Mientras Arthur ayudaba a recoger las ramas podadas, Lady Eleanor tomó discretamente del brazo a su hija.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Eres feliz cuando estás con él?

Margaret respondió sin pensar.

—Mucho.

—Entonces procura recordar siempre esa sensación.

La joven la observó sin comprender.

—¿Por qué me dice eso?

Lady Eleanor acarició suavemente su mejilla.

—Porque la vida tiene la costumbre de complicar aquello que parece sencillo.

Aquellas palabras adquirirían un significado devastador apenas unos meses después. Porque el destino, indiferente a la felicidad de los hombres, ya había comenzado a mover silenciosamente las piezas que terminarían separándolos.

Muy lejos de Rosewood, en un elegante despacho londinense, dos familias discutían acuerdos económicos, herencias y futuros matrimonios sin sospechar que aquellas conversaciones, aparentemente ajenas al pequeño mundo construido entre camelias blancas, estaban a punto de interrumpir el primer gran amor de Margaret Ashford y Arthur Hawthorne, un amor que ninguno de los dos había tenido aún el valor de confesar con palabras, convencidos de que disponían de todo el tiempo del mundo para hacerlo.

El tiempo, sin embargo, comenzaba ya a demostrarles que era el bien más frágil y menos generoso que una vida podía ofrecer.