El jardín de las camelias blancas Capítulo 2. El jardín que permanece intacto
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Capítulo 2. El jardín que permanece intacto

La primera noche en Rosewood Manor transcurrió bajo un silencio que Margaret recordaba con una precisión casi física.

No era la ausencia absoluta de sonidos, sino una armonía discreta compuesta por el leve crujido de las vigas centenarias que respondían a los cambios de temperatura, el murmullo distante del viento deslizándose entre los cedros que rodeaban la mansión y el acompasado tic-tac del gran reloj del corredor, cuya regularidad parecía marcar no solo el paso de las horas, sino también la persistencia obstinada de un pasado que se negaba a desaparecer.

Acostada en la habitación que había ocupado desde la infancia, permaneció largo tiempo contemplando el dosel de la cama, incapaz de conciliar el sueño.

Las cortinas de damasco color marfil se mecían apenas con la brisa que entraba por la ventana entreabierta, llevando consigo el perfume húmedo de la tierra recién regada por el rocío nocturno.

Aquel aroma despertaba recuerdos que había intentado mantener encerrados durante años, como si bastara alejarse de Rosewood para impedir que el corazón conservara intactas ciertas imágenes.

Sin embargo, comprendía ahora que la memoria posee raíces mucho más profundas que la voluntad y que algunos lugares continúan habitándonos incluso cuando creemos haber conseguido abandonarlos.

Al amanecer, antes de que el resto de la casa comenzara su actividad cotidiana, Margaret abandonó discretamente su habitación.

Vestía un sencillo traje de paseo de lana azul grisácea que resaltaba la delicadeza natural de su figura sin llamar innecesariamente la atención.

Llevaba el cabello recogido con menos formalidad que la víspera, dejando que algunos mechones suavizaran las líneas de su rostro, todavía marcado por el cansancio del viaje.

Descendió la gran escalera principal mientras los primeros rayos de sol atravesaban los vitrales del descansillo superior, proyectando manchas de color sobre el mármol del vestíbulo.

La casa despertaba lentamente. Una doncella transportaba ropa recién planchada hacia los dormitorios, un criado encendía discretamente la chimenea del salón azul pese a la suavidad de la mañana y, desde las cocinas, llegaban los aromas familiares del pan recién horneado, del café y de las mermeladas preparadas con las frutas de la finca.

La señora Whitmore apareció casi sin hacer ruido, como si hubiese adivinado el recorrido de Margaret incluso antes de verla.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días, señora Whitmore. Espero no haber alterado la rutina de la casa.

La anciana sonrió con aquella mezcla de afecto y autoridad que la caracterizaba.

—La rutina lleva muchos años esperando que alguien vuelva a romperla.

Margaret respondió con una sonrisa tenue.

—¿Mi padre ya ha despertado?

—Hace una hora. Como siempre. Está revisando las cuentas con el señor Fletcher.

El nombre despertó un recuerdo.

—¿Samuel Fletcher continúa siendo el administrador?

—Jamás aceptó marcharse. Dice que mientras pueda sostener una pluma seguirá ocupándose de Rosewood.

Margaret asintió. Samuel Fletcher había sido durante décadas la mano derecha de Lord Ashford.

Hombre meticuloso hasta el extremo, de complexión robusta y frente permanentemente surcada por líneas de concentración, representaba esa clase de individuos cuya inteligencia práctica sostenía silenciosamente el funcionamiento de grandes propiedades sin reclamar jamás reconocimiento alguno.

Había enseñado a Margaret, cuando apenas era una niña, a interpretar los mapas de la finca, a distinguir las distintas variedades de robles y a comprender que una hacienda no se mantenía únicamente mediante títulos nobiliarios, sino gracias al esfuerzo cotidiano de decenas de personas cuyo trabajo rara vez aparecía mencionado en los retratos familiares.

—¿Desea desayunar primero?

Margaret negó suavemente con la cabeza.

—Hay un lugar que necesito ver.

La señora Whitmore sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después respondió con voz casi imperceptible.

—Lo imaginaba.

Las puertas acristaladas del salón oriental se abrieron con suavidad, permitiendo que Margaret saliera a la terraza principal.

Una fina capa de rocío cubría todavía la piedra clara del pavimento.

Desde allí descendían varios escalones hacia el corazón de los jardines, concebidos más de un siglo atrás por un paisajista francés contratado por el bisabuelo de los Ashford.

La disposición de los senderos, las fuentes y los macizos florales respondía a una elegancia serena que evitaba el exceso ornamental tan frecuente en otras residencias aristocráticas.

Todo parecía buscar un equilibrio natural entre la intervención humana y la belleza espontánea del paisaje inglés.

Margaret avanzó lentamente, sin prisa alguna.

Reconocía cada sendero como quien vuelve a recorrer las habitaciones de una casa interior nunca olvidada.

A su izquierda florecían los rosales trepadores que comenzaban a cubrir las pérgolas de madera blanca; más adelante se extendía el jardín de hierbas aromáticas que su madre había cuidado personalmente durante años; un poco más allá, las glicinas descendían en largas cascadas violáceas sobre un antiguo arco de hierro forjado.

Todo conservaba una armonía casi milagrosa.

Sin embargo, sus pasos buscaban un único destino. El jardín de las camelias. Cuando dobló el último sendero, sintió que el tiempo dejaba de avanzar. Las camelias blancas seguían allí.

Los arbustos habían crecido considerablemente durante aquellos años, formando grupos compactos de un verde intenso sobre el que destacaban decenas de flores perfectamente abiertas.

Sus pétalos, de un blanco casi luminoso, parecían reflejar la luz de la mañana con una pureza que resultaba difícil describir.

No existía una sola rama abandonada, ninguna maleza competía por el terreno ni las viejas piedras que delimitaban el jardín mostraban señales de deterioro.

Todo estaba cuidado con una dedicación casi reverencial, como si alguien hubiese convertido aquel rincón en un santuario.

Margaret caminó hasta el banco de hierro donde tantas tardes había pasado leyendo junto a su madre.

Pasó lentamente la mano sobre el respaldo.

Ni siquiera la pintura parecía haberse deteriorado.

Cerró los ojos, y entonces comenzaron a regresar las voces.

Las risas infantiles. El sonido de unas tijeras de jardinería.

La voz dulce de Lady Eleanor explicándole que las camelias blancas simbolizaban un amor sincero, capaz de conservar su dignidad incluso cuando debía esperar durante años.

"Las flores no conocen la prisa, Margaret. Florecen cuando llega su estación."

Había sido una de las últimas conversaciones que compartieron antes de que la enfermedad se llevara a su madre. Una lágrima descendió lentamente por su mejilla. No intentó detenerla.

—Sabía que vendría aquí.

La voz masculina sonó a poca distancia.

Margaret abrió los ojos y volvió lentamente la cabeza.

Era Samuel Fletcher. El administrador avanzaba apoyándose en un bastón de nogal cuya empuñadura llevaba gastada por el uso.

Había superado ampliamente los sesenta años, aunque la solidez de su constitución seguía imponiendo respeto.

Su barba cuidadosamente recortada comenzaba a encanecer y unos pequeños lentes redondos descansaban sobre una nariz prominente que otorgaba a su expresión un aire permanentemente reflexivo.

—Señor Fletcher.

—Es un placer volver a verla, señorita.

—El placer es mío.

El anciano observó el jardín con una mezcla de satisfacción y melancolía.

—No ha cambiado demasiado.

—Eso estaba pensando.

Él sonrió apenas.

—Porque nadie permitió que cambiara.

Margaret desvió nuevamente la vista hacia las camelias.

—Wilkins dijo algo parecido ayer.

Samuel permaneció unos segundos en silencio antes de responder.

—Hubo quien quiso rediseñar esta parte del jardín después de la muerte de Lady Eleanor. Algunos arquitectos propusieron ampliar la rosaleda y construir una nueva fuente.

—¿Mi padre se negó?

Samuel negó lentamente.

—No fue él.

Margaret lo miró con extrañeza.

—Entonces...

El administrador acarició distraídamente el bastón.

—Lord Ashford estaba dispuesto a aceptar las reformas. Pensaba que eliminar aquel rincón ayudaría a cerrar ciertas heridas.

Hizo una breve pausa.

—Pero alguien vino personalmente a impedírselo.

El corazón de Margaret comenzó a acelerarse.

—¿Quién?

Samuel sostuvo su mirada.

—Arthur Hawthorne.

El nombre volvió a instalarse entre ambos con la misma fuerza que la víspera.

—Recuerdo perfectamente aquella conversación —prosiguió Samuel con voz pausada—. Tenía poco más de veinte años. Se presentó aquí una mañana de otoño y pidió hablar con su padre. Permanecieron casi una hora encerrados en el despacho.

—¿Y qué ocurrió?

—Cuando Lord Ashford salió, canceló inmediatamente todas las obras.

Margaret apenas podía respirar.

—¿Qué le dijo Arthur?

Samuel sonrió con cierta tristeza.

—Eso nunca lo supe. Solo escuché una frase cuando abandonaba el despacho.

—¿Cuál?

El anciano levantó lentamente la vista hacia las camelias.

—Hay lugares que no pertenecen a quienes los poseen, sino a quienes han amado en ellos.

Margaret permaneció inmóvil.

Aquellas palabras parecían propias del muchacho que había conocido años atrás.

Del joven que era capaz de pasar una tarde entera leyendo poesía bajo un árbol mientras discutía con apasionamiento sobre el significado de una sola estrofa.

Del hombre que siempre encontraba belleza donde otros únicamente veían utilidad.

Samuel observó discretamente el efecto que sus palabras habían producido.

—Nunca volvió a mencionar el asunto.

—Comprendo.

—Pero desde entonces...

Señaló las camelias.

—Cada primavera alguien envía nuevos jardineros para ayudar en el mantenimiento de este lugar.

Margaret frunció ligeramente el ceño.

—Pensaba que eran trabajadores de la finca.

—No.

—Entonces ¿quién paga ese trabajo?

Samuel sonrió con prudencia.

—Jamás recibimos una respuesta oficial.

—Pero usted la conoce.

—Las cuentas llegan siempre desde la misma propiedad.

Margaret no necesitó escuchar el nombre.

Ya lo había comprendido. Bajó lentamente la mirada hacia las flores.

Sintió cómo el mundo que había construido durante ocho años comenzaba a resquebrajarse.

Si Arthur había decidido casarse con otra mujer, ¿por qué conservar con tanto cuidado el único lugar donde había nacido el afecto entre ambos?

¿Por qué impedir que desapareciera? ¿Por qué seguir pagando discretamente su mantenimiento sin reclamar reconocimiento alguno? Ninguna explicación parecía suficiente.

El sonido de unas voces infantiles interrumpió sus pensamientos.

Dos niños atravesaban el sendero persiguiéndose entre los arbustos con la despreocupación propia de quienes todavía desconocen el peso de las tragedias adultas.

Detrás de ellos apareció una joven institutriz que intentaba alcanzarlos sin demasiado éxito.

—¡Edward! ¡Clara! ¡No corráis!

Los pequeños se detuvieron al descubrir la presencia de Margaret. La niña hizo una reverencia torpe. El muchacho, de apenas diez años, permaneció observándola con abierta curiosidad.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días.

La institutriz llegó finalmente hasta ellos, algo avergonzada. Era una mujer joven, de cabello rubio recogido con sencillez y expresión inteligente. Sus ojos color miel transmitían una paciencia poco común.

—Le ruego que disculpe la interrupción. Soy Emily Carter.

—Encantada.

—Me ocupo de la educación de los hijos del señor Bradley, el capataz principal. Lord Ashford nos permite utilizar los jardines durante las lecciones de botánica.

Margaret sonrió.

—Mi madre hacía exactamente lo mismo conmigo.

Emily pareció alegrarse.

—Entonces comprenderá por qué insisto tanto en que aprendan los nombres de las flores antes que los de los reyes.

Samuel dejó escapar una discreta carcajada.

—Lady Eleanor habría aprobado ese método.

Mientras los niños comenzaban a observar las camelias con renovado interés, Margaret los contempló en silencio. Quizá la vida nunca regresaba exactamente al punto donde se había detenido, pero encontraba maneras inesperadas de continuar.

Y mientras el sol ascendía lentamente sobre Rosewood Manor, iluminando los pétalos blancos que parecían resistirse al paso de los años, una certeza comenzó a instalarse, todavía tímida, en el corazón de Margaret: aquel jardín no había permanecido intacto por casualidad.

Alguien había luchado para conservarlo, como si supiera que, algún día, ella volvería a recorrer aquellos senderos y descubriría que ciertos sentimientos podían permanecer vivos mucho después de que el mundo entero los hubiese dado por desaparecidos.