El jardín de las camelias blancas
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Capítulo 1. El regreso a Rosewood Manor
El tren redujo su velocidad con un largo silbido que se perdió entre la bruma de la mañana, como si el propio paisaje hubiese decidido responder con un suspiro contenido al regreso de una mujer que llevaba demasiado tiempo lejos de aquel rincón del sur de Inglaterra.
La humedad envolvía los campos con una delicadeza casi sobrenatural; las colinas aparecían y desaparecían bajo velos de niebla, los robles centenarios se alzaban como guardianes silenciosos de una memoria que nunca terminaba de extinguirse y los pequeños muros de piedra, cubiertos de musgo, parecían conservar intactos los ecos de conversaciones mantenidas décadas atrás.
Margaret Ashford observaba el paisaje desde la ventanilla sin apenas parpadear.
Había imaginado aquel momento innumerables veces durante los últimos ocho años, pero la realidad poseía una intensidad que ninguna evocación podía igualar.
No era únicamente el regreso a una casa familiar.
Era el regreso al lugar donde había dejado una parte de sí misma, donde los días felices se habían mezclado con las primeras heridas del corazón, donde la inocencia había terminado de manera tan abrupta que aún le costaba recordar aquellos acontecimientos sin sentir una punzada de melancolía.
Tenía veintisiete años, aunque la serenidad de su expresión hacía pensar en alguien que hubiese vivido bastante más.
Su figura era esbelta y elegante, moldeada menos por la vanidad que por la educación refinada propia de una dama victoriana.
Su cabello castaño oscuro, recogido bajo un sombrero de viaje adornado con discretas cintas color marfil, dejaba escapar algunos mechones que la humedad rizaba suavemente alrededor de las sienes.
Sus ojos grises constituían el rasgo más llamativo de su rostro, no porque fueran especialmente grandes ni extraordinariamente claros, sino porque poseían una profundidad melancólica que parecía absorber cuanto contemplaban.
En ellos convivían una inteligencia observadora, una sensibilidad cuidadosamente ocultada y una fortaleza nacida del sufrimiento más que del carácter.
Durante los años pasados en Bath junto a una tía materna había aprendido a dominar las emociones hasta convertirlas en una segunda naturaleza.
Sin embargo, mientras el tren atravesaba los últimos kilómetros antes de la estación de Rosebridge, aquella disciplina interior comenzaba a resquebrajarse.
Cuando el convoy terminó por detenerse, un empleado abrió la puerta del compartimento con impecable cortesía.
—Hemos llegado a Rosebridge, señorita.
—Gracias.
Su voz conservaba una suavidad pausada que invitaba a escucharla con atención.
Descendió al andén con movimientos tranquilos mientras uno de los mozos retiraba su equipaje.
El aire frío acarició inmediatamente su rostro, trayendo consigo el perfume inconfundible de la tierra húmeda, del carbón consumido y de la hierba recién mojada por la lluvia nocturna.
Entre los escasos viajeros distinguió enseguida una figura conocida.
—¡Señorita Margaret!
El anciano levantó el sombrero con visible emoción antes de acercarse cuanto le permitían sus piernas envejecidas.
—Señor Wilkins...
La sonrisa que apareció en el rostro de Margaret fue completamente distinta de cualquier otra que hubiese mostrado durante el viaje. Era una sonrisa nacida del afecto verdadero.
Thomas Wilkins llevaba más de cuarenta años sirviendo a la familia Ashford.
Había comenzado siendo un muchacho de cuadras bajo las órdenes del abuelo de Margaret y con el paso del tiempo se había convertido en cochero, administrador ocasional y finalmente en una especie de miembro silencioso de la familia.
Su cabello completamente blanco contrastaba con unas cejas aún espesas; la piel curtida por el viento mostraba cientos de pequeñas arrugas que convergían alrededor de unos ojos azules sorprendentemente vivos.
Conservaba la espalda más recta de lo esperable para un hombre cercano a los setenta años y hablaba con esa mezcla de respeto y cercanía que únicamente proporciona toda una vida de lealtad.
—Permítame verla bien... —dijo apartándose apenas un paso—. La pequeña señorita Margaret ha desaparecido.
Ella dejó escapar una leve risa.
—Eso suele ocurrir con el paso de los años.
—No para todos. Algunos seguimos viéndola correr por los jardines con las rodillas llenas de barro y un libro bajo el brazo.
Aquellas palabras despertaron un recuerdo tan vívido que Margaret casi pudo escuchar las carcajadas infantiles mezclándose con el viento.
—Me alegra comprobar que aún conserva su memoria.
—Y usted sigue teniendo exactamente la misma mirada.
Ella desvió los ojos.
—Eso no sé si es un cumplido.
Wilkins comprendió inmediatamente que existían asuntos sobre los cuales era preferible guardar silencio. Con extraordinaria discreción hizo una señal al mozo para hacerse cargo del equipaje.
—El carruaje nos espera. Su padre desea verla antes del almuerzo.
Margaret asintió.
La carretera serpenteaba entre bosques de hayas y fresnos cuya copa formaba auténticos túneles vegetales.
El traqueteo del carruaje resultaba casi hipnótico.
Cada curva despertaba un recuerdo diferente.
Allí estaba el viejo molino donde había aprendido a montar a caballo.
Más adelante aparecía el puente de piedra desde el que ella y su hermano Edward arrojaban pequeñas ramas para ver cuál llegaba primero al río.
Luego el camino ascendía suavemente hasta una colina desde cuya cima podía contemplarse el valle entero. Y finalmente apareció Rosewood Manor.
La mansión emergía entre inmensos cedros como una construcción salida de otro siglo.
Levantada con piedra gris cubierta parcialmente por hiedra, poseía altas chimeneas, ventanales ojivales y numerosas torres de distinta altura que rompían elegantemente la silueta del edificio.
Las lluvias habían oscurecido algunos muros, mientras las enredaderas ascendían hasta los balcones superiores formando una compleja red vegetal que parecía abrazar toda la fachada.
Pero no fue la casa lo primero que llamó la atención de Margaret. Fue el jardín. Incluso desde aquella distancia podía distinguir las largas avenidas de boj perfectamente recortado, las pérgolas cubiertas por rosales y, algo más allá, la pequeña extensión blanca donde crecían las camelias.
Sintió un estremecimiento imposible de controlar. Durante ocho años había intentado convencerse de que todo aquello pertenecía al pasado, sin embargo, el jardín seguía allí. Esperándola, como si el tiempo hubiese decidido detenerse precisamente en aquel lugar.
—Nunca permitieron que lo modificaran —comentó Wilkins con aparente naturalidad mientras guiaba los caballos.
Margaret volvió lentamente la cabeza.
—¿Quién tomó esa decisión?
El anciano tardó unos segundos en responder.
—Nadie se atrevió.
Aquella sencilla frase quedó suspendida entre ambos. No era necesario preguntar más.
Rosewood Manor estaba lleno de silencios cuya explicación conocían todos los habitantes de la propiedad.
El carruaje atravesó la gran verja de hierro forjado decorada con el escudo de los Ashford y recorrió la avenida principal bordeada de tilos centenarios. Los criados comenzaron a aparecer en la escalinata incluso antes de que el vehículo terminara de detenerse.
La señora Agnes Whitmore descendió los escalones con una rapidez impropia de su carácter habitualmente contenido.
Era el ama de llaves desde hacía casi treinta años.
Alta, delgada hasta la severidad, vestía siempre impecables trajes negros con cuello de encaje blanco y llevaba el cabello plateado recogido en un moño perfecto.
Su rostro anguloso inspiraba disciplina, pero quienes la conocían sabían que bajo aquella apariencia estricta existía un corazón extraordinariamente generoso.
—Bienvenida a casa, señorita Margaret.
La mujer tomó sus manos entre las suyas durante apenas un instante, suficiente para transmitir un afecto que el protocolo impedía exteriorizar con mayor libertad.
—Gracias, señora Whitmore.
—Ha pasado demasiado tiempo.
—Sí.
—La casa lo ha notado.
Margaret levantó ligeramente las cejas.
—¿Las casas también echan de menos?
La anciana sonrió con una ternura casi maternal.
—Las personas que viven dentro de ellas sí.
Mientras varios criados transportaban el equipaje hacia el interior, Margaret atravesó el inmenso vestíbulo.
El aroma de la cera sobre la madera noble seguía siendo exactamente el mismo.
Los retratos familiares continuaban ocupando las paredes revestidas de paneles de roble.
El gran reloj francés seguía marcando las horas con idéntica solemnidad.
Incluso el leve crujido del suelo bajo sus pasos permanecía inalterable.
La memoria no regresaba mediante imágenes aisladas. Regresaba a través de los sentidos. Cada olor. Cada sonido. Cada textura. Todo conspiraba para reconstruir una vida que nunca había terminado de desaparecer.
—Su padre está en la biblioteca.
Margaret respiró profundamente antes de dirigirse hacia la estancia.
Lord Richard Ashford permanecía junto a la ventana, contemplando los jardines con las manos cruzadas detrás de la espalda.
Conservaba una estatura imponente pese a que los años habían comenzado a inclinar ligeramente sus hombros.
Su cabello, antaño completamente negro, aparecía ahora recorrido por amplias franjas plateadas.
El rostro, de facciones nobles y severas, mostraba la clase de cansancio que ningún descanso consigue aliviar.
Al escuchar la puerta volvió lentamente la cabeza. Durante varios segundos ninguno de los dos habló. Padre e hija permanecieron simplemente observándose. Margaret descubrió con dolor cuánto había envejecido.
Richard comprendió, al mismo tiempo, cuánto había cambiado la muchacha que había despedido años atrás.
—Has llegado.
—Sí, padre.
El hombre dio un paso al frente. No era un hombre acostumbrado a las demostraciones afectuosas. Había sido educado para considerar la contención emocional como una virtud aristocrática. Sin embargo, aquella mañana dejó a un lado toda rigidez y abrazó brevemente a su hija.
—Bienvenida a casa.
Margaret cerró los ojos apenas un instante. Había esperado aquel abrazo desde hacía demasiado tiempo. Cuando finalmente se separaron, Lord Ashford la contempló con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Tu madre estaría muy feliz de verte.
Ella levantó automáticamente la vista hacia el retrato situado sobre la chimenea.
Lady Eleanor Ashford aparecía representada sosteniendo precisamente una camelia blanca entre las manos. Conservaba aquella expresión serena que Margaret recordaba desde la infancia, una belleza delicada que parecía iluminada desde el interior y unos ojos extraordinariamente parecidos a los suyos.
—La echo de menos cada día.
—Yo también.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. No era un silencio incómodo. Era el lenguaje de quienes habían perdido demasiado. Richard indicó uno de los sillones.
—Siéntate. Tenemos muchas cosas de las que hablar.
Margaret obedeció mientras una criada servía discretamente el té.
Durante varios minutos conversaron sobre Bath, sobre la salud de la tía Beatrice, sobre antiguos conocidos y sobre asuntos administrativos de la finca.
Poco a poco la conversación adquirió una naturalidad que parecía imposible apenas unos minutos antes, sin embargo, Margaret percibía que su padre evitaba deliberadamente cierto tema. Finalmente decidió preguntarlo ella.
—¿Cómo está el pueblo?
—Ha prosperado.
—¿Y las familias de siempre?
—Casi todas permanecen.
Hubo una brevísima pausa.
—¿Los Hawthorne también?
Lord Ashford dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Sí.
La respuesta fue tan escueta que confirmó inmediatamente las sospechas de Margaret. Su padre levantó la mirada.
—Supongo que tarde o temprano terminarías preguntando.
Ella guardó silencio. Richard caminó unos pasos hasta la ventana.
—Arthur regresó hace dos años de Londres.
El corazón de Margaret comenzó a latir con una intensidad completamente desproporcionada. A pesar de los años. A pesar de la distancia. Bastaba escuchar aquel nombre para que el pasado recuperara toda su fuerza.
Arthur Hawthorne. El joven que había llenado de risas los veranos de su adolescencia.
El muchacho que recorría con ella los senderos del bosque, que discutía sobre poesía mientras recogían camelias caídas, que prometía regresar siempre antes de que florecieran las primeras rosas. El único hombre al que había amado.
—Comprendo —consiguió decir con admirable serenidad.
—Administra las propiedades familiares desde la muerte de su padre.
Margaret permaneció inmóvil. Richard observó detenidamente a su hija. Sabía perfectamente qué estaba ocurriendo detrás de aquella expresión tranquila. La conocía demasiado bien.
—Hay algo más.
Ella levantó lentamente los ojos.
—Arthur contraerá matrimonio antes de terminar el verano.
Las palabras parecieron vaciar la habitación de todo sonido. Margaret no reaccionó inmediatamente. Ni siquiera sintió dolor.
Al principio únicamente apareció una especie de vacío inmenso, una suspensión absoluta del pensamiento. Después llegaron las emociones. Lentas. Silenciosas. Inevitables. Bajó la mirada hacia la porcelana de la taza intentando recuperar el control de sí misma.
—Me alegro por él.
Richard supo que era mentira y Margaret también lo supo, pero algunas mentiras resultaban necesarias para conservar intacta la dignidad.
Fuera, más allá de los altos ventanales de la biblioteca, el viento comenzaba a mover lentamente las ramas de los viejos cedros.
En el extremo más apartado de los jardines, casi ocultas entre la vegetación, las primeras camelias blancas del año permanecían inmóviles bajo la luz gris de la tarde, ignorantes de que el destino acababa de reunir de nuevo a dos personas cuya historia aún estaba muy lejos de haber terminado.