El jardín de las camelias blancas Capítulo 20. El último florecer de las camelias
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Capítulo 20. El último florecer de las camelias

La lluvia continuó cayendo sobre Blackstone Hall durante buena parte de la tarde, persistente pero serena, como si el cielo hubiera decidido limpiar lentamente el peso acumulado de tantos años.

Cuando Margaret abandonó la galería para regresar al gran vestíbulo, sintió que la casa respiraba de un modo distinto.

Los criados caminaban con la discreción habitual, aunque sus rostros reflejaban la preocupación que inevitablemente despertaba el estado de salud de su señor.

En los largos corredores revestidos de madera de roble el silencio ya no era el del protocolo aristocrático, sino el de quienes procuran no alterar el descanso de un enfermo.

Incluso el tic-tac de los antiguos relojes parecía amortiguado por las gruesas alfombras orientales que cubrían el suelo.

Arthur aguardaba junto a una de las ventanas que daban al jardín occidental.

Permanecía inmóvil, observando cómo las gotas resbalaban lentamente por los cristales.

La conversación mantenida con Jonathan había dejado una huella profunda en él.

Durante años había creído que la responsabilidad consistía en soportar en silencio aquello que el destino imponía.

Sin embargo, el anciano acababa de enseñarle algo muy diferente: el deber no podía edificarse sobre la renuncia permanente a la verdad.

Aceptar un sacrificio injusto quizá evitara un sufrimiento inmediato, pero terminaba sembrando heridas mucho más profundas en todos aquellos que participaban, incluso involuntariamente, de aquella mentira.

Margaret se acercó despacio. Él volvió la cabeza. Bastó una mirada para comprender que ambos necesitaban hablar sin testigos.

Salieron por una pequeña puerta lateral que conducía a una terraza cubierta desde la cual descendía un sendero hacia los jardines posteriores de Blackstone Hall.

La lluvia había disminuido hasta convertirse en una ligera llovizna que apenas humedecía el aire.

Los arbustos brillaban cubiertos de diminutas gotas, y el perfume de los lilas recién florecidos impregnaba todo el ambiente con una delicadeza casi embriagadora.

Caminaron durante varios minutos sin pronunciar palabra. No existía incomodidad. Habían llegado a un punto en que el silencio ya no escondía aquello que ninguno se atrevía a decir. Ahora era simplemente una forma de acompañarse. Fue Arthur quien habló primero.

—He pensado muchas veces en este momento.

Margaret sonrió ligeramente.

—Yo también.

Él apartó una rama cargada de agua para permitirle continuar por el sendero.

—Siempre imaginaba conversaciones distintas. Más fáciles, o quizá más difíciles. Nunca imaginé que llegaríamos hasta aquí después de descubrir tantas cosas.

Margaret respiró profundamente.

—Ni yo.

Se detuvo unos instantes para contemplar un pequeño estanque rodeado de iris azules.

—Cuando regresé a Rosewood creía que venía únicamente a despedirme del pasado.

Lo miró con una serenidad nacida del largo sufrimiento.

—Ahora comprendo que nunca llegué realmente a marcharme.

Arthur permaneció observándola. El tiempo había transformado a aquella muchacha impulsiva en una mujer cuya fortaleza no necesitaba demostraciones.

Había aprendido a sufrir sin endurecerse.

A desconfiar sin perder la capacidad de creer.

A llorar sin permitir que la tristeza gobernara su carácter.

Aquellas cualidades despertaban en él una admiración incluso más profunda que el amor juvenil del que ambos habían vivido tantos años.

Mientras continuaban caminando llegaron a una pequeña glorieta construida con hierro forjado, completamente cubierta por rosales trepadores. En el centro había un banco de piedra orientado hacia un amplio parterre.

Margaret se detuvo de improviso. Frente a ellos crecían varias camelias. Arthur frunció ligeramente el ceño.

—No sabía que Jonathan también las cultivaba.

Margaret se acercó lentamente. Las flores eran blancas. Extraordinariamente blancas.

El contraste con las hojas oscuras hacía que parecieran suspendidas sobre el follaje como pequeñas lámparas de porcelana.

Una discreta placa de bronce situada junto al primer arbusto llamó su atención. Se inclinó para leerla.

"Plantadas por Emily Beaumont en la primavera de 1864."

Margaret sonrió con emoción.

—Charlotte nunca me habló de este lugar.

Arthur contempló el pequeño jardín.

—Muy poca gente lo conoce.

Jonathan lo construyó para su esposa. Se acercó también a la placa.

—Emily adoraba las camelias. Decía que ninguna otra flor sabía conservar tanta elegancia incluso cuando comenzaba a marchitarse.

Margaret pasó delicadamente la yema de los dedos sobre uno de los pétalos. Estaba frío por la lluvia, pero conservaba una belleza intacta.

En aquel mismo instante escucharon pasos acercándose por el sendero. Se volvieron.

Charlotte avanzaba lentamente hacia ellos. Llevaba un chal gris claro sobre los hombros y sostenía un pequeño paraguas negro que apenas utilizaba para protegerse. Parecía caminar sin rumbo fijo hasta que los había descubierto en la glorieta. Al llegar sonrió con naturalidad.

—Imaginaba que estaríais aquí.

Arthur la miró con cierta sorpresa.

—¿Cómo lo sabías?

Charlotte dirigió una breve mirada hacia las camelias.

—Porque cuando uno necesita ordenar sus pensamientos siempre termina buscando un jardín. Mi madre hacía exactamente lo mismo. Jonathan también. Y, según tengo entendido, Lady Eleanor no era muy diferente.

Margaret dejó escapar una leve sonrisa.

—Es cierto.

Charlotte contempló las flores durante algunos segundos. Después habló con una tranquilidad admirable.

—Hay algo que aún no os he contado.

Arthur intercambió una rápida mirada con Margaret.

—¿Qué ocurre?

Charlotte apoyó suavemente una mano sobre uno de los arbustos.

—Hace tres semanas recibí una carta.

Arthur frunció ligeramente el ceño.

—¿De quién?

Ella tardó unos instantes en responder.

—De tu madre.

Arthur quedó completamente inmóvil.

—Eso es imposible.

Charlotte sonrió con enorme dulzura.

—Naturalmente. Quise decir una carta que ella escribió hace muchos años y que Jonathan encontró hace apenas unas semanas entre los papeles de Emily.

Margaret sintió un escalofrío. Otra carta. Otra voz llegada desde el pasado. Charlotte continuó.

—Tu madre y la mía mantenían correspondencia cuando eran jóvenes. Yo no lo sabía. Nadie me lo había contado. En una de aquellas cartas, escrita poco después de vuestro compromiso, tu madre hablaba de ti.

Arthur escuchaba con atención absoluta. Charlotte bajó lentamente la vista.

—Decía algo que jamás he conseguido olvidar.

Sacó cuidadosamente un pequeño papel doblado del bolsillo del chal. Lo abrió. No necesitó leerlo. Conocía aquellas palabras de memoria.

"Si algún día mi hijo ama a una mujer con la misma honestidad con la que su padre me amó a mí, no permitas nunca que confunda el sacrificio con la virtud.

Los hombres educados para soportarlo todo terminan creyendo que también deben soportar la infelicidad, y ninguna madre desea semejante destino para su hijo. "

Arthur permaneció completamente inmóvil. Aquellas líneas parecían pronunciadas directamente para él. Charlotte dobló nuevamente el papel.

—Comprendí entonces que estaba intentando construir mi felicidad sobre la renuncia de otra persona y decidí que no podía hacerlo.

El viento agitó suavemente las ramas de las camelias. Varios pétalos comenzaron a desprenderse lentamente. No caían de golpe. Descendían describiendo pequeños círculos sobre el aire húmedo hasta depositarse con delicadeza sobre la hierba. Charlotte observó aquel lento florecer invertido.

—Mi madre decía que las camelias enseñan una lección muy extraña.

Margaret volvió la cabeza.

—¿Cuál?

Charlotte sonrió.

—Que incluso la flor más hermosa debe aprender el momento exacto en que ha de desprenderse del árbol. Porque solo entonces deja espacio para que nazcan las siguientes.

Arthur comprendió el verdadero sentido de aquellas palabras. Charlotte no hablaba de flores. Hablaba de sí misma y de la despedida que acababa de ofrecerles.

En ese instante un criado apareció al final del sendero. Caminaba deprisa, aunque procurando conservar la compostura. Al llegar hizo una profunda inclinación.

—Señorita Charlotte...

Ella volvió inmediatamente la cabeza.

—¿Qué sucede?

El criado tragó saliva antes de responder.

—El señor Beaumont acaba de despertar.

Charlotte respiró aliviada.

—¿Y?

El hombre bajó lentamente la mirada.

—Ha pedido que reúnan inmediatamente a toda la familia.

Hubo un breve silencio. Después añadió con una voz cargada de emoción contenida:

—Dice que las camelias del jardín acaban de abrir su última flor... y que sabe que no volverá a verlas florecer otra primavera.