El jardín de la calle F CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Pero en ese momento nadie sabe todavía que van a tardar veinticuatro días, una de las deliberaciones más largas de la historia judicial de California.

Por ahora son doce personas que cruzan una puerta que se cierra desde dentro.

Los días pasan.

El segundo lunes, Cabrera llama a media mañana con una voz que Judith identifica antes de que diga nada: la de alguien que está leyendo algo mientras habla.

—El jurado ha enviado una nota al juez. —Cabrera carraspea—. Estamos bloqueados en los nueve cargos. Solicitamos instrucciones adicionales .

Judith no se mueve, con el auricular en la mano. En la pared de su despacho, el mapa ya no tiene ninguna chincheta en la calle F, solo un agujero pequeño en el papel.

Bloqueados en los nueve cargos. No seis, no tres: los nueve. Doce personas llevan dos semanas encerradas con un hecho que nadie parece haber podido aclarar: ningún testigo vio a Dorothea Puente matar a los ancianos. Clymo ha pasado meses cultivando esa duda.

El jueves de la segunda semana, se produce otra llamada.

Esta vez es Cabrera con algo distinto en la voz, algo que se parece a la esperanza pero que Judith prefiere no llamar así hasta que haya motivo.

—El presidente del jurado ha enviado un mensaje esta mañana. Dice que hay progreso. Que están avanzando. —Se oye pasar un papel—. Pero esta tarde uno de los jurados se ha puesto enfermo con gripe. Los han tenido que mandar a casa hasta mañana.

Durante unos segundos solo se oye a Cabrera pasar una hoja, y luego otra. Un hombre con fiebre, en algún lugar de Monterey, acaba de detener el juicio el único día en que algo se movía.

—Mañana seguirán —dice Judith, porque alguien tiene que decir algo.

—Sí —responde Cabrera—. Eso espero.

Ninguno de los dos cree que eso resuelva nada, pero tampoco hay nada más que decir.

Lo que ocurre dentro de esa sala de deliberaciones Judith no lo sabrá hasta semanas después, cuando algunos jurados empiecen a hablar con los periodistas.

Lo que se sabe entonces es esto: que once de los doce están convencidos.

Que hay un solo hombre que no cede. Que los ánimos suben durante días hasta que en algún momento de la tercera semana alguien da un puñetazo sobre la mesa y casi llega a las manos con ese hombre, y que el presidente del jurado tiene que intervenir para que la sala no acabe en una batalla campal.

Once contra uno.

En el día veinticuatro de deliberaciones, el hombre cede. No explica por qué acepta votar culpable solo en tres de los nueve cargos y en ninguno más. El presidente del jurado recordará después que simplemente dijo: Es todo lo que voy a dar .

Suena el teléfono un jueves a las tres y cuarto de la tarde. Es Cabrera, y esta vez no está leyendo nada: hay veredicto, y el juez lo hará público a la mañana siguiente, a las nueve.

La sala está llena cuando el secretario se levanta con el sobre.

Hace semanas que las mismas caras ocupan las mismas sillas, y se les nota: una periodista que ya no apunta nada y solo dobla y desdobla la esquina de su libreta, un hombre con la corbata aflojada y los ojos cerrados, termos vacíos en el suelo, bostezos que se esconden detrás de la mano.

Han aguantado periciales, objeciones y alegatos.

Pero cuando el secretario levanta el sobre, las espaldas se enderezan a la vez.

Judith está en el cuarto banco por la izquierda. Cabrera está de pie junto a la pared del fondo. Dorothea está en la mesa de la defensa con las manos cruzadas sobre la madera y la espalda recta, igual que el primer día de juicio hace seis meses. Su hija, Laura, no está.

El secretario abre el sobre y se dispone a leer.

Hay un crujido del papel; alguien que tose y se calla.

Lo que ocurre a continuación dura menos de tres minutos.

—En cuanto al cargo de asesinato en segundo grado en la persona de Leona Carpenter: culpable.

La sala no hace ruido. El juez Virga no tiene que pedir silencio.

—En cuanto al cargo de asesinato en primer grado en la persona de Dorothy Miller: culpable.

—En cuanto al cargo de asesinato en primer grado en la persona de Benjamin Fink: culpable.

Tres. Eso es lo que hay. Tres nombres de nueve.

Después, el secretario informa de que en los seis cargos restantes el jurado no ha alcanzado la unanimidad requerida. Seis personas que vivieron en esa casa y cuyas muertes van a quedar archivadas con una etiqueta procesal que no explica nada a nadie que las haya conocido.

Y entre esos seis está Bert Montoya.

Dorothea se gira entonces, pero no hacia el juez ni hacia sus abogados: se gira hacia el público, hacia el cuarto banco por la izquierda, y mira a Judith.

Solo un segundo. Quizás menos. Pero es la primera vez en todos esos meses de juicio que Dorothea Puente la mira directamente, y Judith no sabe qué hacer con esa mirada porque no termina de descifrarla.

Después el alguacil se acerca a la mesa y Dorothea se gira de nuevo hacia adelante, y la cosa entre las dos dura lo que dura y no deja ninguna prueba de haber ocurrido.

Judith encuentra a Cabrera en el pasillo veinte minutos después.

—Bert —dice Judith, antes de que él abra la boca.

Cabrera asiente. Sabe a qué se refiere.

—¿Qué pasa ahora con los seis? —dice al fin.

—El juez declara nulo el juicio en esos cargos. La acusación retira la imputación. Seis expedientes cerrados sin condena. —Se pasa la mano por la cara—. Bert incluido.

Judith mira el suelo un momento. Después levanta la vista.

—Ella lo sabía —dice—. Eso era lo que me estaba diciendo con esa mirada.

Cabrera no pregunta de qué mirada habla.

Salen al exterior. La luz de agosto en Monterey tiene esa claridad con tonalidad sepia de las ciudades junto al mar. Cabrera se pone el abrigo aunque no hace frío.

—La sentencia es en diciembre —dice Judith.

—Lo sé. No voy a ir.

—Yo tampoco.

Y cada uno coge su coche y vuelve por su cuenta a Sacramento, donde a los dos les esperan expedientes que no son este.