EPÍLOGO
La pluma se mueve despacio sobre el papel.
Es lo primero que hace cada mañana, antes del desayuno, antes de que las otras mujeres empiecen a moverse por el pasillo con ese arrastre de zapatillas que a estas horas ya no despierta a nadie porque todas llevan aquí lo bastante para haber dejado de oírlo.
Dorothea se sienta, abre la caja de puros, vieja, con las bisagras algo oxidadas, igual que todo en este sitio.
En la tapa, en rotulador casi borrado, queda un nombre escrito con letras grandes y la vocal abierta: BERT .
Al levantarla sube un olor a tabaco rancio y a cartón húmedo.
Saca las fotografías y las ordena sobre la mesa como se ordenan los naipes antes de una partida.
El pastel de limón primero.
Siempre el pastel de limón primero.
Y entonces saca la carta.
Llegó hace tres semanas, en un sobre normal, con matasellos de Chicago y el remite de alguien llamado Shane Bugbee que se presentaba como editor y escritor y que había leído sobre ella —sobre su caso, escribía, pero Dorothea sabe que los casos no se leen, se devoran— y que quería hablar con ella por teléfono, si le parecía bien, y quizás publicar un libro con sus recetas. Con su historia. Con su voz.
Dorothea leyó la carta dos veces. La dobló. La guardó debajo de la fotografía de la tarta de nueces.
Después llamó.
Llevan semanas hablando. Bugbee tiene una voz joven y una forma de hacer preguntas que Dorothea reconoce: la de quien quiere que el otro hable y sabe que la mejor manera de conseguirlo es no parecer que quiere nada.
Es un método que ella misma ha empleado muchas veces, desde el otro lado, y reconocerlo en otro le divierte y, en el fondo, le inspira algo parecido al respeto.
Le ha mandado ya dieciséis recetas. Tamales.
Pastel de zanahoria. Un guiso de lentejas que aprendió de su abuela o que dice haber aprendido de su abuela, que en esto, como en casi todo, la diferencia entre lo que ocurrió y lo que uno cuenta que ocurrió es una frontera que Dorothea lleva décadas cruzando en ambas direcciones sin detenerse a registrarse.
Precalentar el horno a ciento setenta y cinco grados. Mezclar la mantequilla con el azúcar hasta obtener una crema suave —tacha suave , escribe pálida , lo piensa un segundo, tacha pálida , vuelve a escribir suave —.
Por la ventana alta y estrecha el trozo de cielo es del mismo color de siempre, ese gris de ceniza que en California no debería ser posible pero que aquí dentro lo es, como si los muros tuvieran la capacidad de alterar el clima junto con todo lo demás.
Hace ya muchos años que Dorothea no siente el frío como lo sentía antes.
Cuando la agente de guardia pasa por delante de la celda, Dorothea no levanta la vista.
Pero ajusta levemente la postura: los hombros hacia dentro, un milímetro, el peso del cuerpo ligeramente desplazado hacia un lado, ese lado que hace que la figura parezca más pequeña de lo que es, más frágil, más de alguien que necesita que le abran una puerta o le alcancen algo de un estante alto. Ni siquiera lo decide.
La agente sigue de largo.
Dorothea vuelve a la receta.
Hay cosas que el juicio no llegó a decir, o que dijo de una manera que no era la suya, y eso es lo que le molesta más que cualquier otra cosa de los últimos años: no la condena a cadena perpetua, no el número de cargos, no los seis nombres que quedaron sin veredicto —aunque eso también—, sino que la versión que quedó registrada no es su versión.
Que otros eligieron las palabras con las que va a ser recordada y que esas palabras no tienen nada que ver con la forma en que ella vivió lo que vivió.
Ahí es donde entra el libro.
Bugbee se lo ha dicho con esa honestidad suya de hombre joven que todavía cree que la honestidad es una estrategia útil: que el libro va a generar controversia, que hay gente que va a escandalizarse, que parte del interés comercial reside precisamente en la contradicción entre una mujer mayor dando consejos de cocina y lo que esa mujer mayor hizo o no hizo o dice no haber hecho.
Dorothea escuchó todo eso y después dijo que le parecía bien, que la controversia le resultaba preferible al olvido, y que si alguien quería escandalizarse, que primero aprendiera a hacer un buen pastel de limón.
Bugbee se rió.
Dorothea no.
Lo que no le ha dicho a Bugbee, y que no tiene intención de decirle, es que el libro no es solo un libro.
Es lo mismo que siempre ha sido todo lo que ha construido con las manos y con la voz y con la ropa que ha elegido ponerse cada mañana durante cincuenta años: una versión.
La suya. La única sobre la que todavía tiene algo parecido al control.
Aquí dentro no hay tocador con tres cajones.
No hay lentillas en un estuche azul ni gafas de montura marrón elegidas por lo que añaden a una cara en lugar de por lo que corrigen en una mirada.
No hay espejo de cuerpo entero donde comprobar el ángulo antes de salir.
Lo que hay es un uniforme que es igual para todas y una cara que los años han ido haciendo sin que ella tuviera que intervenir demasiado, porque resulta que el tiempo hace solo, con suficiente paciencia, lo que ella tardó décadas en aprender a construir a mano.
Más de setenta años.
Una anciana de verdad, al fin.
Pasó la mayor parte de su vida adulta siendo más joven de lo que parecía y haciéndose pasar por más mayor.
Construyó la vejez como un oficio y la pulió hasta convertirla en su mejor herramienta.
Y ahora que la vejez ha llegado de verdad, ahora que los nudillos están pronunciados sin necesidad de trucos y que la piel ya no se tensa sola y que la espalda se encorva porque se encorva y no porque convenga, ya no sirve para nada.
No hay inquilinos. No hay vecinos. No hay agentes que desarmar con café recién hecho y galletas todavía calientes.
Solo está la agente de guardia que pasa cada hora y que, Dorothea lo sabe, ni siquiera la mira.
Los horarios, los recuentos y la puerta cerrada por fuera se aguantan. Aquí la máscara sigue puesta —sigue puesta porque no sabe quitársela, porque a estas alturas ya no está segura de que haya algo debajo que valga la pena mostrar— pero no cumple ninguna función.
Salvo el libro.
El libro tiene lectores. El libro tiene a Bugbee al otro lado del teléfono tomando notas.
El libro tiene una fotografía suya en la portada, la del pastel de limón, que Dorothea eligió ella misma de entre las opciones que le mandaron porque en esa foto tiene el aspecto que quería: una mujer mayor, con las manos trabajadas y la sonrisa de quien ha cocinado para mucha gente durante mucha vida y no lamenta ninguna de las dos cosas.
Añadir los huevos de uno en uno. Sin prisa.
Subraya sin prisa con el mismo trazo de siempre, y contempla las dos palabras antes de continuar.
La prisa le salió cara una sola vez, pero no lo olvidará nunca.
Cinco días sin que nadie la mirara y, una tarde, en un bar, una pregunta sobre lo que un hombre cobraba al mes, que podía haber esperado a otro día, bastó para que un carpintero volviera a su casa, abriera un periódico y mirara una fotografía dos veces.
Afuera, en el pasillo, alguien pronuncia un nombre.
No el suyo. Nunca es el suyo a esta hora, pero Dorothea cataloga el sonido de todas formas, igual que cataloga los pasos y las puertas y el murmullo que no se detiene nunca, porque catalogar es lo que hacen las personas que llevan en un sitio lo bastante para saber que la información, cualquier información, puede ser útil en algún momento que todavía no ha llegado.
—Puente.
La voz viene del pasillo. La misma voz de siempre, seca y sin inflexión, la de alguien que pronuncia ese apellido doce veces al día sin pensar en ninguna de las personas a las que perteneció antes.
—Recuento.
Dorothea se levanta despacio. Recoge las fotografías, las apila, las pone boca abajo.
Camina hacia la puerta con pasos cortos y medidos, los hombros levemente hacia dentro, el peso del cuerpo desplazado hacia ese lado, ese gesto que no pasa por ninguna decisión consciente y que ya nadie ve y que sigue ahí de todas formas, como sigue ahí todo lo que uno ha practicado durante mucho tiempo.
Sale al pasillo.
Sobre la mesa queda el manuscrito abierto.
La pluma, paralela al borde. La fotografía del pastel de limón asomando por debajo del montón.
Y en la esquina superior derecha de la última hoja, escritas con esa caligrafía que lleva décadas practicando, seis palabras que son el título de su libro y también, aunque ella no lo diría así, el último nombre que ha decidido darse:
Cocinando con una asesina en serie