El jardín de la calle F CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Judith hace una pausa. Ve adónde la lleva y no encuentra por dónde salirse.

—Probablemente no con la intensidad que habría sido deseable.

—Probablemente —Clymo remarca la palabra de Judith y hace otra pausa de tres segundos—. ¿Ni siquiera cuando se sabía que tenía antecedentes relacionados precisamente con el manejo de dinero de personas vulnerables?

Judith desvía la mirada hacia el jurado y se arrepiente de ello instantáneamente.

—Eso es un fallo del sistema que no tengo manera de defender.

Clymo deja reposar esa respuesta en la sala. No lo remata.

Después da un paso hacia el estrado.

—Señorita Moise, voy a hacerle la pregunta directamente.

Si el Estado hubiera vigilado de cerca a los cuidadores que trabajan con personas en esta situación, si hubiera habido mecanismos reales de control sobre quién gestiona el dinero de un anciano solo y cómo lo hace, ¿cree usted que lo que ocurrió en esa casa podría haberse evitado?

Judith no duda.

—Es posible que hubiera sido más difícil.

—Respira hondo—. Pero quiero ser precisa en algo: los mecanismos de control existen para reducir el riesgo, no para eliminar la responsabilidad de quien decide hacer daño.

El sistema puede fallar y aun así la persona que mata toma la decisión de matar.

Esas dos cosas no son incompatibles entre sí.

Clymo la mira un momento, algo molesto. Recoge sus notas, las deja otra vez sobre la mesa y no vuelve a su sitio.

—Una última pregunta, señorita Moise. —Se gira apenas hacia el estrado del jurado, lo justo para que lo que sigue no parezca dirigido a ellos—.

Usted conoce a muchos ancianos: mayores, enfermos, solos.

¿Es posible que algunos residentes de esa casa murieran de causas naturales y que la señora Puente, sabiendo que no podía tener a nadie bajo su techo, se asustara y los enterrara?

—¡Protesto, señoría! —O'Mara está de pie antes de que la pregunta termine de flotar—. Pide a la testigo que especule sobre causas de muerte. No es médica.

—Ha lugar. —El juez Virga mira a Clymo por encima de las gafas—. El jurado ignorará la pregunta.

—Retiro la pregunta, señoría. No tengo más preguntas.

Clymo vuelve a su mesa. La frase se queda en la sala sin respuesta, y ninguna instrucción del juez la va a sacar de ahí. En el estrado del jurado, el hombre de la libreta pequeña tiene el bolígrafo suspendido sobre el papel. Anota una línea, una sola, y la subraya.

Judith baja del estrado. Ya no tiene que esperar fuera, en el pasillo de los testigos, y se sienta en el cuarto banco por la izquierda, junto al pasillo, con el abrigo puesto porque la sala está fría y porque desde esa posición tiene la puerta a la vista.

La siguiente en subir al estrado es la hija de Dorothea.

Se llama Laura, aunque el apellido que figura en los documentos no es el de su madre.

Es una mujer de unos cuarenta años, perfectamente vestida, con el pelo oscuro recogido y la postura de alguien que ha practicado mucho la compostura.

Sube con pasos medidos, se sienta con una rectitud que Judith, desde el cuarto banco, anota mentalmente sin querer.

Ha viajado desde lejos para estar aquí.

Clymo se levanta con la carpeta bajo el brazo y camina hacia el estrado con una calma estudiada.

—Señora Brennan. ¿Cómo describiría usted su relación con la acusada?

Laura mide la respuesta antes de darla.

—Es mi madre biológica. Me dio en adopción cuando nací. Nos conocimos hace unos años.

Sobre la mesa de la defensa, los dedos de Dorothea aprietan el borde de la madera un segundo, y se aflojan.

—¿Tomó usted la iniciativa de buscarla?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería saber de dónde venía. —Mira sus manos—. Es algo que mucha gente adoptada entiende sin que haya que explicarlo.

—¿Cómo fue ese primer encuentro?

—Fui a verla a su casa de Sacramento con mi marido y mis hijos. Pasamos unas dos horas con ella.

—¿Qué impresión le causó?

Laura considera la pregunta con una atención que Judith, desde el banco, lee como una promesa: no decir más de lo que sabe.

—Encontré una mujer mayor que vivía y se ocupaba de personas que no tenían a nadie. Eso fue lo que vi. Su casa estaba ordenada y limpia, los ancianos parecían bien cuidados.

—¿La trató bien a usted y a su familia?

—Sí. Me pareció una mujer que sabía recibir a las visitas.

—¿Hubo algo en ese encuentro que le generara desconfianza o alarma?

—No.

—¿Algún huésped parecía incómodo o necesitado de ayuda?

—En absoluto.

Clymo asiente.

—Gracias, señora Brennan. No tengo más preguntas.

O'Mara se levanta sin papeles en la mano.

—Señora Brennan. Usted ha dicho que la acusada es su madre biológica y que la buscó usted misma. ¿Cuántos años tenía cuando la encontró?

—Treinta y tres.

—Treinta y tres años sin conocerla. —No lo dice con dureza. Lo dice como se lee una cifra en un documento—. En esas dos horas que pasaron juntas, ¿le contó ella algo sobre su vida?

—Sí. Me contó cosas de su pasado: por qué tuvo que darme en adopción, sus matrimonios, cómo había llegado a tener la residencia…

—¿Y usted le creyó?

Laura se alisa la falda.

—En ese momento, sí.

—¿Y ahora?

Laura no responde de inmediato. Es la primera grieta visible desde que se sentó.

—Hay cosas que me contó que no sé si son ciertas —dice al fin.

O'Mara no reacciona. Es la respuesta que esperaba.

—¿Le mencionó ella en algún momento que estaba cumpliendo libertad condicional por una condena anterior relacionada con el robo a personas mayores?

—No.

—¿Se enteró usted de eso por ella o por otra fuente?

—Por los periódicos. Después de su detención.

—De modo que en esas dos horas de conversación, la acusada le habló de su vida pero omitió ese detalle.

—Sí.

—¿Le habló de otras condenas anteriores?

—No.

—¿De los matrimonios bajo nombres falsos?

—No.

—¿De las restricciones judiciales que le prohibían expresamente dirigir una casa de huéspedes y gestionar dinero de personas mayores?

Laura mira a O'Mara con cansancio.

—No —dice.

O'Mara cruza las manos a la espalda.

—Señora Brennan, ¿tiene usted algún elemento, cualquiera, que le permita afirmar con certeza que la acusada no estuvo implicada en las muertes por las que está siendo juzgada?

Laura tiene la respuesta y sabe lo que va a costarle decirla.

—No —concluye Laura—. No tengo elementos para saberlo.

—Gracias —dice O'Mara—. No tengo más preguntas.

Laura desciende del estrado sin mirar a la mesa de la defensa.

Tampoco mira a Dorothea, o si lo hace es con esa brevedad tan controlada que equivale a no mirarla.

Judith observa ese no-mirar. Laura ha venido a defender a una desconocida que resulta ser su madre, ha contestado con honestidad a cada pregunta y, sin pretenderlo, ha dejado el retrato más preciso que nadie ha dado en esta sala: una mujer que en dos horas se hizo querer por alguien que llevaba treinta y tres años sin conocerla, y que en esas dos horas no le dijo una sola verdad sobre sí misma.

Dorothea, durante el resto del interrogatorio, no ha vuelto a mover un músculo.