El jardín de la calle F CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La sala del Tribunal Superior del Condado de Monterey, adonde se ha trasladado el juicio para buscar un jurado que no haya leído los periódicos, tiene las paredes revestidas de madera clara y unos ventanales altos que en otras circunstancias resultarían casi agradables, pero que a esta hora de la mañana de febrero dejan entrar una luz fría y lateral que no agrada a nadie.

Las sillas del público se llenan segundos después de que el alguacil abra las puertas.

Periodistas, curiosos, gente que ha conducido horas desde Sacramento para ver en persona lo que lleva meses leyendo en los periódicos.

Dorothea ya está en la mesa de la defensa cuando se abren las puertas.

Sentada con las manos cruzadas sobre el tablero de madera oscura, con un traje de chaqueta azul claro que le da el aspecto de alguien que acude a una reunión de la comunidad de vecinos y no a un juicio por nueve asesinatos.

El pelo gris, perfectamente peinado. Las gafas de montura marrón.

La espalda recta. El cuello quieto. No mira al público ni a la prensa.

Mira al frente, hacia el estrado vacío del juez, sin mover las manos.

A su lado, el abogado defensor Kevin Clymo ha ordenado sus archivos en tres columnas diferenciadas, y hace girar un bolígrafo entre los dedos con la regularidad de un metrónomo.

El fiscal John O'Mara está en la mesa de enfrente, con las manos planas sobre los documentos apilados, sin girarse ni una vez hacia la defensa y con un gesto de concentración que casi duele.

En el estrado del jurado hay doce sillas: una mujer con jersey de punto, un joven que mira el reloj cada pocos minutos, un hombre de unos cincuenta con una libreta pequeña en la que escribe sin levantar la vista y que no mirará a Dorothea ni una vez en toda la mañana.

El juez Virga ocupa el estrado a las nueve y cuarto.

Y empieza.

La acusación tarda casi cuatro meses en presentar su caso. Ciento treinta testigos. Más de tres mil pruebas. Veintidós mil páginas de transcripción, apiladas sobre la mesa del fiscal, que nadie en el jurado va a leer completas.

O'Mara no intenta convencer al jurado de que Dorothea es un monstruo. Le basta con que vean que lo que hizo tiene una lógica, y que cualquiera puede seguirla hasta el final.

—Ella quería personas sin familia —dice en su alegato de apertura, con voz llana—. Sin amigos. Sin nadie que cuando desaparecieran fuera a preguntar por ellos. Sus únicas posesiones eran un cheque del gobierno al mes y sus vidas. Ella se quedó con las dos cosas.

Después coge una hoja del montón y la sostiene a la altura del pecho, sin leerla, como quien enseña una fotografía.

Explica que es el informe del psiquiatra penitenciario que evaluó a la acusada durante su anterior condena, en 1985.

En la segunda página, quien lo escribió subrayó una palabra: peligrosa.

—Sorprendentemente, ese mismo año la pusieron en libertad —dice O’Mara—. Doce meses después tenía la casa de la calle F llena de ancianos.

Un periodista de la segunda fila deja de escribir.

La toxicóloga forense declara un martes.

Es una mujer de unos cuarenta y cinco años con el pelo recogido y una voz que no sube ni baja de tono durante hora y media, lo cual habla de años testificando en juicios y de haber aprendido que la modulación dramática le hace un flaco favor a la credibilidad.

Lo que dice es lo siguiente: en los cuerpos recuperados del jardín de la calle F se detectaron concentraciones de flurazepam, el principio activo del Dalmane, consistentes con administración deliberada en dosis que superan el rango terapéutico.

En Leona Carpenter, las concentraciones en tejido hepático y cerebral son compatibles con ingesta prolongada y controlada.

En Dorothy Miller, suficientemente elevadas como para haber producido incapacitación física.

—¿Y en el resto? —pregunta O'Mara.

—El estado de descomposición avanzada no permite cuantificar con exactitud —dice la toxicóloga—. Pero en todos los casos en que ha sido posible analizar tejido, hay presencia del compuesto.

En todos.

En el estrado del jurado, el hombre de la libreta pequeña levanta la vista hacia la mesa de la defensa por primera vez desde que empezó el juicio. Dorothea escucha como lo ha escuchado todo desde el primer día: quieta, presente, imposible de leer.

Judith declara una mañana de la tercera semana.

O'Mara no la llama para reconstruir la cronología, que ya está en las actas. La llama para que diga qué significa que una persona mayor, sola, sin familia, desaparezca de una residencia y el sistema no sepa durante semanas si está viva o muerta.

Le toman juramento. Se sienta. Mantiene las manos unidas bajo el borde del estrado, donde nadie las ve, y aprieta una con la otra hasta que los nudillos se le quedan blancos y el temblor de los dedos no sale de ahí.

Hay un vaso de plástico con agua que no toca, aunque tiene la garganta seca, y el micrófono le devuelve la voz un poco más fina de lo que querría.

No tiene nada que temer de las preguntas y lo sabe; aun así, la rabia de sentirse así le sube a las mejillas.

No mira la mesa de la defensa. Fija los ojos en el micrófono, en el filo de metal, y se queda ahí.

Deja el bolso en el suelo porque no ve otro lugar dónde dejarlo y no quiere tenerlo en el regazo mientras habla.

O'Mara empieza despacio.

—Señorita Moise. En su trabajo diario, ¿con qué tipo de personas trabaja?

—Con personas en situación de vulnerabilidad. Mayores, personas con discapacidad, adicciones, sin hogar… Personas que por distintas razones necesitan apoyo para gestionar aspectos básicos de su vida.

—¿Personas que dependen de otros para su cuidado?

—Sí.

—¿Qué ocurre cuando esa dependencia se produce dentro de una estructura de cuidado que falla?

Judith no mira al jurado. Mira a O'Mara, porque es a él a quien responde, pero lo que dice va dirigido a los doce.

—Lamentablemente se genera un vacío que puede tardar un tiempo en identificarse —responde Judith—.

Quiero pensar que el protocolo es lo suficientemente avanzado para ayudarnos a evitar estos casos, pero no es infalible.

El sistema está basado en la confianza en nuestros cuidadores, que han pasado por inspecciones previas.

Nosotras los consideramos parte de nuestro equipo.

—En su trabajo con el señor Montoya, ¿detectó usted algo que lo hiciera especialmente vulnerable a este tipo de situación?

—Bert era vulnerable por varias razones: tenía un grado de discapacidad y una dolencia psiquiátrica. Además carecía de familiares en este país. Estaba literalmente solo.

O'Mara espera sin preguntar.

—¿Había en esa casa otras personas en las mismas condiciones?

—Oh sí. En la residencia había muchas personas mayores, solas, sin familia cercana, con una pensión que alguien gestionaba por ellos.

Personas para las que vivir en una residencia no era una elección, sino lo que queda cuando todo lo demás ha desaparecido.

Eso es lo que los hace invisibles y esa invisibilidad facilita que algo así pueda ocurrir.

O'Mara deja pasar unos segundos antes de la siguiente pregunta.

—¿Cree entonces que es posible que un cuidador desalmado como la señora Puente identifique las debilidades del sistema para aprovecharse de estas personas vulnerables e indefensas en beneficio propio?

—¡Protesto, señoría! —exclama el abogado defensor.

El juez se gira hacia O'Mara, que levanta una mano y retira la palabra «desalmado».

Judith tarda en contestar.

—No solo es posible. Este caso demuestra que puede sostenerse durante más tiempo del deseado antes de que alguien lo detecte.

—Se aprieta las manos—. Bert Montoya tenía un expediente, un médico y una trabajadora social asignada…

yo —Se muerde el labio inferior—. Desapareció y durante semanas las tres cosas siguieron funcionando.

Es cierto que el médico alertó por la cita a la que no acudió y yo llamé a la casa donde vivía para confirmar su bienestar.

Pero nunca imaginamos que las respuestas amables que recibíamos de Dorothea escondieran algo tan siniestro.

Cuando llega el momento del contrainterrogatorio, Clymo se levanta y camina hacia el estrado sin papeles, con las manos en los bolsillos, como si fuera a charlar con ella en un pasillo.

—Señorita Moise —hace una pausa intencionada de casi tres segundos—, usted lleva años trabajando con personas mayores en situación de vulnerabilidad. ¿Cuántos casos lleva simultáneamente de media?

—Depende del período. Entre cuarenta y sesenta.

—Entre cuarenta y sesenta personas vulnerables. —Lo dice casi con comprensión—. ¿Y con qué frecuencia puede visitar a cada una de ellas en persona?

—Trimestralmente, en condiciones normales. Más si la situación lo requiere.

—Con tantos ancianos a su cargo, ¿es fácil identificar los casos que requieren ese seguimiento más estrecho?

Judith lo considera.

—No siempre. A veces las señales son difíciles de leer desde fuera. Esa es la naturaleza del trabajo.

—¿De qué tipo de señales habla?

—Un residente que parece estar bien porque hay comida en la mesa, la casa está limpia y el cuidador responde con normalidad a todas las preguntas… El malestar, cuando existe, no siempre es visible en una visita de una hora.

—¿Y si hubiera más visitas? ¿Más tiempo por caso?

—Con más recursos, sí. Podríamos hacer más.

—¿Y con más recursos, cree usted que situaciones como la de esta casa habrían sido más difíciles de sostener durante tanto tiempo sin ser detectadas?

—Probablemente sí.

Clymo asiente: es la respuesta que buscaba.

—Señorita Moise, la señora Puente atendía a personas que el sistema público no podía o no quería atender. Personas sin familia, sin red de apoyo, con necesidades que desbordan lo que una trabajadora social con sesenta casos puede cubrir. ¿Es justo decir que había un vacío, y que ella lo llenó?

—Ella llenaba un vacío, sí.

—¿Y nadie supervisaba de cerca cómo lo llenaba?