CAPÍTULO 19
Judith tiene la calefacción del coche averiada desde hace meses y ha aprendido a convivir con ello como con casi todo lo que la contraría: con el abrigo puesto y los guantes en el asiento del copiloto por si acaso.
Va a una visita de seguimiento en el lado norte de la ciudad. Conoce el trayecto de memoria, lo ha hecho decenas de veces, y por eso tarda varios segundos en darse cuenta de que ha girado mal. No se ha equivocado de calle: ha tomado una dirección que sus manos han elegido sin consultarle.
La calle F.
Judith reduce la velocidad sin haber decidido reducirla.
A ambos lados, las mismas fachadas de siempre, los mismos árboles desnudos, los mismos coches aparcados junto al bordillo.
Y entonces, en el número donde debería estar la casa de dos plantas con el porche, las sillas de mimbre y el jardín con las flores en hilera, hay una parcela vacía rodeada de una valla metálica oxidada.
Tierra plana. Un cartel del ayuntamiento con letras azules que Judith no llega a leer desde el coche pero cuyo significado entiende.
Se detiene.
Y se queda mirando la parcela desde el otro lado de la calle con el motor encendido y las manos todavía en el volante.
Donde estaban los setos hay escombro fino, del tipo que queda cuando la lluvia ha ido aplastando los restos.
Donde estaba la valla del fondo no hay nada, salvo un rosal que nadie arrancó, torcido y sin hojas.
Huele a yeso mojado. Solo el cielo gris del invierno cerrándose sobre un solar como cualquier otro.
Judith no sabe cuánto tiempo lleva sin pasar por aquí.
Bastante. Lo suficiente para que esto la sorprenda, lo cual significa más tiempo del que había calculado.
Baja del coche, busca la cabina de la esquina y marca.
John descuelga al tercer tono, con la voz ligeramente ronca de las mañanas, que en John nunca acaba de aclararse.
—Señorita Moise.
—John. ¿Cómo está?
—Las rodillas igual. El resto aguanta. —Se oye un carraspeo—. ¿Dónde está usted? Se oye tráfico.
—En una cabina. —Judith mira la parcela al otro lado de la calle—. Pasaba por la calle F.
Silencio al otro lado. Breve, pero presente.
—¿Queda algo? —dice John.
—Una valla oxidada y un cartel del ayuntamiento.
John tarda en contestar. Judith imagina la habitación donde estará sentado, la nueva residencia del condado con jardín que le buscaron después del hospital, la ventana que según él da a un patio con un pino que pierde las agujas en otoño y que al principio le pareció un árbol muy triste, pero con el que se ha encariñado y que ahora ya no le parece tan triste.
—Mejor así —dice John al fin.
—Sí.
—¿Y usted cómo está?
Es una pregunta que Judith no esperaba, o que esperaba menos que otras, porque John Sharp no es de los que preguntan cómo estás sin querer saber la respuesta, y eso obliga a pensar la respuesta de verdad antes de darla.
—Bien —dice—. Ocupada. Siempre hay expedientes nuevos.
—¿Alguien como Bert?
Judith duda.
—No exactamente como Bert. Pero sí. Gente que necesita que alguien pregunte por ellos.
—Bien —dice John—. Eso está bien. A Bert le gustaría saber que usted sigue siendo usted.
Por la calle F circula un coche a poca velocidad, uno de esos conductores que miran la parcela con la curiosidad vaga de quien nota que algo ha cambiado en un sitio, pero no recuerda qué había antes. Judith lo observa pasar.
—John. —Se muerde el labio—. El juicio empieza pronto.
—Lo sé. Lo he visto en las noticias. —Tose—. ¿Va a ir usted?
—Creo que sí.
—Yo no. —Lo dice sin dramatismo, con la honestidad de siempre—. Ya he visto suficiente de esa mujer para lo que me queda de vida.
Judith casi sonríe.
—Me parece razonable.
—Señorita Moise. —John habla más bajo—. Bert tenía razón con lo que me decía de usted.
—¿Qué le decía?
—Que hacía las preguntas correctas.
Judith mira la parcela vacía. La valla oxidada. El cielo gris cubriéndolo todo.
—Cuídese, John.
—Usted también. Y arregle la calefacción del coche, que se está resfriando.
Judith cuelga sin soltar todavía el auricular. Vuelve al coche; los guantes siguen en el asiento del copiloto, sin ponerse.
Arranca. Gira al final de la calle, toma la dirección correcta esta vez, y la calle F desaparece por el retrovisor con su valla ruinosa, su solar desierto y su cartel del ayuntamiento, hasta que una curva se lo lleva del todo y delante solo queda la ciudad y el trayecto que tenía pendiente.
Y el expediente nuevo en el asiento de al lado, con el nombre de alguien que todavía no sabe que van a preguntar por él.