CAPÍTULO 18
Cinco días.
Eso es lo que tarda el mundo en encontrarla.
Cinco días en los que Dorothea Puente desayuna cada mañana en el mismo café, duerme en una habitación de veinticinco dólares la noche, y camina por las calles del centro de Los Ángeles con el abrigo rojo que compró la primera mañana con parte de los tres mil dólares que llevaba en el bolso cuando cruzó el cordón policial.
El abrigo es de un rojo de semáforo. En la cola del autobús, en la barra, en la acera, los ojos se detienen un segundo en la tela y ya no suben hasta la cara.
Cinco días en los que Cabrera tiene sobre la mesa la compañía de autobuses, la terminal de Stockton, el alias Donna Johansson y la fotografía de las cámaras de seguridad de una mujer con gabardina beige que tardó doce horas en ser identificada.
Cinco días en los que la orden de búsqueda circula por todo California y nadie llama con nada concreto porque una mujer mayor de pelo gris en Los Ángeles no es una anomalía.
Pero al quinto día ocurre algo que ningún sistema policial habría podido planificar.
Charles Willgues, cincuenta y nueve años, carpintero retirado, está esa tarde del 16 de noviembre en su taburete habitual del Monte Carlo Tavern, en el centro de Los Ángeles.
Sentado ante la barra de madera oscura, con sus manos ásperas y una uña partida, rodea la cerveza de media tarde cuando la puerta se abre y entra una mujer con un abrigo rojo brillante que, tras detenerse en el umbral, se acomoda en el taburete de al lado.
Ella pide vodka con zumo de naranja.
No tarda mucho en entablar conversación.
Se presenta como Donna Johansson. Le dice que viene de Sacramento, que acaba de enviudar y que está pensando en empezar de cero aquí, en el sur, donde el clima es más amable y la gente no te conoce de toda la vida.
Le cuenta que el taxista que la trajo al motel se marchó con sus maletas y que encima lleva los tacones rotos —se inclina en el taburete, estira la pierna y le enseña el zapato y algo más que el zapato—. ¿No es el colmo?
Willgues mira el zapato y lo que no es el zapato.
Se los pide educadamente y cruza la calle para llevarlos a un zapatero que hay casualmente justo enfrente.
Mientras los zapatos están en el zapatero, los dos charlan cada vez más animadamente.
Él explica que lleva veinte años en Los Ángeles, que echó raíces aquí casi sin querer, que la ciudad tiene sus cosas pero que es el único sitio donde ha sido capaz de quedarse.
Ella escucha con una atención completa, asintiendo en los momentos justos, con los ojos fijos en él como si lo que dice fuera lo más interesante que ha escuchado en mucho tiempo.
En algún punto de la conversación, de forma despreocupada, Dorothea le pregunta cuánto cobra de la Seguridad Social al mes.
Él lo piensa un segundo.
—Quinientos setenta y seis dólares —dice.
Ella asiente.
Después le dice que es muy buena cocinera. Que los dos son almas solitarias y que qué sentido tiene pagar dos alquileres cuando podrían vivir juntos y hacerse compañía.
Willgues la mira durante un momento.
—Tengo suficiente con lo que tengo ahora mismo —dice, y le da otro trago largo a la cerveza.
Salen a cenar juntos de todas formas, pollo asado en un restaurante a dos manzanas, porque Willgues es un hombre cortés y ella es viuda y está sola en la ciudad, y eso es lo que se hace por alguien en esa situación.
Después, él la acompaña al Royal Viking a pie, se despide en la puerta con un apretón de manos y camina a casa bajo las farolas de invierno sin pensar en nada.
Esa noche Willgues no puede dormir.
Se levanta. Va a la cocina. Bebe un vaso de agua. Mira la pila de periódicos que lleva tres días sin leer.
Coge el de arriba y empieza a hojearlo.
En la página siete se detiene.
Una fotografía en blanco y negro, de calidad mediocre, llama su atención. Es de una mujer mayor buscada por la policía de Sacramento en relación con el hallazgo de varios cadáveres en el jardín de su casa de huéspedes. El pie de foto dice el nombre. El artículo da los detalles.
Willgues mira la fotografía.
La mira un buen rato. Tapa con el pulgar las gafas de la foto.
Después toma su teléfono.
Y vuelve a mirar la fotografía, esta vez con el teléfono ya en la mano.
Marca.
La llamada llega a la comisaría de Rampart a las diez y doce de la noche. El agente de guardia toma el nombre del motel, el número de habitación y el alias. Llaman a Delaney que baja al aparcamiento a buscar a Cabrera.
La de Willgues no es la única llamada esa noche.
En Sacramento, un cajero joven que lleva semanas dándole vueltas a una cara se decide por fin a descolgar el teléfono, y el padre Keller, con unos zapatos negros de cordones todavía en una caja de donaciones, pregunta a la telefonista por alguien de la policía.
Cabrera está en el aparcamiento de la comisaría, en el coche, con el motor apagado y el expediente en el regazo, porque no ha vuelto a casa en cinco días y el coche es el único sitio donde nadie le busca cuando necesita diez minutos para pensar.
Baja el cristal antes de que Delaney llegue al coche.
El Royal Viking Motel tiene una sola planta, aparcamiento delantero y un letrero de neón que parpadea con la V fundida desde hace tiempo.
Cuando los dos agentes de Rampart llegan hay luz en la habitación del fondo y una rendija de claridad por debajo de la puerta, ese hilo de luz que tienen las habitaciones donde alguien está despierto pero quieto.
Uno de los agentes llama con los nudillos. Tres golpes secos.
Silencio.
Después un movimiento. Pasos cortos sobre la moqueta.
La puerta se abre.
Dorothea Puente está en el umbral con el albornoz del motel y el pelo suelto, sin el abrigo rojo, sin los zapatos reparados, sin ninguno de los elementos que construyen a Donna Johansson. Solo ella, en una habitación de veinticinco dólares la noche con la cama sin deshacer.
Mira a los agentes.
Y en ese segundo, ese instante antes de que nadie diga nada, ocurre algo que el agente que redacta el informe después no sabe muy bien cómo transcribir sin que suene a novela.
Los ojos de Dorothea recorren el umbral.
El aparcamiento detrás de los agentes. La distancia hasta los coches. El número de personas.
Dos segundos.
Tres.
Cuatro segundos.
La expresión se le asienta como el agua de un charco cuando deja de moverse después de una pedrada. Dorothea da un paso atrás y abre la puerta del todo.
—Pasen —dice—. Siento no poder ofrecerles un café.
Al día siguiente, el detective Cabrera vuela a Los Ángeles en el primer vuelo de la mañana.
La encuentra en la sala de espera de la comisaría de Rampart, sentada con el bolso en el regazo y las manos cruzadas encima, con el gesto que Cabrera ya conoce: las manos a la vista y quietas.
Ya no lleva el albornoz del motel, porque anoche la dejaron cambiarse de ropa antes de llevársela arrestada, y sin el abrigo rojo parece más pequeña.
De regreso a Sacramento, en la puerta de embarque, Dorothea se apoya un poco más de la cuenta en el brazo que Cabrera le ofrece por protocolo.
—Es usted muy amable —dice con un hilo de voz—. No sabe lo cansada que estoy. Una mujer mayor no está para estos trotes.
Cabrera no responde.
Suben al avión. Se sientan. Ella junto a la ventana, él en el pasillo. Cuando la auxiliar pasa con el carro, Dorothea le dedica una sonrisa de anuncio de galletas.
—¿Se encuentra bien? —le pregunta la auxiliar, agachándose a su altura.
—Un poco mareada —dice Dorothea—. Los vuelos se me hacen tan largos a mi edad.
La auxiliar le trae agua. Le pregunta si necesita algo más. Dorothea le da las gracias con una mano temblorosa apoyada en el reposabrazos.
Cuando la auxiliar se aleja, Cabrera se gira hacia ella por primera vez desde que salieron de Rampart.
—Señora Puente —dice, en voz baja, sin acritud pero con firmeza—. Tenemos su partida de nacimiento. Nacida en 1929. Cincuenta y nueve años. Deje el temblor.
Dorothea no dice nada.
No de inmediato.
Mira por la ventana el asfalto de la pista, los vehículos de pista que se alejan, la franja de cielo que empieza donde termina el aeropuerto. Algo pequeño cede en su cara, como una máscara que nadie sujeta ya con fuerza.
La mano deja de temblar.
La espalda se endereza un centímetro.
—Cincuenta y nueve —dice, sin mirarlo, con una voz que ya no es la de la anciana—. ¿Puede creerlo?
Cabrera vuelve a mirar al frente.
No dice nada más. Ella tampoco.
El avión despega y debajo de ellos Los Ángeles se convierte en una cuadrícula de luces y autopistas y después en nada, y durante los cincuenta minutos que dura el vuelo los dos permanecen en silencio, uno al lado del otro, con la bandeja plegada y el cinturón abrochado, mientras Sacramento se acerca desde el sur con su geometría de calle, su río y sus jardines.
En algún punto de esa geometría está la calle F.
Cuando las ruedas tocan la pista, Dorothea sigue mirando por la ventana. Cabrera se levanta primero y se queda de pie en el pasillo, de espaldas a la salida, y por una vez ella no espera a que alguien le ofrezca el brazo.