CAPÍTULO 17
La planta de medicina interna del hospital del condado huele a desinfectante y a ambientador de lavanda, y tiene un silencio que imita la tranquilidad, el de los sitios donde la gente espera sin saber muy bien qué.
Las luces del pasillo son blancas y continuas, sin la variación de intensidad que tiene la luz natural, y eso da a cualquier hora del día el mismo aspecto de tarde cerrada de invierno.
Judith llega a las cuatro menos cuarto.
Ha traído una naranjada en botella de cristal porque no sabía qué traer y en el quiosco del vestíbulo había naranjadas y flores, y las flores le parecieron un gesto demasiado parecido al de los entierros.
La enfermera de guardia le dice que el señor Sharp está estable, que ha pasado buena noche, que puede pasar diez minutos pero que no lo canse.
John está en la cama del lado de la ventana, que da a un patio interior con un árbol que en esta época no tiene hojas.
Tiene el brazo derecho conectado a un gotero y lleva el pijama del hospital, de ese azul pálido que no es el azul de ninguna cosa que exista fuera de los hospitales.
Parece más pequeño y frágil que fuera, sin el abrigo que le daba envergadura.
Cuando Judith entra, él la mira. No se sorprende: o la estaba esperando o, a estas alturas, ha dejado de sorprenderse de las cosas.
—Señorita Moise.
—John. —Se sienta en la silla junto a la cama—. ¿Cómo está?
—El médico dice que el corazón ha dado un susto pero que no es para tanto. —Mira el gotero—. Yo creo que sí es para tanto, pero él sabe más que yo.
Judith apoya la naranjada en su regazo. John mira la botella, calibrando el gesto, y después la mira a ella.
—¿Cuántos? —dice.
Judith no hace como que no entiende la pregunta. John lleva semanas sabiendo más de lo que debería saber un hombre que solo quería vivir tranquilo en una habitación pequeña, con una ventana al lateral de la casa desde la que ni siquiera se veía el jardín.
—Siete —dice—. Al final del jardín.
John cierra los ojos. Los mantiene cerrados varios segundos. Cuando los abre, mira el árbol sin hojas del patio interior.
—Betty —dice.
—Sí.
—¿Y Vera?
—Sí.
John asiente muy despacio.
—Bert —dice, al final. No como pregunta.
—Bert también.
El gotero hace su trabajo en silencio. En el pasillo, alguien empuja una silla de ruedas que chirría y el sonido se aleja hacia el fondo del corredor y desaparece.
Judith no le pregunta cómo se siente. Calla y espera a que John hable cuando quiera.
Tarda un poco.
—Yo lo sabía —dice al final—. No todo, pero sí que algo no cuadraba.
Bert no era de los que se van sin decir nada.
Betty tampoco. Y Vera… Vera tenía su carácter, pero era fiel a sus costumbres.
El martes siempre veía sus programas de la tarde.
Siempre. —Traga saliva—. Un día simplemente no bajó.
Y Dorothea dijo que se había ido a casa de unos familiares.
Pero yo sé que las personas que estamos en este tipo de residencias lo hacemos, precisamente, porque no tenemos ese tipo de familiares.
Y uno… uno acepta estas cosas porque ¿qué otra cosa puede hacer?
—Lo sé —dice Judith.
—Uno no quiere pensar lo que hay que pensar. —John mueve los dedos sobre la sábana, un gesto pequeño e involuntario—. Porque si lo piensas, entonces tienes que hacer algo. Y hacer algo cuando vives en esa casa, cuando dependes de esa mujer para comer y para tener dónde dormir…
No termina la frase.
Judith recuerda entonces la escena que el detective Brown le ha contado de su primera visita a la casa de Dorothea Puente.
Aquella nevera abierta. El zumo de naranja.
De espaldas a todos, sin saludar ni excusarse, mientras en la cocina solo se oía la jarra contra el cristal.
Había tardado en entender lo que estaba viendo.
Y después la nota bajo el limpiaparabrisas.
—John —dice Judith—. Lo que hizo usted con esa nota. Eso fue valiente.
John la mira.
—No fue valiente —dice—. Fue lo único que se me ocurrió que podía hacer sin que ella lo viera. —Se mira las manos—. Y me costó tres días decidirme.
Unos diez minutos después, John pregunta qué va a pasar ahora con la casa.
Judith le explica que los residentes que quedaban han sido reubicados temporalmente, que los servicios sociales están gestionando los traslados, que nadie va a quedarse sin techo.
John escucha con la mirada en el árbol del patio.
—¿Y adónde voy yo? —dice, sin dramatismo, en el tono de quien pregunta por cualquier cosa práctica.
—Estamos buscando una plaza en una residencia del condado. Una buena. Con jardín. —Judith baja la voz—. Uno que no tenga nada debajo.
John la mira.
Y John se ríe. Es una risa breve, casi sin ruido, que se apaga enseguida.
—Con jardín —repite.
—Con jardín —dice Judith.
Cuando se levanta para irse, John la detiene con un gesto de la mano. No la coge del brazo ni dice nada llamativo. Solo levanta la mano del gotero unos centímetros, como quien para un taxi, y Judith se sienta de nuevo.
—Quiero decirle una cosa —dice John.
Judith espera.
—Bert hablaba mucho de usted. —Mira el techo—. Decía que era la primera persona en mucho tiempo que le preguntaba cosas sin buscar nada a cambio. Sin querer su firma en ningún papel, ni su número de cuenta en ningún formulario. Que le preguntaba cosas solo porque quería saber las respuestas.
Judith no contesta. Aprieta la botella entre las manos.
—Decía que usted le había preguntado qué flores le gustaban. —John baja la vista a la sábana—. Los girasoles. Bert decía que le gustaban los girasoles porque son las flores más honradas que conocía, que crecen hacia donde hay luz sin disimular que eso es lo que están haciendo.
Judith recuerda haberlo escrito en el expediente. Recuerda la letra un poco más grande que el resto, sin saber muy bien por qué.
—Gracias, John —dice.
Sale al pasillo. Camina hacia el ascensor sin prisa. Una auxiliar empuja un carro con bandejas tapadas y Judith se aparta para dejarlo pasar, y se da cuenta de que es lo primero que hace en semanas sin mirar el reloj.
Pulsa el botón. Espera.
Las puertas del ascensor se abren y Judith entra y las puertas se cierran y durante los cuatro pisos que tarda en bajar se queda quieta con la naranjada que se ha olvidado de dejar, sosteniéndola con las dos manos, mirando el número que cambia sobre la puerta.
Planta tres. Planta dos. Planta uno.
Bert Montoya, a quien le gustaban los girasoles y que se fiaba de ella antes de lo que ella esperaba.
Las puertas se abren.
Judith sale al vestíbulo, pasa por delante del quiosco y deja la naranjada sobre el mostrador sin decir nada, y el chico del quiosco la mira sin decirle nada tampoco.
Judith empuja la puerta giratoria y sale a la calle donde la luz de la tarde llega ya de lado y el frío de noviembre se le mete por el cuello de la chaqueta.