CAPÍTULO 16
La pizarra de la sala de reuniones de la comisaría de Sacramento tiene dos columnas.
Son las once de la noche. Fuera de la sala hay un pasillo vacío y una máquina expendedora con la luz parpadeando. Dentro, Delaney deja sobre la mesa dos vasos de café de esa máquina y una caja de cartón con el sello del archivo del condado.
—Empieza por el principio —dice Cabrera, sin levantar la vista de la ficha que tiene en la mano.
Delaney abre la carpeta.
—Dorothea Helen Gray. Nacida el 9 de enero de 1929 en Redlands, California.
—¿Padres?
—Jesse James Gray y Trudy Mae Yates. Jornaleros.
El padre murió de tuberculosis en 1937. Parece que era algo aficionado a la bebida y tenía la mano un poco larga, ya me entiendes.
La madre falleció poco después en un accidente de motocicleta, en 1938.
—Delaney levanta la vista de los papeles—.
A los nueve años, Dorothea se quedó sin los dos padres en menos de doce meses.
Cabrera lo anota en la pizarra. No porque vaya a olvidarlo, sino porque quiere tener un esquema visual de los hechos que definen la vida de su sospechosa.
—¿Y después?
—Orfanato. Distintos familiares. Ninguna dirección estable durante varios años. —Delaney pasa una página—. A los dieciséis ya no hay rastro institucional. Desaparece del sistema infantil.
—¿Alguna razón?
—Tengo una entrada en el registro matrimonial de Reno, Nevada, de ese mismo año. Parece que se casa con un soldado llamado Fred McFaul. Tenía dieciséis años. Él, veintidós.
Cabrera deja el rotulador sobre la mesa.
Delaney separa una hoja de la pila y la desliza sobre la mesa: el certificado de matrimonio, con el sello del condado y una firma de trazo redondo, casi infantil.
Cabrera lo lee de pie, sin sentarse. Bajo Nombre de la contrayente, Sherriale A.
Riscile; bajo Edad, treinta. Vuelve al acta de nacimiento que Delaney trajo del archivo: Dieciséis.
Escribe en la columna de la derecha: 1945 - primer matrimonio y primer nombre falso documentado.
El matrimonio con McFaul dura tres años.
Se separan en 1948 y Dorothea se instala en San Bernardino.
Ese mismo año, primera condena criminal: falsificación de cheques.
Tenía diecinueve años. Le caen cuatro meses de cárcel y tres años de libertad condicional.
Pero infringe la condicional y huye del condado.
La ficha de 1948 trae una foto policial: una chica con el pelo recogido y los ojos fijos en un punto por encima de la cámara. Cabrera la sostiene un rato. Después la deja boca abajo junto al certificado de Reno.
Delaney saca lo que queda en la caja y lo deja sobre la mesa con un golpe sordo.
Son los años cincuenta y sesenta: más maridos, más nombres, detenciones por cosas pequeñas que se saldaban con noventa días y vuelta a empezar.
Los hojea por encima, a media voz, saltándose fechas, hasta que se detiene en una hoja grapada a un informe del servicio de inmigración.
—Esto sí. 1968, Ciudad de México. Se casa con Roberto José Puente, diecinueve años menor que ella.
—Recorre el informe con el dedo—. Inmigración lo investigó como un posible matrimonio de conveniencia para que él consiguiera los papeles.
No llegaron a ninguna conclusión. A los dieciséis meses de la boda, Roberto desaparece.
—¿Desaparece?
—Eso pone. La explicación que consta es que había vuelto a México.
Ninguno de los dos dice el nombre de Bert. Delaney sigue con el dedo sobre la línea y Cabrera mira la columna de la izquierda, donde Alberto Montoya cierra la lista de los siete del jardín.
—Es el único apellido que conservó —añade Delaney al cabo de un momento—. De todos los maridos, el único.
Cabrera no contesta. Escribe 1968 - Puente. «Volvió a México»., con las comillas incluidas, y lo subraya.
Delaney pone entonces sobre la mesa la última hoja de la noche. No viene de ningún juzgado ni de ningún registro: lleva el membrete de la oficina del forense del condado.
—Abril de 1982. Ruth Munroe, sesenta y un años.
Socia de Dorothea en un pequeño restaurante de comidas y, desde hacía unas semanas, vecina de su piso en la calle F.
Sobredosis de codeína y paracetamol. Se archivó como suicidio.
—Lee la línea del dictamen—. La familia declaró que estaba deprimida porque el marido se estaba muriendo. Nadie pidió más análisis.
Cabrera escribe el nombre en la columna de la izquierda, debajo de los siete del jardín y del de Everson Gillmouth, separado por una raya horizontal. Cuenta los nombres con la punta del rotulador, de arriba abajo, y le salen nueve.
El café de la máquina se ha quedado frío en los dos vasos. Ninguno lo ha terminado.
Cabrera retrocede hasta la mesa y mira la pizarra entera desde ahí. La columna de la derecha ya no empieza en 1978. Empieza en una niña de nueve años en Redlands y en una firma redonda en Reno, y baja sin interrupción, nombre a nombre y fecha a fecha, hasta la lata de galletas de la despensa.
Coge el abrigo del respaldo de la silla. Delaney mete las carpetas en la caja sin ordenarlas y apaga la luz al salir.
En el pasillo, la máquina expendedora sigue parpadeando. Lejos de allí, en algún punto de Los Ángeles, una habitación en una planta baja tiene la luz encendida.