El jardín de la calle F CAPÍTULO 15
67%

CAPÍTULO 15

Dorothea llega a Los Ángeles en autobús.

El viaje es largo y de noche. El motor vibra bajo los pies, el bolso descansa sobre las rodillas y, en el asiento de delante, una niña duerme con la cabeza contra el cristal. Dorothea mira el cristal negro, no el paisaje.

Se aloja en el Royal Viking Motel, habitación de planta baja, pago en efectivo por adelantado, sin preguntas.

La colcha es de flores desvaídas, la lámpara tiene la pantalla quemada por un lado y una nevera diminuta zumba en la esquina.

Saca del bolso una blusa doblada en cuatro y la cuelga del respaldo de la silla.

Dorothea no se esconde. Desayuna cada mañana en el bar de la esquina, en el mismo taburete, a la misma hora, y habla con el camarero del tiempo y de lo distinto que es el clima aquí comparado con el norte, que es más frío y más húmedo y no le sienta bien a las rodillas.

El camarero se llama Doug. Lleva el delantal atado con un nudo doble porque el lazo se le deshace siempre.

—¿De dónde es usted? —le pregunta el segundo día, mientras le rellena el café.

—Sacramento —dice Dorothea—. Vine a ver a una sobrina. Ya sabe cómo son estos viajes de familia: uno no sabe nunca cuánto van a durar.

Doug asiente y le acerca el bol de terrones de azúcar sin que ella lo pida.

Hay un periódico doblado en la barra, a tres taburetes de distancia, con la primera plana hacia arriba. Desde donde está puede distinguir las letras del titular con suficiente claridad.

Doug lo recoge sin leerlo y lo guarda bajo la barra. En la primera plana, un segundo antes de que desaparezca, se ve la fotografía de una mujer mayor y, debajo, una casa con una cinta amarilla en la puerta.

Pero Dorothea no necesita acercarse para leerlo. Ella ya conoce la historia.