El jardín de la calle F CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El primer cuerpo lo encuentran a mediodía.

Llevan casi dos horas cavando cuando la pala de uno de los técnicos forenses encuentra resistencia en la zona más trabajada del jardín, la que está junto a la valla del fondo, donde la tierra es más oscura y más suelta que el resto. El técnico se detiene. Llama a su compañero y los dos se agachan.

Cabrera está en la cocina cuando un agente entra sin llamar, con las mejillas rojas de cavar o de correr, y se planta en el umbral sin decir palabra. Cabrera deja la taza sobre la encimera, muy despacio, como si lo que hubiera que cuidar fuera el café.

Sale al jardín y se acerca a la zona acordonada con el paso lento de quien no quiere confirmar lo que su intuición lleva un buen rato anticipándole.

Huele a tierra abierta, fría y dulce; a dos pasos, los rosales pelados; los técnicos han dejado de hablar a la vez.

Mira lo que hay en el suelo y no dice nada durante varios segundos.

Después se endereza y llama por la radio.

Dentro de la casa, Dorothea espera sentada en el salón con las manos sobre el regazo y un agente de pie junto a la puerta. Cuando Cabrera entra, ella levanta la vista y no pregunta nada.

Cabrera se sienta frente a ella.

—Señora Puente. Hemos encontrado lo que parecen restos humanos en el jardín.

Dorothea lo mira con atención, sin sorpresa ni horror.

—Dios mío —dice, ni más alto ni más bajo de lo que toca.

—¿Tiene algo que decirnos?

—No entiendo cómo es posible. —Niega con la cabeza—. Yo llevo años cuidando ese jardín, trabajando la tierra. No puedo creer que haya algo ahí que yo no supiera. ¿Están seguros de que no son de algún animal?

Cabrera no le contesta.

—¿Tiene dónde alojarse esta noche? Necesitamos la casa libre para continuar el trabajo forense.

Dorothea lo mira. Los dedos se le cierran un instante sobre el bolso que tiene en el regazo.

—Tengo un sobrino, pero vive lejos —dice—. Si me lleva a un hotel cerca, le llamo desde allí.

Lo que ocurre a continuación es lo que Cabrera lleva años sin poder explicarse del todo, aunque lo ha intentado muchas veces.

Las razones las tiene, y en el informe las escribió todas.

En el jardín hay un cuerpo sin nombre y en el salón una mujer sin orden de detención.

El ayudante del fiscal, al que llama desde el teléfono de la pared de la cocina, le repite lo que Cabrera ya sabe: que mientras el forense no identifique esos restos no hay nada que imputarle, que la señora Puente no está detenida y que retenerla sin cargos sería regalarle a la defensa el primer error del caso.

Cabrera lleva en pie desde las cinco de la mañana.

En la acera, al otro lado de la cinta, ya hay una furgoneta de televisión y medio vecindario con abrigos sobre el pijama.

Y está ella. Mientras él cuelga, Dorothea le pide al agente de la puerta un vaso de agua para la pastilla del corazón y se la toma delante de los dos, despacio, con la mano abierta sobre el pecho.

Pregunta si puede llevarse una rebeca, porque en los hoteles siempre ponen el aire demasiado fuerte.

Se levanta del sillón en dos tiempos, apoyándose en el brazo, y el agente da un paso hacia ella sin que nadie se lo pida.

Cabrera le ofrece el codo antes de pensarlo.

Él mismo la acompaña.

Cruza con ella el cordón policial. Camina a su lado por la acera y la ve entrar en el vestíbulo del hotel que hay a dos manzanas de la calle F, de alfombra gastada y un timbre sobre el mostrador.

Espera mientras ella habla con el recepcionista, un chico joven que le sonríe por reflejo, y recibe una llave.

Se despide de ella en la puerta. Le dice que no se vaya de la ciudad, que mañana tendrán más preguntas.

Dorothea asiente, le da las gracias, dice que por supuesto, que aquí estará.

Cabrera vuelve a la residencia.

Una hora después, los técnicos forenses encuentran el segundo cuerpo, junto a pertenencias personales que la identifican claramente como Leona Carpenter, una de las residentes que desaparecieron en las últimas semanas.

Cabrera regresa al hotel de inmediato.

Pero Dorothea ya no está.

El recepcionista dice que la señora subió a la habitación, que bajó veinte minutos después con el bolso, que dijo que salía un momento y que no ha vuelto.

Cabrera se queda en el vestíbulo del hotel con la mano sobre el teléfono del mostrador y durante unos segundos no llama a nadie.

Solo está ahí, mirando la puerta giratoria que da a la calle, pensando en los veinte minutos, en el bolso, en la forma en que Dorothea dijo aquí estaré con esa voz tan tranquila.

Después marca.

Sandra llama a Judith a las seis y cuarto de la tarde.

—Han encontrado dos —dice, sin preámbulo—. Y, Judith, Dorothea no está. La dejaron ir, creo que se ha fugado.

Judith está en la cocina con el abrigo todavía puesto porque acaba de llegar y no ha tenido tiempo de quitárselo. Se sienta en la silla más cercana.

—¿Que la dejaron ir?

—¿Te lo puedes creer? Con dos cuerpos en el jardín, y ni un agente en la puerta del hotel.

Judith no dice nada.

—¿Estás ahí? —dice Sandra.

—Estoy aquí.

Sigue con el teléfono en la mano después de colgar, sin moverse, mirando la mesa de la cocina donde todavía está la lista con los seis nombres y el de Bert subrayado dos veces.

Se imagina a Dorothea cruzando el cordón policial con un detective a su lado y su bolso…

Siempre colgado del antebrazo, siempre cerrado. Hace semanas que Dorothea no lo suelta.

Los agentes siguen excavando.

Lo hacen durante tres días más, mientras la orden de búsqueda de Dorothea circula por todo el estado, Cabrera duerme cuatro horas cada noche en la comisaría, y el jefe de policía da una rueda de prensa en la que lee cada frase de un papel.

Los vecinos se agolpan tras la cinta. La señora Hoffman, con el cardado intacto y la cámara desechable colgada de la muñeca, no puede evitar preguntarse si elegir el jardín de Dorothea no ha sido el despropósito más grande de su vida.

Dentro de la casa, apoyada contra la pared bajo la ventana del salón, está la placa de latón. Cabrera la ve al pasar.

El segundo día, una técnica del forense vacía la despensa balda por balda.

Los botes de harina, de azúcar y de café están alineados por tamaño, con sus respectivas etiquetas.

Al fondo, detrás de todos, hay una lata redonda de galletas de mantequilla con la tapa azul y un velero dibujado.

La técnica la abre. Dentro hay una capa de galletas envueltas en papel de horno y, debajo del papel, apretados unos contra otros para que no suenen al mover la lata, frascos de plástico naranja con la etiqueta de la farmacia.

Dalmane. Los saca de uno en uno y los pone en fila sobre la encimera.

Cabrera los cuenta. Luego cuenta los nombres de médico impresos en las etiquetas, y le salen casi tantos como frascos.

Desde la puerta de la cocina, Brown mira la lata y no dice nada.

Al final son siete.

Siete cuerpos en el jardín de la calle F, en esa tierra oscura y bien oreada que ganó una placa de latón y una fotografía con la presidenta de la asociación de vecinos.

Siete personas que vivieron en esa casa, que desayunaron en esa cocina, que escucharon el temporizador del horno y olieron la mantequilla quemándose en los bordes del molde.

Cabrera los anota en la pizarra uno por uno, a medida que el forense le confirma cada identificación: Leona Carpenter. Dorothy Miller. Benjamin Fink. James Gallop. Vera Faye Martin. Betty Palmer. Alberto Montoya.

Después añade un octavo: Everson Gillmouth, encontrado tiempo atrás en una caja de madera junto al río, cuya muerte se archivó como indeterminada cuando todavía no había un jardín con el que relacionarla.

Ocho nombres en la pizarra.

La orden de arresto formal llega el lunes por la tarde.