CAPÍTULO 13
El detective Cabrera tiene el escritorio más desordenado de la planta y una taza de café que lleva encima tanto tiempo que la cerámica ha adquirido una pátina permanente de color marrón oscuro en el interior.
Es un hombre de unos cincuenta y cinco, con el pelo completamente gris y una forma de escuchar que Judith tardará en reconocer como atención real: no asiente, no anima, no hace ninguno de los gestos que hacen las personas cuando quieren parecer que escuchan.
Se queda quieto y mira, y eso, hasta que una se acostumbra, es más desconcertante que el desorden del escritorio.
Judith habla durante veintidós minutos sin que él la interrumpa.
Le cuenta todo. Bert. México. Utah. La nota con la letra que no era de Bert.
El dinero retirado en esta ciudad después de que supuestamente se hubiera marchado.
Sandra y Vera y la sobrina de Fresno que había aparecido de repente.
La lista de seis nombres. John Sharp diciéndole en voz baja, en un pasillo estrecho, que Dorothea había estado cavando en el jardín la mañana siguiente a que Vera desapareciera.
Cuando termina, Cabrera abre la carpeta que Judith ha puesto sobre su mesa y la hojea sin volver atrás ni una vez.
—¿El residente que le contó lo del jardín —dice, sin levantar la vista—, está dispuesto a repetirlo?
—No lo sé. Tiene miedo. Vive ahí.
—¿Tiene nombre?
—John Sharp.
Cabrera anota.
—El dinero retirado. ¿Tiene la fecha exacta y el banco?
Judith saca una hoja doblada en cuatro del bolsillo de la chaqueta y la pone encima de la carpeta. Cabrera la mira. La desdobla y la lee.
—¿Lo tiene todo así? —dice, y no es sarcasmo.
—Llevo semanas preparando esto. —Traga saliva—. Nadie me hacía caso.
Cabrera cierra la carpeta y la apila encima de otras dos que hay a su derecha. En cualquier otro contexto ese gesto podría significar archívalo y olvídalo. En este, Judith no sabe todavía qué significa, así que espera.
—Voy a hablar con mi supervisor —dice Cabrera—. Y vamos a necesitar más que esto para conseguir una orden de registro.
—¿Cuánto más?
Él la mira.
—Algo que la tierra pueda confirmar. Un segundo nombre que no dependa de usted: alguien desaparecido con denuncia de un tercero, no solo con un expediente de trabajadora social cerrado por traslado.
—Gira la taza sucia entre los dedos—. El jardín lo podemos mirar desde la calle si vamos a hacer una visita de seguimiento.
Si hay algo que justifique ir más lejos, iremos más lejos.
No es una promesa. Judith lo sabe y él sabe que ella lo sabe. Pero es la primera vez en semanas que alguien en esta comisaría usa el futuro de indicativo sin acompañarlo de un en los próximos días .
Esa misma tarde, cuando Judith ya se ha ido, Cabrera pide al archivo los antecedentes de Dorothea Puente. Llegan a última hora, en un sobre marrón que el funcionario deja encima del montón de carpetas.
Cabrera aparta las condenas por cheques, que son varias, y se detiene en la ficha de 1982.
Una noche de aquel año, Dorothea conoció en un bar a un hombre de setenta y cuatro años, lo acompañó hasta su apartamento y le preparó una copa.
Él declaró después que no llegó a perder el conocimiento.
Se quedó en el sillón, despierto pero sin poder mover un dedo, mientras ella abría los cajones uno por uno.
Antes de irse, le sacó del meñique un anillo con un diamante. Ni siquiera se ocultó.
En la última hoja está la libertad condicional, concedida en septiembre de 1985 con tres prohibiciones numeradas a máquina: no tener contacto con personas mayores, no gestionar cheques del gobierno a nombre de terceros, no dirigir una casa de huéspedes.
Cabrera marca la extensión de su supervisor, que a esas horas ya se ha marchado, y le deja el mensaje igualmente. Después vuelve a la ficha de 1982 y la lee otra vez, despacio, hasta la línea del anillo.
Tres días después, Delaney y Brown vuelven a aparcar en la calle F.
Esta vez no van solos. Cabrera va detrás, en el segundo coche, con una mujer que Judith no reconoce y que más tarde sabrá que es del departamento forense.
Cuatro personas en total. Judith los ve llegar desde el coche aparcado a dos manzanas de distancia, donde lleva cuarenta minutos esperando porque nadie le dijo que podía venir pero tampoco se lo prohibieron.
Dorothea abre antes de que llamen.
Lo hace de nuevo. Judith se pregunta, desde lejos, si tiene algún sistema, alguna forma de saber quién está en la puerta antes de que lleguen a ella, o si simplemente lleva tanto tiempo en este juego que sus reflejos son mejores que los de cualquiera.
Los deja pasar. La puerta se cierra.
Judith ha aparcado a dos manzanas, junto a una boca de riego, y desde ahí alcanza a ver el coche de los detectives frente a la puerta de la residencia.
El café que compró por el camino se ha quedado frío en el vaso de papel, encajado entre los dos asientos.
Un hombre con un perro pequeño pasa por la acera y, a la vuelta, vuelve a pasar más despacio, mirando dentro del coche.
Judith finge buscar algo en la guantera.
Cuando levanta la cabeza, el hombre ya ha doblado la esquina y el coche de los detectives sigue donde estaba.
Veinte minutos.
Después treinta.
A los cuarenta y dos minutos, la puerta de la residencia se abre y Delaney sale al porche y se queda de espaldas a la calle, hablando con alguien por la radio del cinturón. Judith no puede oír nada. Ve que gesticula una vez con la mano libre, un gesto corto y seco.
Después apaga la radio y vuelve a entrar.
Cinco minutos más tarde salen los cuatro. Dorothea es una figura pequeña en la puerta, con el brazo levantado en un saludo que Judith no necesita ver de cerca para reconocer: lo ha visto despedir a médicos, a vecinos, a inspectores, y siempre tiene la misma altura y el mismo arco.
Cabrera se acerca al segundo coche y dice algo a la forense. Ella asiente. Él mira hacia la calle, en la dirección donde Judith está aparcada, y aunque desde esa distancia es imposible saberlo con certeza, Judith tiene la sensación de que sabe que está ahí.
Arrancan y se van.
Judith no arranca todavía.
Contempla la fachada de la residencia, la puerta ya cerrada, las ventanas del salón que siguen con las cortinas corridas.
El jardín desde aquí se ve limpio, simétrico, con las flores en fila a los dos lados del camino de entrada y los setos junto a la valla con esa tierra oscura y bien trabajada que en esta época del año no tiene ninguna razón para estar tan removida.
Ya de noche, sin poder quitarse lo que ha visto de la cabeza, marca el número de Cabrera.
Él descuelga al segundo tono.
—Lo sé —dice, antes de que Judith abra la boca—. Mañana volvemos con la orden.
La orden llega a las diez y cuarto de la mañana siguiente.
Judith no está ahí cuando llegan, pero Sandra la llama desde la primera cabina que encuentra, después de pasar por la calle de camino al trabajo y ver los coches patrulla aparcados frente a la residencia y la cinta amarilla que alguien está empezando a colocar alrededor del jardín.
Sandra no dice nada. Solo llama y, cuando Judith descuelga, guarda silencio y después dice:
—Están cavando.
Judith cierra los ojos.
—¿Cuántos?
—Tres. Con palas. Y hay alguien del forense también, creo.
—¿Y Dorothea?
—La han sacado fuera un momento. Ha estado en el porche con un agente a cada lado y… —Sandra traga saliva—. Judith, tenía la misma cara de siempre. No ha cambiado nada. Estaba ahí de pie como si le estuvieran arreglando el jardín.
Judith no responde.
—¿Qué hago? —dice Sandra.
—Quédate donde estás. No hagas nada. —Aprieta el auricular—. Avísame si hay alguna novedad.
Espera con el teléfono en la mano y la mirada fija en la pared de su despacho, donde hay un mapa de la ciudad con chinchetas de colores distintos para distintos tipos de seguimiento, y una de esas chinchetas, verde, marca la dirección de la calle F desde hace semanas.
Sandra tarda una hora en volver a llamar.
Cuando lo hace, le cuesta hablar. Judith oye al fondo un sonido que no puede identificar.
—Han parado —dice Sandra. Su voz tiene algo que Judith no le había oído nunca—. Han parado todos a la vez.
Judith desclava la chincheta verde del mapa.
La sostiene un momento entre los dedos.
Después la reemplaza por una roja y se pone el abrigo.