CAPÍTULO 12
El despacho de Sandra Reeves huele a papel fotocopiado y a un ambientador de vainilla que lleva demasiado tiempo colgado del archivador y que ya no huele a vainilla sino a algo vagamente dulce y ajado.
Es un despacho pequeño, con dos sillas para visitas, una planta que sobrevive de milagro en la esquina y una pizarra con nombres escritos en rotulador azul que en algunos casos llevan tanto tiempo ahí que ya no se borrarán del todo nunca.
Judith entra sin llamar porque Sandra le dijo que no hacía falta y porque ya son las seis y cuarto de la tarde y a estas horas la planta baja de Volunteers of America es básicamente un edificio vacío con las luces encendidas esperando que el vigilante nocturno las apague.
—Cierra —dice Sandra sin levantar la vista del expediente que tiene abierto sobre la mesa.
Judith cierra. Se sienta. Pone el bloc sobre las rodillas.
Sandra Reeves lleva quince años en esto, dos más que Judith, y tiene lo que les queda a algunos después de demasiados expedientes difíciles: escucha sin que se le mueva la cara.
Es menuda, con el pelo cortado muy cerca de la nuca y unas gafas de pasta verde que compró porque eran baratas y que llevan años siendo ya su rasgo más reconocible.
—Cuéntame lo de Vera —dice Judith.
Sandra cierra el expediente.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Todo lo que sepas desde la última vez que la viste.
—La última vez que la visité fue hace unas semanas. —Sandra se recuesta en la silla—. Fui a hacer la visita de seguimiento trimestral y Dorothea me dijo que estaba descansando, que había tenido unos días difíciles. No insistí en verla porque no era la primera vez que pasaba. Vera tenía sus rachas.
—¿Entonces no la viste en persona?
—No.
—¿Tampoco hablaste con ella por teléfono?
Sandra da vueltas al capuchón del bolígrafo.
—No.
Judith anota algo que no necesita anotar.
—La siguiente visita —dice.
—Esa semana no pude ir, ya sabes lo de mi rodilla. Así que llamé a la residencia. Dorothea me dijo que Vera había ido a casa de una sobrina en Fresno, que había decidido hacer el cambio de forma permanente, que ya había hablado con el médico de cabecera para trasladar la ficha.
—¿Y el médico confirmó eso?
Sandra no responde de inmediato. En el pasillo, alguien arrastra un carrito.
—Llamé al consultorio. Me dijeron que habían recibido una notificación de traslado. —Aprieta los labios—. Firmada.
—¿Firmada por quién?
—Por Vera, claro.
—Entonces ellos tampoco la vieron en persona… —No es una pregunta.
Judith cierra el bloc.
Ninguna de las dos habla. Sandra alinea con el canto de la mano el borde de dos carpetas que ya estaban alineadas.
—Sandra. —Judith habla despacio—. Bert Montoya.
Vera Faye Martin… Los dos a cargo de la misma persona.
Los dos con explicaciones que sobre el papel parecen lógicas, pero que si rascas un poco se deshacen.
Bert supuestamente se fue a México, después a Utah, después apareció una nota con una letra que no era la suya.
Vera tiene una sobrina en Fresno de la que yo no había oído hablar nunca. ¿Tú la conocías?
Sandra abre el cajón. Saca una carpeta. La hojea como si ya supiera lo que va a encontrar y aun así necesitara comprobarlo.
—Figura una sobrina. Pero no hay ni una visita registrada entre ellas, ni una llamada: nunca ha mostrado interés por Vera.
Sandra cierra la carpeta de Vera y saca otra del mismo cajón, más gruesa, con la dirección de la calle F escrita en el lomo: la de la casa, la que se abrió la primera vez que se derivó allí a un residente y a la que se ha ido grapando todo lo que llegó después.
La revisa hacia atrás. Casi al final, sujeta a un formulario de admisión de 1976, hay una queja escrita a máquina con la cinta ya gastada.
La firma Pedro Montalvo, inquilino de la casa y, durante unas semanas, marido de la señora Puente a pesar de ser veinte años mayor que ella.
Declaró ante servicios sociales que ella le había ocultado quién era para casarse con él: le dijo que era médica en México y que tenía allí tierras y propiedades.
Debajo, con otra tinta, alguien anotó: Asunto conyugal. No procede.
Sandra gira la carpeta sobre la mesa para que Judith pueda leerlo y se queda mirando la anotación de abajo, la de la otra tinta, como si intentara reconocer la letra.
El ambientador de vainilla agotada impregna el silencio.
—Yo hice lo que tenía que hacer —dice Sandra, más para ella que para Judith—. La notificación llegó. La ficha se trasladó. El procedimiento estaba cubierto.
—Lo sé.
—Si cada vez que un residente se traslada tuviéramos que verificar en persona…
—Lo sé, Sandra.
Sandra se quita las gafas de pasta verde y las deja sobre el expediente. Se frota el puente de la nariz con dos dedos y cierra los ojos un par de segundos. Cuando vuelve a mirar a Judith tiene una expresión que Judith no le había visto antes: miedo, o algo que va en esa dirección.
—¿Crees que podría haber más? —dice.
—No lo sé. —Judith recoge el bloc—. Pero me preocupa que pudieran ser más de dos.
Esa noche Judith no duerme, o duerme mal.
Se levanta dos veces. La segunda, a las cinco menos cuarto, ya no vuelve a la cama sino que se sienta en la cocina con la luz pequeña encendida, el zumbido de la nevera, un té que se enfría sin que lo toque y el expediente de Bert sobre la mesa, junto al de Vera que Sandra le ha prestado y que Judith ha prometido devolver mañana.
Los lee en paralelo. Las fechas. Las visitas.
Los huecos entre visitas. Las explicaciones que llegaron en cada hueco: una notificación firmada aquí, una llamada de familiar allá, una historia de traslado que nadie verificó porque verificar cada historia de traslado no es el protocolo y el protocolo es lo que mantiene en pie un sistema con demasiados casos, demasiado pocos trabajadores y aún menos tiempo.
En la ficha de Vera hay una notificación de traslado con membrete, fecha y firma.
Está impecable: ni una tacha, ni un campo en blanco.
Judith la deja sobre la mesa junto al formulario de alta de Bert, que Dorothea también rellenó sin una sola corrección, y las dos hojas se parecen como se parecen dos exámenes copiados de la misma mano.
Judith hace una lista. Repasa de memoria los traslados que han pasado por su mesa en el último año y apunta los que salieron de esa misma casa.
No una lista de pruebas, que eso es otra cosa.
Una de ausencias: las personas que estaban y ya no están, los familiares que nadie ha podido contactar de forma independiente, los médicos que recibieron notificaciones que no se ha verificado quién ha enviado…
Bert y Vera encabezan la lista. Debajo escribe Leona Carpenter, que hace unas semanas le contestó con monosílabos en aquella cocina y miró hacia la encimera antes de callarse, y a la que no vio en ningún rincón de la casa la tarde que John derramó el café sobre ella.
Después, Dorothy Miller, que figura en el registro de residentes desde hace dos años y cuya última cita médica es del verano.
Y después de pensarlo, añade dos nombres más que solo conoce de oídas porque están asignados a compañeras suyas.
Cuando termina la lista tiene seis nombres.
Seis.
Los rodea con un círculo, apoya el bolígrafo sobre el papel y se queda mirando ese círculo durante un tiempo indeterminado.
A las nueve menos veinte de la mañana Judith aparece en la comisaría del distrito con los expedientes bajo el brazo, una lista de seis nombres escrita a mano y el abrigo mal abrochado de quien ha salido de casa sin mirarse al espejo.
El agente del mostrador es el mismo de la vez anterior. La reconoce.
—Señorita Moise…
—Necesito hablar con alguien de Homicidios —dice Judith—. No con quien atiende denuncias. Con alguien de Homicidios.
El agente la mira.
—¿Tiene una cita?
—No tengo una cita. Tengo seis personas desaparecidas con un denominador común: una misma residencia con un jardín que está siendo removido constantemente.
Pone los expedientes sobre el mostrador.
—Si necesita que espere, espero. Tengo todo el tiempo del mundo.
El agente mira los expedientes. Mira a Judith y descuelga el teléfono interno.