CAPÍTULO 11
En el coche, Delaney desdobla el papel y lee en voz alta.
La letra es apretada, de las de antes, y cae hacia abajo al final de cada línea.
Me está haciendo mentir. No creo que Bert se fuera. Busquen a los otros que también han desaparecido.
Brown resopla y levanta las cejas. Se niega a perder la tarde con los desvaríos de un anciano senil. Delaney no le contesta. Vuelve a doblar el papel por las mismas marcas y lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.
Tres días después, Judith recibe una llamada que no esperaba.
—Señorita Moise. Soy Dorothea Puente. —La voz es cálida, pareja de principio a fin—. Creo que deberíamos hablar usted y yo. En persona.
Judith tarda un segundo.
—De acuerdo —dice.
La cocina huele a canela cuando Judith llega. Sobre la mesa hay una cafetera y un plato con pastas espolvoreadas de azúcar glas, todavía templadas. Dorothea sirve sin preguntar, con la eficiencia de los gestos ensayados, y se sienta frente a Judith con las manos cruzadas sobre la mesa.
—Me alegra que haya venido. Hay cosas que es mejor decirse a la cara.
Judith deja el bolso en la silla de al lado. No toca la taza.
—La escucho.
—Sus visitas, las preguntas, la policía viniendo… —Dorothea baja la voz—. Mis residentes son personas mayores. Todo esto les afecta más de lo que usted cree.
—¿Les afecta?
—Les asusta. —Alisa el mantel con la palma—. Bert era querido aquí. Todos le echamos de menos. Pero no podemos quedarnos paralizados esperando a alguien que decidió seguir su camino.
Judith mira la taza frente a ella. El café ha dejado de humear.
Es entonces cuando entra John.
Viene del pasillo midiendo cada paso, con los hombros encogidos hacia dentro, ocupando el menor espacio posible. Va directo al armario de los vasos, lo abre, y en el giro de vuelta su codo golpea la taza de café que Judith estaba a punto de llevarse a los labios.
El café se derrama.
Judith aparta la silla, pero una parte del líquido ya le ha alcanzado la muñeca y el borde de la manga. Dorothea se levanta a por el paño. John dice que lo siente, que lamenta su torpeza, mientras Judith sacude la mano y mira la mancha oscura extendiéndose por la tela.
—El baño está al fondo del pasillo —dice Dorothea, ya con el paño en la mesa.
—Gracias.
Judith recorre el pasillo. Las puertas llevan el número escrito a rotulador sobre un trozo de cinta.
Una está entornada: una cama hecha con esmero, unas gafas sobre la mesilla, nada más.
Otra está cerrada con llave. El baño es pequeño, con azulejos de tonos beige, alternados con cenefas y unas flores que parecen lirios.
Una ventana de vidrio esmerilado que da al lateral de la casa ilumina y mantiene ventilada la estancia.
Abre el grifo y deja correr el agua fría sobre la muñeca, mirando el hilo de agua sin verlo.
Cuando sale, John está en el pasillo.
Está de pie junto a la pared, con los brazos a los lados, y habla en voz muy baja, casi sin mover los labios.
—Vera Faye Martin. —Mira el suelo—. Ya no está.
Judith no dice nada. Lo mira.
—El día después de su desaparición, Dorothea estuvo toda la mañana en el jardín. —Traga saliva—. Cavando y removiendo la tierra.
El pasillo es estrecho y la voz de Dorothea llega desde la cocina, preguntando si todo va bien.
—Bien —responde Judith, con una normalidad que le cuesta más de lo que parece.
John ya está caminando de vuelta hacia su habitación cuando se detiene, sin girarse del todo.
—Si fuera usted, no bebería café en esta casa. Se ha convertido en una persona incómoda para Dorothea. Y por favor —dice—. No diga que se lo he dicho.
Judith vuelve a la cocina y se sienta. Le dice a Dorothea que la mancha ha salido, que no ha sido nada. Dorothea ha servido una taza nueva de café y la ha puesto frente a ella con una pasta al lado.
—Que no se diga que no la atiendo bien. —Sonríe.
Judith mira la taza.
—Gracias —dice—. Pero tengo que irme. Se me ha hecho tarde.
A Dorothea se le endurece la comisura, pero la acompaña hasta la puerta con la amabilidad de siempre, diciéndole que vuelva cuando quiera, que su casa siempre está abierta. Judith baja los escalones del porche sin mirar atrás.
En la calle, camina hasta el coche, se sienta y cierra la puerta.
Permanece quieta, con las manos sobre el volante y la vista en el parabrisas. Las cortinas del salón siguen corridas. Antes de arrancar saca el bloc y escribe tres palabras con la letra apretada de las notas que no quiere que nadie lea: Vera. Jardín. Café.