CAPÍTULO 10
Los detectives Brown y Delaney aparcan en la calle a las diez de la mañana.
Delaney es el que lleva el expediente bajo el brazo, un hombre de cuarenta y tantos con el bigote entrecano y una forma de caminar arrastrando los pies que sugiere que ha subido muchas escaleras de muchas casas parecidas a esta.
Brown es más joven, más alto, y echa un vistazo a la fachada antes de seguir a su compañero hacia la puerta.
Delaney, mientras sube los escalones del porche, mira de reojo la tierra de los setos, oscura, pulida, sin una hoja caída. Después deja de mirarla.
Dorothea abre antes de que llamen.
Lleva un delantal con flores pequeñas azules y blancas, y detrás de ella, desde el interior de la casa, llega un olor que los dos detectives identifican sin esfuerzo: mantequilla, azúcar, algo horneándose.
Es un olor que no pega con una investigación, y que a la mujer de la puerta, con su pelo gris recogido y sus gafas de montura marrón, le sienta como un uniforme.
—Agentes… —Abre la puerta del todo—. Pasen, por favor. Tenía el horno puesto.
En la cocina no hay nada fuera de su sitio: los paños doblados sobre la barra del horno, los botes de especias ordenados por tamaño y, junto a la nevera, un calendario de una farmacia sin una sola anotación.
Sobre la encimera hay una bandeja con galletas enfriándose sobre papel, redondas y doradas, del tipo que en otras circunstancias invitarían a coger una sin pedir permiso.
Dorothea sirve café sin preguntar si lo quieren, con la soltura de años sirviendo café a personas que no lo han pedido, y lo pone en el centro de la mesa junto a las galletas.
Tras veinte minutos de conversación, Delaney deja de escuchar lo que dice la señora Puente y empieza a fijarse en cómo lo dice.
Ha contestado a todo lo que ya saben: México, la retirada de dinero, el familiar de Utah que ella no conocía…
Lo ha hecho sin buscar las palabras, con las manos quietas sobre el delantal, y Delaney, que ha leído la denuncia de la trabajadora social dos veces en el coche, reconoce frases casi enteras.
Se despidió, recogió sus cosas y se fue.
Tenía familia en México. Estaba contento.
En años de interrogatorios, no ha conocido un caso en que una persona relate los hechos exactamente de la misma manera dos veces seguidas.
La señora Puente no ha cambiado ni el orden.
Brown, a su lado, va por la tercera galleta.
—La señorita Moise se preocupa demasiado por sus clientes —dice Dorothea—. Es muy dedicada… casi rozando la obsesión. Viene, pregunta, se va y vuelve a venir. A mis residentes los pone nerviosos.
—Es su trabajo —dice Delaney.
—Claro. —Dorothea sonríe—. Y esto es el suyo.
Delaney abre el expediente por la página que lleva marcada con un clip. Saca la fotocopia de la nota que llegó al despacho de Judith y la deja sobre el mantel, junto a un formulario de la Seguridad Social firmado por Bert el año anterior. No dice nada. Deja que sea ella quien mire.
Dorothea mira los dos papeles sin cogerlos.
—Bert tenía dificultades. —Lo dice con paciencia, como a un niño—. Su letra cambiaba según el día, según cómo estuviera. Cualquier médico que haya trabajado con él se lo puede confirmar.
Mientras ella habla, Delaney mira por encima de su hombro. Por la ventana se ven los rosales podados a ras de suelo, una carretilla apoyada boca abajo contra la valla y una franja de tierra más oscura que el resto, removida hace poco, con el frío que hace.
—¿Notó usted algo raro en él los últimos días? —pregunta Brown, con la boca medio llena—. ¿Estaba enfermo, decaído?
—¡Al contrario! —Dorothea coge una galleta de la bandeja y la pone frente a Delaney—. Estaba bien. Mejor que de costumbre, diría yo.
Delaney la deja donde está. Brown, en cambio, coge otra y dice que están buenísimas; Dorothea le envuelve tres en una servilleta «para el camino».
Es en ese momento cuando la puerta de la cocina se abre.
John Sharp entra con la lentitud de siempre, con ese abrigo de aspecto raído que no se quita nunca y las manos ligeramente temblorosas.
Sus ojos recorren la cocina de un vistazo: los detectives, el expediente abierto, a Dorothea sentada frente a ellos con las manos sobre la mesa. Los labios se le aprietan y se aflojan.
Camina hacia la nevera, sin saludar ni excusarse.
La abre.
Saca la jarra de zumo de naranja y se sirve un vaso despacio, de espaldas a todos, mientras en la cocina solo se oye la jarra contra el cristal. Dorothea no lo mira. O lo mira sin que parezca que lo mira, que no es lo mismo.
John bebe el zumo de pie, junto a la encimera. Deja el vaso en el fregadero. Guarda la jarra.
Y sale de la cocina sin una palabra, tan despacio como ha entrado, y cierra la puerta detrás de él.
Dorothea coge su taza de café.
—¿Más preguntas? —dice.
Delaney cierra el expediente y Brown guarda su cuaderno. Dorothea los acompaña hasta la puerta, tan hospitalaria como al recibirlos, les pide que no duden en volver cuando lo necesiten y que confía en que encuentren a Bert y comprueben que está bien.
Fuera, la mañana es clara y fría. Los dos detectives bajan los escalones del porche y caminan hacia el coche aparcado junto al bordillo. Delaney ve entonces al anciano.
Está agachado junto a los setos del jardín, cerca de la valla, con las manos entre las flores, las uñas negras de tierra y el borde del abrigo arrastrando por el suelo helado.
Tiene la cabeza baja y parece concentrado en algo que hay entre las plantas, pero cuando los detectives pasan a su altura levanta la vista, solo un instante, y los mira con una expresión que Delaney no sabría nombrar y que reconoce, sin embargo, de sus años de oficio.
Delaney lo mira un segundo y sigue andando.
Llegan al coche. Brown va al lado del copiloto. Delaney rodea el capó y entonces lo ve: un papel doblado, metido bajo el limpiaparabrisas del lado del conductor, contra el cristal, del tamaño de lo que cabe en un puño cerrado y todavía húmedo de haber estado en uno.
Se detiene.
Mira hacia la casa.
En el porche, Dorothea los despide con la mano, con una sonrisa que desde esta distancia parece sincera. Junto a la valla del jardín, el anciano tiene la cabeza agachada de nuevo sobre las flores y no mira a nadie.
Delaney pone la mano sobre el limpiaparabrisas y coge el papel con un movimiento breve, cerrando el puño discretamente sin desdoblar la nota. Le devuelve la sonrisa a Dorothea y abre la puerta del coche.
Dentro, con la puerta cerrada y el motor sin arrancar todavía, extiende la mano hacia su compañero y deposita el papel sobre sus piernas. Brown alza la ceja derecha.
Los dos miran hacia la casa una vez más. Dorothea ya no está en el porche. John Sharp sigue agachado entre las flores, inmóvil, con las manos en la tierra.
Delaney arranca el coche y, antes de alejarse, se vuelve hacia el anciano: por una décima de segundo, John le sostiene la mirada desde el suelo del jardín.