CAPÍTULO 9
La comisaría del distrito tiene la fachada de ladrillo oscuro y una puerta de aluminio que no cierra del todo y que deja entrar una corriente fría desde la calle.
Dentro huele a café quemado y a papel. El mostrador de recepción está protegido por un panel de metacrilato con una ranura en la parte inferior, y detrás hay un agente de unos cincuenta años con el uniforme mal planchado que levanta la vista cuando Judith entra, pero no se levanta.
—Quiero presentar una denuncia por desaparición —dice Judith, y pone el bloc sobre el mostrador antes de que él pueda responder.
El agente la mira. Mira el bloc.
—¿Familiar?
—En realidad, no. Soy su trabajadora social asignada y llevo semanas sin poder verificar que está bien.
El agente saca un formulario de un cajón y lo pone sobre el mostrador con el bolígrafo encima.
—Nombre del desaparecido.
Judith lleva semanas con la misma historia en la cabeza y cada vez encaja peor.
Primero fue México. Después, una tarde, sonó el teléfono de su despacho y una voz de hombre que Judith no había oído nunca dijo que era familiar de Bert, que se lo había llevado a Utah, que estaba bien.
Judith pidió hablar con él. Ahora no puede ponerse, respondió.
Dejó su número. Lo dictó despacio, dos veces, y desde entonces el teléfono no ha vuelto a dar señal.
Después había llegado una nota. Escrita a mano, con una letra que no era la de Bert porque Bert tenía una letra que Judith conocía de los formularios que habían rellenado juntos durante años, grande y con las vocales abiertas.
La letra de la nota intentaba ser la misma, pero era otra.
Decía que estaba bien y que agradecía la preocupación.
Judith había guardado la nota en el expediente y había ido a ver a John Sharp, aprovechando una salida de la señora Puente para hacer la compra.
John la había recibido en la puerta de su habitación, que era pequeña y olía a ropa guardada, con una ventana que daba al lateral de la casa y no al jardín.
Se había sentado en el borde de la cama y había tardado en hablar, midiendo las palabras, porque en esa casa cualquier cosa que dijera podía acabar en la cocina.
—Bert no está —había dicho al final—. Y yo no sé dónde está. Nadie lo sabe.
—¿La señora Puente les ha dicho algo?
John había mirado la ventana.
—La señora Puente nos dice muchas cosas.
Judith había esperado.
—Nos dijo que si alguien preguntaba, que Bert se había ido a México a ver a su familia. —Se había frotado las rodillas—. Nos lo dijo antes de que usted viniera la primera vez.
Judith había salido de esa habitación con el expediente bajo el brazo y había conducido directamente a comisaría.
El agente lee el formulario que ella ha rellenado con letra apretada y precisa, sin dejar ningún campo incompleto.
—¿Cuánto tiempo lleva desaparecido?
—Más de un mes. Tengo la fecha exacta en el expediente.
El agente levanta la vista.
—¿Más de un mes?
—He intentado verificar su paradero por mis propios medios antes de venir. Hay una versión que no se sostiene, una llamada de un familiar que no existe en su expediente, una nota con una letra que no es la suya y un testimonio de otro residente que indica que la historia fue preparada de antemano.
El agente la escucha con cara de final de turno.
—¿Ha tenido algún contacto directo con el desaparecido en este período?
—No. Ese es el problema.
—¿Y la responsable de la residencia?
—Dice que se fue a México. Pero después alguien más me ha dicho que a Utah. Las versiones han cambiado.
El agente anota algo. Judith espera.
—Vamos a registrar la denuncia —dice él finalmente—. Alguien se pasará por la residencia a verificar la situación.
—¿Cuándo?
—En los próximos días.
Judith pone las manos sobre el mostrador. El borde del bloc tiembla contra el metacrilato; el agente, entretanto, sigue el formulario con la punta del bolígrafo sin llegar a leerlo.
—Este hombre tiene una discapacidad intelectual y una enfermedad psiquiátrica grave.
Lleva semanas sin aparecer. Hay dinero retirado de su cuenta en esta ciudad después de que supuestamente se fuera, hay una historia que ha cambiado dos veces y hay un residente que me ha confirmado que les instruyeron sobre qué decir si alguien preguntaba.
—Baja la voz—. No es una desaparición voluntaria.
Bert Montoya no se marcha a ningún sitio sin avisarme.
Llevo años siendo su referente y nunca, en ninguna ocasión, ha desaparecido sin que yo supiera dónde estaba.
El agente la mira.
—Vamos a registrar la denuncia —repite, con el mismo tono—. Y alguien irá a hablar con la señora de la residencia.
Judith recoge el bloc del mostrador. Lo cierra.
—Bien —dice—. Y cuando vayan, pregunten por el jardín.
Sale a la calle. La puerta de aluminio no cierra del todo detrás de ella y la corriente fría sigue entrando, pero eso no es su problema.
Ese mismo día llama al agente dos veces más. La primera para recordarle el dato de la nota con la letra que no era de Bert. La segunda para preguntar cuándo iban a ir.
Le responden lo mismo: que pronto.