CAPÍTULO 8
El First Meridian Bank tiene dos ventanillas y una tercera que lleva cerrada desde hace meses con un cartel manuscrito que dice Fuera de servicio y que nadie ha retirado aún.
Las paredes son de un beige que en algún momento debió parecer neutro y que ahora simplemente parece cansado.
Hay tres sillas de plástico junto a la entrada para quien tenga que esperar, y una maceta con una planta artificial en la esquina que acumula polvo en las hojas con una fidelidad que la planta real nunca habría tenido.
Dorothea entra a las diez y cuarto, que es cuando el banco lleva ya un rato abierto, para que la cola de primera hora se haya disuelto. Lleva el bolso en el antebrazo y el sobre en la mano, como siempre, y se dirige a la ventanilla de la izquierda, la de Robert, que es donde va siempre.
Pero en la ventanilla de la izquierda no está Robert.
Hay un hombre con corbata azul marino y el pelo húmedo todavía de la ducha, que sonríe con las ganas de las primeras semanas en un puesto.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
Dorothea se detiene, una pausa apenas perceptible, antes de llegar a la ventanilla.
—¿No está Robert hoy?
—El señor Haines está de baja. —El joven mantiene la sonrisa—. Yo le atiendo igualmente, no se preocupe. ¿Qué necesita?
—Nada importante. —Dorothea pone el sobre en el mostrador—. Una retirada de efectivo.
El joven abre el sobre con cuidado y saca los cheques. Son tres, de titulares distintos, con los importes anotados a mano en el registro que Dorothea lleva doblado dentro. Los revisa uno por uno, teclea, mira la pantalla.
—¿Tiene autorización firmada para operar con estas cuentas?
—Siempre la traigo. —Dorothea abre el bolso y saca una carpeta fina con los documentos dentro, ordenados alfabéticamente por apellido—. Mis inquilinos tienen dificultades para desplazarse, son muy mayores. Llevo años gestionando sus trámites bancarios. Robert lo sabe.
El cajero revisa los papeles con más atención de la que Robert habría empleado, pasando las páginas una a una, comparando firmas, y se detiene un segundo de más en la inclinación de tres firmas de titulares distintos: la misma, hacia la derecha.
Dorothea lo observa sin alterar la expresión, con las manos sobre el bolso cerrado.
—Todo parece estar en orden —dice el hombre finalmente, y empieza a teclear de nuevo.
—Siempre está en orden.
La operación tarda menos de siete minutos. Dorothea recoge el efectivo, lo cuenta sin prisa frente a la ventanilla, lo guarda en el sobre y el sobre en el bolso. Le da los buenos días al joven, que le desea una buena jornada, y camina hacia la salida con pasos cortos y regulares.
La puerta de cristal se cierra detrás de ella.
El cajero mira la pantalla sin teclear. Después se gira hacia la ventanilla de al lado, donde una compañera de unos sesenta años está procesando un extracto sin levantar la vista.
—Oye. —Baja un poco la voz—. Esa señora que acaba de salir. ¿La conoces?
La compañera levanta la vista.
—La señora Puente. Viene cada mes. Lleva años viniendo con Robert.
—¿Puente? —El joven frunce el ceño levemente—. Me suena, pero no el nombre. Me suena ella. Su cara.
—Viene mucho. Normal que te suene.
—No, es que… —Se rasca la nuca—. Yo antes trabajé en el Coastal Savings, en el otro lado de la ciudad.
Cuando entré, los veteranos todavía contaban lo de una mujer que llevaba una casa de huéspedes y cobraba los cheques de sus inquilinos.
Treinta y cuatro, firmados por ella con la letra de cada uno.
Uno de ellos tenía el recorte del periódico pegado con celo dentro del cajón, para que los nuevos aprendiéramos a mirar las firmas.
La compañera lo mira por encima de las gafas.
—¿Y crees que podría ser la señora Puente?
—No sé. —El joven mira la puerta de cristal, que ya lleva un rato cerrada—. Ella me suena. El nombre no, pero la cara sí. Y la forma de traer los papeles, todos ordenados por apellido.
La compañera vuelve al extracto.
—Habla con el director si quieres. Pero Robert lleva años con ella y nunca ha dicho nada.
El joven se gira hacia su pantalla. Teclea algo, lo borra, vuelve a teclear. Después abre el cajón, saca el siguiente expediente y se calla.
Fuera, en la calle, Dorothea dobla la esquina y camina hacia el coche sin mirar atrás. El sobre está en el bolso, el bolso en el antebrazo, y el sol de la mañana le da en la cara con esa luz fría de los días despejados de invierno, que no calientan nada.
Abre el coche, se sienta, cierra la puerta.
Saca el sobre del bolso y lo abre. Cuenta los billetes una vez más, en silencio, pasándolos de un dedo a otro, con una sonrisa que apenas le mueve la comisura. Cuando termina los dobla, los guarda y mira por el espejo retrovisor la calle vacía detrás de ella.
Arranca y se va.
Dentro del banco, el cajero joven despega un pósit amarillo del taco y escribe Puente — Coastal Savings . Lo pega en el borde del monitor, por la parte de dentro, donde la compañera no alcanza a leerlo. A media mañana lo despega, lo dobla en dos y se lo guarda en el bolsillo de la camisa.