CAPÍTULO 7
La placa es de latón y tiene el nombre de la calle y el año grabados en la parte superior con una tipografía que intenta ser elegante.
La entrega la señora Hoffman, presidenta de la asociación de vecinos, que lleva el pelo cardado con una laca que se huele desde dos metros y que ha preparado unas palabras breves pero que en la práctica no lo son tanto.
—El jardín de nuestra querida vecina, Dorothea —dice, con un tono grandilocuente que más parece una declamación y una mano extendida hacia las flores que se reparten a lo largo del jardín delantero— es un ejemplo de lo que se puede conseguir con dedicación y con amor por el entorno.
Y la señora Puente lleva años demostrándonos que eso no es una frase hecha.
Hay unos doce vecinos congregados en la acera, algunos con café en vaso de cartón, otros simplemente con las manos en los bolsillos. Aplauden. Dorothea recibe la placa con las dos manos y una inclinación de cabeza a medio camino entre la reverencia y la modestia.
El jardín, hay que reconocerlo, es hermoso.
Las flores bordean el camino de entrada en dos hileras simétricas, con los colores distribuidos de una forma que parece casual y no lo es.
El césped está cortado con una precisión que los jardines de los vecinos contiguos no tienen, y los setos que bordean la casa están mullidos y bien aireados, con la tierra oscura y removida, trabajada con regularidad.
Junto a la valla del fondo hay tres rosales que en primavera deben ser considerables, y entre ellos y la casa una zona más amplia con la tierra especialmente trabajada, más profunda, más cuidada que el resto.
—¿Cómo lo hace? —pregunta una mujer desde el grupo, con el café en la mano—. El mío no hay manera. Las petunias me duran dos semanas y se mueren.
—La tierra —dice Dorothea, con la placa todavía entre las manos—. Todo depende de la tierra. Hay que trabajarla bien, airearla, darle profundidad. Una planta necesita espacio debajo para crecer arriba. Si la tierra está compacta y sin nutrientes, por mucho que riegues no vas a conseguir nada.
La mujer del café asiente con la seriedad de quien está tomando nota mental.
—¿Y abono?
—Abono orgánico. —Dorothea señala los setos con un gesto amplio—. Lo mejor que puedes hacer por la tierra es devolverle lo que es suyo. La naturaleza es muy sabia en ese sentido: sabe aprovechar lo que tiene debajo.
La señora Hoffman fotografía la placa junto a Dorothea con una cámara desechable que le pasa a un vecino para que les haga la foto. El vecino tarda en encontrar el botón y Dorothea espera, tranquila, con las flores al fondo y el jardín extendiéndose detrás de ella hasta la valla.
—Tiene que venir a ver el mío —dice otro vecino, un hombre de bigote gris que vive tres puertas más abajo—. A ver si me dice qué le pasa a la lavanda, que no levanta.
—Cuando quiera. —Dorothea le sonríe—. La lavanda es cuestión de drenaje. Si el agua se queda estancada en las raíces no hay nada que hacer. Hay que asegurarse de que el agua baja y que debajo hay espacio.
El hombre del bigote asiente, convencido.
Un niño se suelta de la mano de su madre y echa a correr por el césped hacia el fondo del jardín.
Dorothea llega antes que nadie: se agacha a su altura, se interpone con una sonrisa, le tiende un caramelo y lo devuelve hacia la acera con una palabra amable sobre las espinas de los rosales.
La madre se lo agradece con las manos en alto, avergonzada.
Alguien ha traído un bizcocho envuelto en papel de aluminio que circula entre los presentes cortado en trozos irregulares.
La señora Hoffman dice que el año que viene habrá que organizar algo más formal, quizás una pequeña fiesta en el parque, con más vecinos.
Dorothea lo celebra añadiendo que le parece una idea estupenda, que estas cosas unen a la comunidad, que uno no sabe lo que tiene hasta que se detiene a mirarlo.
La reunión se deshace despacio, como se deshacen estas cosas, sin un momento concreto en que acabe: la gente se va marchando de a poco hasta que solo quedan tres o cuatro, después dos, después ninguno.
Dorothea entra en casa con la placa bajo el brazo.
La deja sobre la mesa del recibidor, junto a las llaves y al jarrón con las flores que cambia cada semana, y la contempla antes de ir a la cocina. Después la coge de nuevo y la lleva al salón, donde la apoya contra la pared debajo de la ventana, en el sitio donde le da la luz de la tarde.
Desde ahí se ve el jardín.