CAPÍTULO 6
La cocina de la residencia tiene una mesa larga con seis sillas y una ventana que da al jardín delantero.
Judith se sienta en el lado que da a la puerta y deja el bloc abierto sobre la mesa.
A su lado, el señor Warren, su supervisor, tiene las manos entrelazadas encima de una carpeta y todavía no ha abierto la boca.
Dorothea los ha instalado aquí con café y la hospitalidad de siempre, y ahora está al fondo, apoyada en la encimera, con las manos cruzadas sobre el delantal.
Lo bastante cerca para oírlo todo y lo bastante lejos para que nadie pueda decir que interfiere.
Judith se fija en una silla apartada junto a la ventana; Dorothea cruza la cocina, la arrima a la mesa sin que nadie se lo pida y vuelve a su sitio.
James Gallop entra el primero. Es un hombre de hombros caídos y voz pausada que se sienta con cuidado, como si la silla pudiera no aguantarle.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a Bert Montoya? —pregunta Judith después de hacer una breve introducción.
—Pues… —James mira al techo—. La semana antes de que se fuera. Desayunamos juntos. Estaba bien, contento. Me dijo que tenía familia en México y que llevaba tiempo queriendo visitarles.
—¿Él se lo dijo directamente?
—Sí. Bueno. —Se pasa la mano por la barbilla—. O lo comentó en la mesa. No recuerdo exactamente.
Judith anota. Warren no anota nada.
Vera Faye Martin entra después, con un bastón que maneja con más soltura de la que aparenta necesitar. Se sienta, acomoda el bastón contra la mesa y responde antes de que Judith termine la pregunta.
—Bert estaba bien. Contento de ir a ver a su familia. Llevaba tiempo hablando de México.
—¿Con usted hablaba de eso?
—Con todos. Lo comentaba.
—¿Recuerda cuándo?
Vera Faye Martin lo piensa el tiempo justo.
—La semana antes de irse.
Al terminar, sus ojos van un instante hacia el fondo de la cocina, donde la sombra de Dorothea cae sobre el linóleo.
Judith no levanta la vista del bloc pero la mano le vacila sobre el papel antes de seguir escribiendo.
Leona Carpenter entra sin llamar y arrastra la silla antes de sentarse, sin ceremonias.
Responde con monosílabos al principio, después con frases cortas, y la historia que cuenta es la misma: Bert bien, México, familia, la semana antes.
También ella mira un instante hacia el fondo de la cocina antes de callarse.
Judith cierra el cuaderno y suelta el aire por la nariz. Tres versiones, y las tres cabrían en la misma frase. Falta una voz. Vuelve a abrir el cuaderno.
—Señora Puente, ¿puedo hablar un momento con John Sharp?
Dorothea, desde la encimera, dice que por supuesto, que ahora mismo lo llama. Desaparece por el pasillo y vuelve dos minutos después con John, que entra con su abrigo mal abotonado aunque están en interior y que saluda a Judith con un gesto de reconocimiento cuando la ve.
—John. —Judith le recibe con una cálida sonrisa y le señala la silla—. Gracias por hablar conmigo otra vez.
John se sienta. Mira la mesa. Mira de reojo a Dorothea. Mira a Judith.
—Es sobre Bert —empieza Judith—. ¿Cómo lo notaba usted los últimos días antes de que se fuera?
John abre la boca. La cierra. Los dedos se le aferran al borde de la mesa y se sueltan.
—Estaba bien —dice, y traga saliva—. Estuvo toda la semana muy contento hablando de su viaje a México.
—¿Y no ocurrió algo fuera de lo habitual antes del viaje? —interrumpe Warren.
—Bueno. El día antes… el día antes estuvo todo el día en la cama. Yo pensé que estaba malo de verdad, porque Bert nunca se quedaba en la cama. Nunca. Tenía que estar muy mal para no bajar a desayunar.
El señor Warren escribe algo por primera vez: cama , y lo subraya dos veces con la tapa del bolígrafo entre los dientes.
Judith no mira a Dorothea. Pero en el reflejo de la ventana que da al jardín, ve que Dorothea ha dejado de tener las manos cruzadas sobre el delantal. Las tiene ahora extendidas sobre la encimera, planas, y ha bajado la cabeza un centímetro.
—¿Y al día siguiente se fue? —dice Judith.
—Sí. —John asiente—. Por la mañana ya no estaba.
Judith anota con más calma de la que siente, y cuando levanta la vista Dorothea ya ha vuelto a cruzar las manos sobre el delantal y tiene la cara de siempre, algo apenada.
—Gracias, John, ha sido usted muy amable —le despide Judith.
John se levanta, arrastra la silla de vuelta a su sitio por costumbre y sale de la cocina sin decir nada más. Antes de llegar a la puerta se detiene, como si hubiera recordado algo, pero no se gira y sigue andando.
Dorothea acompaña a Judith y al señor Warren hasta la puerta principal. Ninguno de los dos se ha terminado el café.
—Si necesitan hablar con alguien más —dice, con la mano en el pomo—, no tienen más que decirlo.
—Se lo haremos saber —dice Warren.
En la calle, cuando la puerta se cierra detrás de ellos, Judith camina hasta el coche sin hablar. Warren la alcanza.
—La semana antes —dice él, en voz baja.
—Los tres —dice Judith—. La semana antes. Contento. México. Familia… Parecían loros.
Warren abre la puerta del coche.
—Y sin embargo, ninguno de los tres se acordaba de la cama.
Judith se sienta, cierra la puerta y mira la fachada de la residencia a través del parabrisas. Las ventanas del salón tienen las cortinas corridas aunque es mediodía.
—¿No es extraño?