CAPÍTULO 5
La parroquia de San Miguel huele a cera y a madera vieja, a incienso y a humedad, ese olor que tienen las iglesias independientemente de su tamaño y de la ciudad en que estén, como si el olor fuera parte del inventario junto con los bancos y las vidrieras.
Dorothea entra por la puerta lateral con dos bolsas grandes de papel, una en cada mano, y las deja en el suelo del vestíbulo con el cuidado que se reserva a lo frágil.
El padre Keller aparece desde el fondo con esa prisa tranquila que tienen los curas cuando vienen a recibir algo. Tiene las manos manchadas de la tinta de contar donativos y un puño de la sotana raído; detrás de él, sobre una mesa, hay cajas de cartón con rótulos: Abrigos , Niños , Varios .
—Señora Puente. —Le tiende la mano y se la estrecha con las dos suyas—. Siempre tan puntual.
—No tiene ningún mérito. —Dorothea señala las bolsas con un gesto modesto—. Son cosas que había acumulado. Ropa de invierno, algunas cosas de uso. Pensé que aquí podrían aprovecharlas mejor que yo.
El padre Keller se agacha y abre la primera bolsa con la soltura de la costumbre. Saca un jersey azul marino de hombre, talla grande, en buen estado. Después una camisa de cuadros, doblada con precisión. Después un pantalón de pana que casi parece nuevo.
—Son de caballero —observa.
—De un inquilino que se marchó —dice Dorothea—. Se fue tan deprisa que dejó casi todo. Ya sabe cómo son estas cosas, uno se va y no piensa en lo que deja atrás.
El padre Keller asiente y sigue revisando.
En el fondo de la segunda bolsa hay un par de zapatos negros de cordones, con la suela apenas desgastada, envueltos en papel de periódico.
Al lado, una funda de gafas de leer de plástico marrón con las gafas dentro, de esas con el cristal grueso y la montura redonda.
Y debajo, un reloj de pulsera con la correa de cuero, sin estuche, envuelto en un pañuelo doblado.
—Esto también lo dejó —dice Dorothea—. Me dio pena tirarlo. Son cosas que todavía sirven.
Keller le da la vuelta al reloj. En el dorso de la caja hay unas iniciales y una fecha grabadas; las lee, las tapa con el pulgar y no comenta.
Desde el interior de la parroquia llega una voz delgada y con prisa.
—¿Es la señora Puente?
Una mujer pequeña y de pelo completamente blanco aparece por el pasillo lateral limpiándose las manos en el delantal, con una sonrisa que ocupa más espacio que ella misma. Es de esas mujeres que parecen haber nacido en una parroquia y que consideran cualquier otro entorno una situación provisional.
—¡Sabía que era usted! —Le coge las manos a Dorothea sin pedirle permiso—.
La reconocí por la voz. Siempre viene con esas bolsas tan grandes, siempre tan cargada.
Padre, ¿le ha dicho ya lo del abrigo del mes pasado?
Lo rifamos en la tómbola benéfica y la ganadora lloró de emoción cuando se lo pusieron.
—Me alegra mucho —dice Dorothea, y lo dice con una calidez que no se resquebraja.
—Usted es de las pocas personas que vienen de forma regular —dice el padre Keller, apilando la ropa con cuidado—. Y siempre trae cosas en buen estado, no como otros que traen lo que ya no sirve para nada.
—Uno tiene la suerte de poder ayudar. —Dorothea recoge las bolsas vacías y las dobla—. Y además me quedo más tranquila sabiendo que las cosas se aprovechan. En mi casa hay mucha gente que viene y va. Siempre queda algo.
La mujer del delantal la acompaña hasta la puerta lateral con el brazo casi rozando el suyo, contándole lo de la tómbola benéfica con más detalle del necesario, y Dorothea la escucha sin mirar el reloj ni una vez.
En el vestíbulo, los zapatos negros de cordones siguen sobre la mesa, con la suela casi sin desgastar mirando hacia arriba.
El padre Keller los envuelve de nuevo en el papel de periódico y los pone aparte.