CAPÍTULO 4
El expediente de Bert Montoya tiene dieciséis páginas y Judith las conoce todas.
No de memoria, no exactamente, pero las ha leído suficientes veces y en días suficientemente distintos como para que el texto haya empezado a parecerse a una persona.
La fecha del primer contacto, el centro donde lo conoció, la letra apretada de sus propias notas en los márgenes.
Bert no era un expediente fácil de cerrar y tampoco había sido fácil de abrir, porque Bert desconfiaba de los formularios y de las preguntas, de cualquier cosa que implicara sentarse frente a alguien con un bolígrafo en la mano.
Lo que no le costaba era hablar, cuando se fiaba. Y Bert se había fiado de Judith bastante antes de lo que ella esperaba.
Le había contado que de pequeño vivió en varios sitios distintos y que ninguno de ellos le había parecido un hogar del todo.
Que le gustaban los girasoles porque eran las flores más honradas que conocía, que crecían hacia donde había luz sin disimular que eso era lo que estaban haciendo.
Que a veces se perdía en mitad de una frase y no recordaba por dónde había empezado, y que eso le daba una vergüenza enorme aunque Judith le dijera que no tenía ninguna importancia.
Que la casa de Dorothea era lo más parecido a un sitio estable que había tenido en años, y que la señora Puente era muy buena persona, que se ocupaba de todo y que la comida era mejor que en cualquier otro sitio donde había estado.
Judith había anotado eso último con una letra algo más grande que el resto, sin saber muy bien por qué.
Judith conduce en segunda por la calle que bordea la residencia, con la ventanilla entreabierta y el expediente en el asiento del copiloto.
Al pasar frente a la casa ve, junto a los setos, una carretilla volcada y tierra fresca, oscura, sobre la hierba helada.
Frena un segundo, no más. Piensa en una frase del margen de una de las páginas, escrita con su propia letra hace años: Bert no usa tarjeta.
Prefiere ir a la ventanilla, con alguien.
La subrayó entonces sin saber para qué. Un hombre que necesita compañía para sacar veinte dólares no cruza un país y vuelve tres días después sin pasar por su despacho.
Para el coche. Necesita la medicación de otro cliente y la farmacia más cercana está a una manzana.
La farmacia tiene las paredes blancas y un expositor de cremas solares junto a la puerta que lleva ahí desde el verano anterior. Judith coge un número y espera de pie, repasando mentalmente la lista, cuando escucha una voz conocida pidiendo disculpas a alguien por haberle rozado el codo sin querer.
John Sharp está en la cola de al lado, con una bolsa de plástico colgada del antebrazo y el abrigo mal abotonado, uno de esos abrigos marrones que parecen haber pertenecido a alguien más grande.
Es un hombre de pelo blanco escaso y movimientos cautelosos, de los que miran dos veces antes de dar un paso, y Judith lo reconoce de alguna ocasión en que había estado en la residencia y él había abierto la puerta antes de que Dorothea llegara.
—John. —Se acerca despacio para no asustarle—. Judith Moise. Nos conocimos en casa de la señora Puente.
Él la mira un momento, calibrando.
—La recuerdo —dice—. La asistente social de Volunteers of America.
—La misma. ¿Cómo está usted?
—Tirando. —Se encoge de hombros—. Las rodillas no van bien pero el resto aguanta.
Judith sonríe y hace una ronda de preguntas de cortesía: la vida en la residencia, si la señora Puente sigue haciendo sus maravillosos pasteles, si el invierno se le está haciendo largo… John responde con monosílabos al principio y después con algo más.
—¿Sabe algo de Bert? —dice Judith, cuando la conversación ya ha rodado lo bastante para que la pregunta no parezca el motivo de todo.
John niega con la cabeza.
—Se fue —dice, y mira el mostrador—. La señora Puente dijo que a México.
—¿Usted lo vio marcharse?
—No. Un día estaba y al siguiente no. —Arruga levemente el entrecejo, intentando recordar algo que no le pareció importante en su momento—. Bert no dijo nada. Nosotros nos enteramos por ella.
Llaman el número de John en el mostrador y él levanta la mano y da un paso hacia delante. Judith recoge su bolsa pero no se mueve todavía.
—John, una cosa —dice, ya con la bolsa en la mano—. ¿Ha notado algo diferente en la señora Puente últimamente?
Él se detiene y se lo piensa.
—La noto cansada —dice al fin—. Se levanta muy temprano. A veces antes del amanecer. Uno la oye desde el cuarto.
—¿Y eso? ¿Por qué?
—Trabaja en el jardín. —Se encoge de hombros—. Cavando, removiendo tierra. Yo pensé que estaría plantando algo para la primavera.
Le llaman por segunda vez y John se gira hacia el mostrador con su bolsa y su abrigo mal abotonado y sus rodillas que no van bien, sin darle más importancia al asunto.