El jardín de la calle F CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

En el banco hace frío. El aire acondicionado zumba sobre una moqueta gris que ha perdido el dibujo camino de las ventanillas, y en el mostrador de la esquina un bolígrafo cuelga de una cadenilla de bolitas, sin nadie que lo use.

Dorothea espera su turno con el bolso en el antebrazo y el sobre pegado al pecho.

Avanza cuando la cola avanza, un paso corto, otro, sin mirar el reloj de pared que todos los demás miran.

Cuando le toca, el cajero la reconoce antes de que ella llegue a la ventanilla.

—Señora Puente. —Sonríe con la familiaridad de las caras conocidas—. ¿Cómo está usted hoy?

—Muy bien, gracias, Robert. —Dorothea deja el sobre en el mostrador y lo desliza hacia él—. El cheque del señor Fink. El de este mes.

El cajero lo saca del sobre, le echa un vistazo y empieza a teclear; la alianza, demasiado ajustada, golpea las teclas, y junto al monitor hay una taza con las iniciales R. H.

—¿Sigue igual el pobre?

—Lo mismo. —Dorothea abre el bolso y saca un bolígrafo, el de la suerte, que usa para las firmas—. Los médicos dicen que estos procesos son lentos. Hay que tener paciencia.

—Claro, claro. —El cajero teclea sin levantar la vista—. Suerte que tiene a alguien como usted para ocuparse de estas cosas. No todo el mundo tendría esa dedicación.

Dorothea firma en la línea que él le señala con el dedo, sin dudar. No es su nombre, pero la letra se inclina hacia la derecha igual que la suya.

—Gracias —dice, y recoge los billetes que él le tiende.

—Hasta el mes que viene, señora Puente.

—Hasta el mes que viene.

Sale a la calle. La luz le da de frente y entrecierra los ojos hasta que se adaptan. Cruza hacia la acera de enfrente con pasos cortos y medidos, el bolso bien sujeto, y regresa a casa.

La residencia está en el 1426 de la calle F, en una manzana de viviendas victorianas que se construyeron cuando Sacramento todavía quería parecerse a San Francisco y que con los años se han ido partiendo en apartamentos, consultas de dentista y pensiones.

La de Dorothea no es de las que mejor se conservan: dos plantas de tablones de madera pintados de gris perla, molduras blancas en los aleros, un tejado a dos aguas muy inclinado que remata la fachada en punta y ventanas altas y estrechas, de guillotina, con las cortinas siempre corridas en el piso de abajo.

Al porche se sube por cinco escalones de madera, y allí esperan dos sillas de mimbre y una barandilla de balaustres torneados recién barnizada.

Delante, tras una valla baja, el jardín: los setos recortados a escuadra y las flores en hileras tan rectas que parecen plantadas con un cordel.

Judith llega a media tarde.

Dorothea la ve desde la ventana de la cocina antes de que ella llegue a la puerta: un coche discreto que aparca junto al bordillo, y una mujer que sale de él con el bloc y el bolígrafo ya en la mano, como si hubiera estado tomando notas durante todo el trayecto.

Es de complexión media, con el pelo oscuro recogido sin demasiado cuidado y zapatos planos, de los que aguantan el día entero.

Camina hacia la puerta con paso directo, sin detenerse a mirar la fachada ni el jardín, lo que le dice a Dorothea que esta visita no es de cortesía.

Abre la puerta antes de que llame.

—Señorita Moise. —Una sonrisa cálida, los brazos ligeramente abiertos—. Qué sorpresa. Pase, pase.

—Gracias. —Judith no pasa—. Si no le importa prefiero quedarme aquí, no le robo mucho tiempo.

Por la puerta entornada sale el olor del horno, mantequilla y azúcar tibios. Judith lo respira y se queda justo donde acaba la alfombrilla.

Dorothea sostiene la puerta un momento y después la deja ir, sale al porche y se sienta en la silla de mimbre que hay junto a la pared, con la espalda recta y las manos sobre el regazo. Judith se queda de pie, con el bloc abierto.

—He recibido una notificación del banco —dice Judith, y su voz tiene el mismo tono profesional de siempre, neutro, sin filo aparente—. La prestación de incapacidad de Bert fue retirada en persona hace tres días. En esta ciudad.

—Ah. —Dorothea la mira con una expresión de ligera sorpresa—. Pues no sabía que había vuelto.

—¿No le avisó?

—No. Bert no siempre avisaba.

Judith anota algo. Dorothea no intenta ver qué y opta por bajar la vista hacia sus uñas, cortas, sin esmalte.

—Según me dijo usted, Bert estaba en México con su familia.

—Eso es lo que me dijo a mí.

—Pero si ha retirado dinero aquí, o no fue nunca a México, o ha vuelto sin decírselo a nadie. —Una pausa breve—. ¿Ninguna de las dos cosas le parece extraña?

—La segunda, sí —dice Dorothea—. Bert era impredecible, ya lo sabe. Pero si ha vuelto y no ha pasado por aquí es porque habrá encontrado otro sitio donde quedarse. No sería la primera vez que alguien se marcha sin dar explicaciones.

Judith levanta la vista del bloc.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—La tarde que se fue. Le deseé buen viaje y cerré la puerta. —Dorothea junta las manos sobre el regazo—. Ojalá pudiera decirle más, de verdad. Bert me importaba. Me preocupa no saber nada de él. —Hace un mohín.

Judith cierra el bloc con el bolígrafo dentro, marcando la página.

—Si aparece por aquí, o si recibe cualquier noticia suya —dice—, necesito que me llame ese mismo día. No cuando pueda. Ese mismo día.

—Por supuesto.

—¿Tiene mi número?

—Lo tengo.

Judith guarda el bloc en el bolso y da un paso hacia las escaleras del porche. Se detiene.

—Una cosa más. —Se gira a medias—. ¿Hay alguien en la casa que haya hablado con Bert antes de que se fuera? ¿Algún residente que recuerde algo?

Dorothea la mira con expresión calmada.

—Puede preguntarles si quiere. Pero Bert era reservado. No creo que le contara sus planes a nadie. Me lo habrían dicho.

Judith asiente una sola vez, baja los escalones y camina hacia el coche sin volverse. Dorothea la observa desde el porche hasta que el coche desaparece al final de la calle. Después entra, cierra la puerta con cuidado y permanece en el recibidor, en silencio, con la mano todavía sobre el pomo.

Por la ventana lateral entra la luz de la tarde, larga y horizontal, y cruza el suelo del salón hasta llegar casi a sus pies.

Dorothea se aparta de la puerta. Desde la cocina llega el roce de una silla contra el linóleo.

—¿Otra vez la de Bert? —pregunta Betty.