El jardín de la calle F CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El tocador tiene tres cajones y Dorothea los abre cada mañana en el mismo orden.

El primero: la base de maquillaje, el polvo compacto, el pincel ancho de cabello natural que compró hace años y que sigue siendo el mejor que ha tenido.

El segundo: los lápices, las sombras, el rímel que ya casi no usa.

El tercero: los complementos que no son maquillaje pero que van aquí porque no tienen otro sitio donde ir.

El tocador está pegado a la ventana, para aprovechar la luz, y en el armario entreabierto una percha vacía se balancea todavía.

Se sienta frente al espejo con la espalda recta y estudia su cara con la atención que se presta a cualquier trabajo antes de empezar.

Tiene la piel bien conservada para su edad, los pómulos altos y la mandíbula todavía definida.

Rasgos que en otra época, con otra ropa y otro pelo, habrían contado una historia completamente distinta.

Empieza por la base. La extiende con los dedos, con cuidado, pero no hacia las zonas que iluminan: hacia las que ensombrecen.

Las cuencas de los ojos, los surcos que bajan desde la nariz, el contorno de la boca.

El polvo va encima, sin brillo, mate como una piel que ya nadie cuida.

Después el lápiz de ojos, muy suave, difuminado hacia fuera hasta que los párpados parecen pesarle.

Se inclina un poco hacia el espejo.

Coge el rímel y lo usa al revés: en vez de separar las pestañas, las apelmaza. Lo hace con calma: una pestaña, luego otra, sin corregir ninguna.

Abre el tercer cajón.

Las lentillas van en un estuche azul pequeño que guarda en el fondo, debajo de un pañuelo doblado.

Se las quita con la práctica de los años, primero la derecha, después la izquierda, y las deposita en el líquido conservante y cierra el estuche.

Después coge las gafas. Son de montura grande, de pasta marrón con el borde superior más oscuro, con unos cristales graduados para otros ojos que le emborronan los bordes de las cosas y le dejan la mirada despistada.

Se las pone.

Se mira.

En el espejo hay una mujer de pelo gris, de movimientos pausados, de mirada amable y un poco cansada. Una mujer que podría ser la abuela de cualquiera, que da ganas de ayudarla a cruzar la calle o de ofrecerle el asiento en el autobús. Nada que ver con la que se sentó aquí hace veinte minutos.

Dorothea ladea la cabeza, comprueba el ángulo, y asiente una sola vez.

Entonces suena el teléfono.

Lo deja sonar dos veces antes de levantarse. Camina hacia la mesa de noche con pasos cortos, ligeramente encorvada, y descuelga el auricular.

—Residencia. Dígame.

—Señora Puente, buenos días. Soy Judith Moise, hablamos la semana pasada. —Una pausa breve, profesional—. Llamo porque el hospital de seguimiento de Bert Montoya me ha contactado. Tenía una cita programada para el martes y no se presentó. Nadie les ha notificado ningún cambio.

Dorothea vuelve al tocador con el auricular pegado a la oreja. El cable es largo y llega sin dificultad. Se sienta frente al espejo y coge el cepillo del pelo, ese de cerdas naturales que también compró hace años, y empieza a pasárselo mientras escucha.

—Entiendo su preocupación —dice—. De verdad que sí. Pero Bert se marchó antes de esa cita. No creo que supiera que la tenía.

—Bert sabía perfectamente que la tenía. Yo misma se la recordé.

Una cepillada. Otra.

—Pues entonces se le olvidó. Ya sabe cómo estaba Bert, señorita Moise. No era un hombre muy organizado que digamos.

—¿Tiene alguna forma de contactarle en México? ¿El nombre de algún familiar, una localidad?

Dorothea deja el cepillo sobre el tocador y abre el segundo cajón. Busca el lápiz de cejas, el marrón claro, y lo sostiene en la mano sin usarlo todavía.

—Me temo que no, ya se lo dije la semana pasada, ¿no lo recuerda? —dice—. Bert no me dio detalles. Vino a despedirse, recogió sus cosas y se fue. Yo no soy su tutora, señorita Moise. Soy la persona que le daba un techo.

Silencio al otro lado. Al fondo, el tecleo de alguien que no es Judith.

—Comprendo —dice Judith, y su voz no comprende nada—. Pero entenderá que me resulta difícil cerrar su expediente sin tener ninguna forma de verificar que está bien.

—Por supuesto que lo entiendo. —A Dorothea se le quiebra un poco la voz—.

Mire, yo también echo de menos a Bert. Era un hombre bueno y me preocupaba por él.

Si hubiera sabido que se iba a marchar así, le habría pedido que me dejara un número.

Pero uno no puede obligar a las personas a quedarse, ¿verdad?

Una pausa.

—No —dice Judith, más despacio—. No puede.

—Si tengo noticias suyas se lo hago saber inmediatamente. Tiene mi palabra.

Cuelga.

Mira el espejo. La mujer del reflejo le devuelve una mirada tranquila, ligeramente cansada, con las gafas de montura marrón y el pelo gris perfectamente peinado.

Dorothea coge el lápiz de cejas y termina lo que había empezado.

Trazo suave, pelo a pelo, hacia arriba y hacia afuera, siguiendo la línea que hace que las cejas parezcan más escasas, más despobladas, más de alguien que ya no presta demasiada atención a esas cosas.

Cuando termina cierra el segundo cajón.

Abre el primero, guarda el lápiz donde no corresponde y lo deja ahí.