CAPÍTULO 1
El pastel de limón lleva cuarenta minutos en el horno y la cocina huele a mantequilla y al azúcar quemado en los bordes del molde, ese olor que Betty Palmer dice que es el mejor del mundo y que Dorothea no corrige porque Betty Palmer dice muchas cosas y corregirlas todas sería un trabajo de jornada completa.
—Va a quedar demasiado oscuro por los lados —dice Betty desde su silla, con las gafas colgadas del cordón sobre el pecho y los brazos cruzados sobre el delantal, mirando el horno como si pudiera ver a través de la puerta metálica.
—No va a quedar oscuro.
—El de la semana pasada quedó oscuro.
—El de la semana pasada lo sacaste antes de tiempo, así que dudo que estuviera demasiado oscuro.
Betty abre la boca, la cierra, y vuelve a mirar el horno. Es una mujer menuda y de movimientos lentos que tiene la costumbre de llevar la contraria en las cosas pequeñas y ceder en las grandes, lo cual, en opinión de Dorothea, es justo al revés de como deberían hacerse las cosas.
Dorothea se seca las manos en el paño de cocina y comprueba la hora.
Falta poco. Cuando el pastel salga del horno necesitará enfriar al menos veinte minutos antes de poderlo glasear y, si Betty sigue sentada ahí, va a opinar sobre el glaseado también, sobre si es demasiado dulce o demasiado líquido o demasiado algo, porque Betty siempre encuentra el demasiado en las cosas que hace otra persona.
El teléfono suena.
Un timbrazo metálico que llena la cocina. Dorothea descuelga el auricular de la pared, junto a los armarios, y estira el cable hacia el centro de la cocina.
—Residencia. Dígame.
—Buenas tardes. —La voz al otro lado es profesional y tranquila—. Soy Judith Moise, de Volunteers of America. Llamo por Alberto Montoya. Bert. Quería saber cómo está, hace unos días que no consigo hablar con él.
Dorothea gira levemente el cuerpo, un cuarto de vuelta, de modo que queda de espaldas a Betty y de frente a la ventana. El cable cae en diagonal desde la pared hasta su mano. Al fondo del jardín, junto a la valla, hay un rectángulo de tierra oscura y recién rastrillada entre los rosales sin hojas.
—Bert se marchó —dice—. Hace cosa de una semana. Se fue a México a ver a su familia.
Un silencio breve al otro lado. Se oye el roce de un bolígrafo sobre el papel.
—¿A México?
—Así es. Fue una decisión bastante repentina, ya sabe cómo son estas cosas. Un día te dice que tiene familia allá y al siguiente ya está haciendo la maleta.
Dorothea da unos pasos hacia el salón, estirando el cable, poniendo distancia entre su voz y la cocina.
En el salón, el televisor sigue encendido sin sonido y James Gallop dormita en el sillón con el periódico abierto sobre el regazo.
De un brazo del sofá cuelga el bastón de Vera Faye Martin, y sobre la mesita espera, a medio terminar, el crucigrama de Dorothy Miller.
Desde donde está, Dorothea puede ver a Betty, que ha dejado de mirar el horno y la está mirando a ella de reojo.
—¿Le dejó algún número de contacto? —pregunta Judith—. ¿Alguna dirección donde pueda localizarle?
—Me temo que no. —Dorothea baja un poco la voz—. Bert no era muy dado a los detalles prácticos, como usted sabe mejor que nadie. Se despidió, recogió sus cosas y se fue. Le deseé buen viaje.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—De acuerdo —dice Judith—. Si tiene noticias suyas, ¿le importaría llamarme? Tengo pendiente una revisión con él y me gustaría saber que está bien.
—Por supuesto. Tiene mi palabra.
Cuelga. Mantiene la mano sobre el auricular, sin moverse, mirando por la ventana el trozo de calle que se ve desde ahí, los coches aparcados, una anciana regando las flores de su jardín, nada en particular.
Después enrolla el cable con cuidado, como si hubiera que dejarlo ordenado para la próxima vez, y vuelve a la cocina.
Betty no ha vuelto a mirar el horno.
—¿Era por Bert? —pregunta, con una naturalidad que no acaba de serlo del todo.
—Una trabajadora social. —Dorothea deja el auricular en su sitio y abre el cajón de los utensilios para sacar la espátula del glaseado—. Quería saber cómo estaba.
—¿Y le has dicho lo de México?
—Le he dicho lo de México.
—Bert no tenía maleta —dice Betty, sin levantar la vista de sus manos.
—Pues se llevaría una bolsa.
Betty no dice nada más. Sus manos pequeñas han encontrado los bordes del delantal y los aprietan sin que ella parezca notarlo. Dorothea les echa una mirada breve y vuelve a la espátula.
El temporizador del horno suena.
—Ya está —dice Dorothea, y abre la puerta del horno sin dejar de mirar a Betty.