El jardín de la calle F
© inepub.com
PRÓLOGO
La pluma se mueve despacio sobre el papel, con una caligrafía inclinada hacia la derecha de una forma ligeramente forzada, la de alguien que lleva décadas practicando cómo debe verse su letra.
Las manos son las de una mujer mayor que ha trabajado mucho, con los nudillos pronunciados y las venas visibles bajo una piel que ya no se tensa del todo.
Precalentar el horno a ciento setenta y cinco grados. Mezclar la mantequilla con el azúcar hasta obtener una crema pálida.
Tacha pálida . La sustituye por suave . Suave suena mejor, tiene una connotación más amable que no asusta a nadie.
Sobre la mesa, una fotografía suya, antigua, en blanco y negro, sujetando un pastel de limón con el glaseado resbalando por los costados. Dorothea la estudia con la cabeza ligeramente ladeada. La fotografía irá al lado derecho de la hoja, los ingredientes a la izquierda.
Por la ventana alta y estrecha —que no da a ningún paisaje en particular, solo a otro muro y, más arriba, a un trozo de cielo de color ceniza— alguien grita un nombre que no es el suyo.
Ella no levanta la vista. Cataloga los ruidos del pasillo sin apartar los ojos del papel y no les dedica ni un segundo más.
Añadir los huevos de uno en uno. Sin prisa. La prisa arruina la textura.
Un golpe lejano y sordo rompe su concentración. Se queda un instante con la pluma suspendida sobre el papel y, casi sin querer, subraya Sin prisa .
Después reordena las fotografías que suele guardar en una caja de puros habanos, vieja y oxidada: el pastel de limón primero, una tarta de nueces después, algo con frutas del bosque que no acaba de convencerla más atrás. Medita un segundo y coloca la de las frutas del bosque al final.
El pasillo huele a detergente industrial y a algo que podría ser comida.
Hace tiempo que Dorothea no lo huele, igual que ha dejado de oír el murmullo constante de voces, puertas y pasos que no se detiene nunca.
Vuelve a la receta. Lee desde el principio, en silencio, moviendo apenas los labios.
Añade una coma. Quita otra. Deja cada palabra en su sitio y comprueba que no sobra ninguna.
—Puente.
La voz viene del pasillo, seca y sin inflexión.
—Recuento.
Dorothea deja la pluma sobre la mesa con cuidado, paralela al borde del papel, y se levanta. Recoge las fotografías, las apila, las pone boca abajo. Camina hacia la puerta.
Sobre la mesa queda el manuscrito abierto, la pluma, la fotografía del pastel de limón asomando por debajo del montón. Y en la esquina superior derecha de la última hoja, escritas con esa misma caligrafía que lleva años practicando, seis palabras que serán el título de su libro:
Cocinando con una asesina en serie