firgun #2
Así que nos levantamos, aunque mientras yo preparaba el café, él rebuscó en mi frigorífico algo para desayunar y sacó huevos y mantequilla, y tostó pan mientras comentaba que tenía poca comida en la casita.
—Me iba a marchar hoy —le recordé.
—Bueno, pues ya no —dijo, y observé a ese hombre del que me había enamorado en un jardín secreto mientras me preparaba huevos revueltos y tostadas, y pensé que podría acostumbrarme a eso.
Tenía algunas excentricidades que no le había visto en el jardín, como que cuando se quedaba quieto se balanceaba sobre un pie, o que tomaba el café con dos terrones de azúcar, o que comía más rápido que mi padrastro, una hazaña impresionante.
—Supongo que en esta relación la del café solo soy yo —murmuré, más para mí misma que para él, haciendo girar la Bola 8 Mágica entre las manos casi sin darme cuenta.
Él levantó una ceja y luego señaló la bola con la cabeza.
—¿Qué dice?
Casi se me cayó por culpa de los nervios.
—A ver..., bueno —balbuceé—. Es que esto es... —Bajé la mirada y vi que el dado daba vueltas y más vueltas—. Las señales apuntan a que sí —dije, aunque el dado todavía no había salido a la superficie. Levanté la mirada hacia la suya, para ver si él sentía lo mismo.
En respuesta, se inclinó por encima de la mesa y me besó.
—¿Te parece esto una respuesta?
—¡Creo que necesito que me lo digas más despacio! —exclamé y sentí su sonrisa más que la vi, mientras volvía a besarme sin pérdida de tiempo.
Nunca supe lo que dijo el dado, pero estoy segura de que ya sabía cuál era la respuesta de Harriett incluso sin él, porque, al fin y al cabo, ella me había llevado a esa casa en los acantilados. No tenía motivo para empezar a dudar de ella a esas alturas.
Lo agarré por el cuello de la camiseta cuando se apartó y lo besé de nuevo, solo porque podía hacerlo.
Porque me encantaba verlo a la luz de la mañana.
Me encantaba el rubor que se extendía por sus mejillas cada vez que lo pillaba desprevenido.
Me encantaba el destello de la luz del sol en su pelo cobrito.
Cosas que nunca habría visto de otra manera, si hubiera seguido encerrado en aquel jardín.
Su mirada tormentosa se volvió del color de un mar oscuro como el oporto.
—Cuidado. Puede que te eche al hombro y te lleve de vuelta a la cama.
—No me me amenaces con pasar un buen rato... —lo amonesté.
Él levantó una ceja con gesto desafiante e hizo ademán de acercarse cuando llamaron a la puerta. Volvió la cabeza con brusquedad y la miró enfurecido. Al otro lado, se oyó la voz de Oliver dándome los buenos días a gritos. Rus entrecerró los ojos.
Le di una palmadita en el pecho.
—Yo abro —dije y fui a recibir a Oliver, que apareció con dos cafés. Me miró a mí, luego miró a Cyrus y volvió a mirarme.
—¿Interrumpo algo? —preguntó.
—No —respondí mientras Rus se acercaba a mí y miraba los cafés.
—Somos tres —dijo.
—No sabía que te ibas a quedar a dormir —replicó Oliver y, para demostrar lo poco bienvenido que seguía siendo Rus, extendió un brazo para tirar el café de una taza al suelo, aunque luego decidió que no tenía sentido desperdiciar un café en perfecto estado y lo mezcló con el suyo, que estaba a medio beber—.
Ni siquiera me había dado cuenta de que os conocíais tan bien.
Rus y yo intercambiamos una mirada.
—Es complicado —dije.
Oliver asintió en silencio.
—Claro. Bueno, solo quería pasarme para despedirme y tal, ya que hoy es tu último día.
—El caso es que creo que quiero quedarme una temporada más —anuncié.
Eso pareció emocionarlo, pese a la presencia de Cyrus.
—¿En serio? ¡Estupendo! A Lilymoor le caes muy bien. A Eula también. Y a mí me caes bien. Bueno, ya sabes, no de esa manera, pero... tú ya me entiendes. Esto es incómodo y me voy. Cyrus —añadió con desagrado, y se alejó.
En ese momento, Rus salió al porche.
—A ver, ¿podrías esperar un segundo? Quiero pedirte perdón. Fue una tontería soltarte lo de los cambios en el testamento anoche en el Laberinto. Si no quieres heredar la propiedad...
Oliver se dio media vuelta al instante.
—Pues claro que quiero. O quería.
Rus arrugó el ceño mientras resoplaba sin entenderlo.
—Lo he pensado, ¿sabes? —siguió Oliver—. Me encanta Lilymoor, pero no quiero hacer esto solo. Nunca quise hacerlo, y lo sabes. Quiero hacerlo como habíamos planeado. Juntos. Quiero esa herencia. No esta que te has inventado.
En los labios de Rus apareció una sonrisa socarrona. Se rascó la barbilla.
—¿Incluida la montaña rusa o...?
—Podemos prescindir de la montaña rusa —contestó Oliver, aunque pareció costarle un poco tomar esa decisión—. Pero eso es lo que quiero. Y si... si te niegas, contrataré a un abogado. A uno mejor que tú.
Rus levantó una ceja con gesto desafiante, y Oliver le devolvió la mirada.
—No eres el único que es bueno en su lucrativo trabajo —añadió con sarcasmo—. Y creo que, dado que no me diste la oportunidad de asumir la mitad de la culpa del incendio, debo tener derecho a la mitad de la herencia... y solo a la mitad.
Era una decisión... sensata, supuse. A su manera.
Me removí incómoda, porque Rus no quería eso.
No quería tener nada que ver con Lilymoor.
Me estaba preparando para otra discusión, sin puños en esa ocasión a ser posible, cuando sentí que me rozaba el brazo con el suyo mientras fingía pensarlo. Me miró y me guiñó un ojo.
—Solo la mitad, entonces —dijo al tiempo que le tendía la mano—. Trato hecho.
Oliver se quedó mirándolo con la boca abierta un momento antes de recuperarse.
—¿En serio?
—Sí —respondió Rus—. A mí también me encanta este lugar, y ya estoy harto de castigarme por un sitio que no me guarda rencor. ¿Te parece bien?
Su amigo de la infancia miró la mano que le había tendido y, acto seguido, decidió abrazarlo en vez de estrechársela.
Rus le devolvió el abrazo con gratitud. Fue un abrazo enorme, aplastante, y el café de Oliver se derramó por el borde de la taza.
Me ofrecí a quitársela de la mano y volví al interior.
Tenían muchas cosas de las que ponerse al día.
Cuando por fin se separaron, Rus le preguntó mientras se hacía con la sudadera que yo había colgado en el perchero:
—¿Quieres ir a hablar con Eula?
—Sí, antes de que te acobardes —respondió Oliver, bajando del porche.
Rus se puso la sudadera. Era una de mis sudaderas extragrandes con el logo de la Universidad de Duke, que a mí me quedaba enorme y a él, sin embargo, le quedaba demasiado ajustada. Se la puso de todos modos y se calzó los mocasines.
—Lo siento. Debería haber vuelto antes. Es que...
—Lo sé —lo interrumpió Oliver—. Lo sé. Tenemos que ponernos al día de muchas cosas, pero ¿podemos empezar por ese corte de pelo? ¿Vas de abogado sórdido o algo así?
Rus se rio.
—Mira quién fue a hablar. ¿Has traído otra cosa que no sean camisetas con botones en el cuello?
—¿Me lo preguntas después de ponerte la sudadera de la universidad de tu novia?
—Estás celoso.
—La verdad es que no. Hacéis buena pareja. Vas a acabar comiendo de su mano.
Rus se rio.
—Lo sé. Y me muero de ganas.
Me apoyé en el marco mientras me bebía el café frío de Oliver y los veía alejarse por el sendero, cruzando el Puente de la Luna, aguzando el oído para seguir escuchándolos todo lo posible, hasta que los graznidos matutinos de Maldición ahogaron sus voces, aunque habría jurado que, antes de que enfilaran hacia el Laberinto, se estaban riendo.