El jardín de algún día firgun
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La fiesta del bicentenario duró hasta el amanecer, pero yo desde luego que no.

Hubo música y baile, y en algún momento Eula me miró desde el otro lado del Bosquecillo de los Sauces y se fijó de inmediato en la presencia de Cyrus a mi lado.

Me hizo un gesto de aprobación con el pulgar, que no tuvo nada de sutil.

Aparté la mirada al instante, fingiendo que el gesto no era para mí, pero ¿a quién quería engañar?

Eula era tan sutil como un camión de bomberos subiendo por la carretera.

Era casi medianoche, después de haber bailado y cantado al ritmo de la selección de canciones noventeras de Wykofski, y de ver que Juliette se enamoraba cada vez más de Oliver, cuando me encontré en los márgenes de la fiesta, contenta mientras la observaba.

Rus me vio, me acercó la boca a una oreja y me preguntó:

—¿Estás lista para que nos vayamos?

Y, con mucho gusto, me escabullí con él hacia la oscuridad de Lilymoor.

El camino de vuelta a la casita estaba iluminado por las luciérnagas, y quería grabarme en la memoria su imagen a la luz de la luna.

Las suaves líneas de su cara, el brillo de su pelo, el suave roce de sus dedos en la parte baja de mi espalda y su brazo entrelazado con el mío, tan seguro, firme y presente. Porque yo lo había salvado.

Sin embargo, creo que, de otras formas más sutiles, él también me había salvado a mí.

Lo siguiente que supe fue que estábamos en mi casita, cerrando la puerta, y su boca encontró la mía. Tropezamos y avanzamos a trompicones por el salón, donde lo empujé hacia el sofá, que crujió con su peso, y luego con el mío cuando me coloqué sobre él.

Me miró sin disimulos, desenfrenado.

—Ahí estás —susurré, porque era la expresión que le había visto tantas veces en el jardín, cruda, desnuda y apasionada. Me incliné sobre él y le pasé los dedos por esos preciosos rizos—. Ahí estás —repetí.

Mi Rus.

Me acarició la cara con las manos.

—Eres tan hermosa, Sophie...

Lo besé, saboreando sus palabras. A horcajadas sobre él, lo sentí... y, ¡Dios!, me encantaba que me deseara tanto. Me moví contra él, despacio.

—Sophie... —murmuró mi nombre como una plegaria—. Creo que...

Lo besé en una mejilla.

—¿Has pensado en mí? —lo provoqué.

Deslizó los dedos con suavidad por debajo de mi vestido prestado.

—Todo el tiempo. Desde que te conocí. Cada vez que te marchabas. —Mientras lo decía, me acarició el labio inferior, como si quisiera memorizar cada curva—. Siempre tuve mucho miedo de que nunca más me volvieras a atravesar esa puerta. O todavía peor, de que aparecieras y me odiaras todavía más.

—Yo sí que pensaba que me odiabas. —Le recorrí con los dedos los marcados contornos de los pectorales, descendiendo hasta su abdomen, y me detuve para desabrocharle los botones del pantalón.

Ya se los había desabrochado a la fuerza antes, aunque entonces fue debajo de un sauce. En la casita era todo muy distinto.

—¿Odiarte? Nunca. Creo que me enamoré en cuanto me amenazaste con tirarme por los acantilados.

Me reí.

—¡Yo no te amenacé con eso!

—Claro que sí.

—Es verdad, lo hice —rectifiqué—, pero no lo dije en serio.

—¡Pues claro que lo dijiste en serio!

—Bueno, pero no te he tirado, ¿verdad?

—No. Pero ojalá hubiera aceptado mi invitación para hacer un recorrido por los jardines. Ojalá hubiera caminado contigo por todos los senderos y me hubiera maravillado al ver cómo le has devuelto la vida a Lilymoor. —Parecía tan sincero que se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Yo... he tenido mucha ayuda.

Me tomó las manos y me besó los dedos con reverencia.

—Eres mágica, Sophie.

El corazón me latía tan fuerte en el pecho que estaba segura de que él podía oírlo.

Recordé que los capullos florecían a nuestro alrededor en nuestro jardín secreto, que él les hablaba cuando creía que yo no prestaba atención, que nuestras manos no eran tan diferentes cuando las entrelazábamos, ambas ásperas por los callos, aunque las mías tenían tierra bajo las uñas.

—Yo también creo que tú eres mágico.

Él sonrió al oírme.

—Por lo menos estamos de acuerdo en algo —replicó y me besó despacio. Me dejé caer contra él, y saboreamos la sensación de estar juntos—. Es muy raro —murmuró contra mi boca—. Besarte me provoca una especie de déjà vu. Sé que ya lo hemos hecho antes, pero... cada vez me parece más un sueño.

—Te prometo que no fui ningún sueño —repliqué al tiempo que le deslizaba las manos hacia el torso para desabrocharle la camisa gris oscura.

Él me desabrochó el vestido mientras me besaba el cuello y un hombro.

Luego, una vez que me quitó el vestido de Juliette, me plantó los labios en el canalillo mientras me desabrochaba el sujetador, y se tomó su tiempo explorándome los pechos, como si no lo hubiera hecho antes.

Introdujo los dedos por debajo del elástico de mis bragas y me las bajó por las caderas antes de acariciarme, despacio y con suavidad, mientras su boca regresaba a la mía. Ahogué un grito contra sus labios.

—Si fueras un sueño, no querría despertar nunca —dijo, y recordé lo que sentí al hacerlo con él en el jardín, rodeados de las plantas que florecían a nuestro alrededor. Eso no era tan mágico, pero seguíamos floreciendo. Una vez y otra y otra más.

—Yo tampoco —admití, sintiendo que el corazón me latía con fuerza, aunque suave y vulnerable, contra las costillas.

Me dio un beso en un pómulo, en la mandíbula, en una oreja, antes de susurrar:

—En ese caso, vamos a asegurarnos de que esto es real. Creo que debemos ser minuciosos.

—¿Y luego? —pregunté, esperanzada—. ¿Una vez que nos me me me aseguremos de que es real?

Se apartó un poco. Lo justo para que pudiera ver el desafío en sus ojos, salvajes y feroces. Sus dedos me acariciaron de nuevo, trazando círculos con el pulgar.

—¿Qué quieres? Dentro de lo razonable —añadió, haciéndose eco de la promesa de hacía semanas.

No sabía si podía enamorarme todavía más de un hombre al que conocía solo desde hacía un mes y medio, aunque me estaba enamorando de todas formas.

—A ti —respondí sin más, con sinceridad—. Por entero.

Y eso fue justo lo que me dio.

Me desperté cuando la luz de la mañana iluminaba el dormitorio.

Se reflejaba en el carillón de viento de cristal colgado delante de la ventana, que proyectaba prismas de colores por las paredes.

No recordaba cuándo habíamos dejado el sofá y nos habíamos ido a la cama, pero allí estábamos.

El despertador de mi mesita de noche anunciaba que eran las 6:37.

Tendría que levantarme pronto, pensé. Hasta que recordé que no era necesario que lo hiciera.

Que la fiesta del bicentenario había pasado. Que mi trabajo había terminado.

Todavía no había firmado el nuevo contrato.

No estaba segura al respecto. No estaba segura de nada.

En silencio, me apoyé de nuevo en la almohada y me volví para observar a Rus mientras dormía.

Su pelo parecía dorado a la luz de la mañana.

Todavía no me podía creer que estuviera allí, en mi casita, después de haberlo visto solo en un jardín mágico, y siempre con la misma camisa gris oscura y los pantalones negros.

La noche anterior, cuando volvimos a la casita, me di cuenta de muchas cosas.

La primera, que me gustaba bastante la aspereza de su barba.

La segunda, que lo prefería sin nada puesto o vestido de azul marino, porque resaltaba la intensidad de sus ojos.

Y la tercera, que estaba enamorada de él de una forma ridícula y desesperada, y no sabía muy bien cómo decírselo.

Abrió un ojo y me pilló mirándolo fijamente.

—Me estás asustando un poco —murmuró somnoliento.

—¿Cuándo nos acostamos? —le pregunté—. No me acuerdo.

—Tarde. Nos duchamos y me metí en la cama contigo —respondió—. Me empezaba a doler la espalda en el sofá... ¡Ay! —exclamó cuando le toqué el moratón que tenía cerca del pómulo—. Para, me duele. ¿Estropea mi atractivo?

—Por desgracia —contesté.

—Adiós a mi carrera de modelo.

Me acurruqué contra él, con la cabeza sobre su torso. Me acarició con suavidad el pelo corto y me sentí en paz. Como si pudiéramos quedarnos en ese momento para siempre. Quería echar raíces. Quería estar allí.

Quizá, en cierto modo, pudiéramos hacerlo.

—Vamos a quedarnos aquí para siempre —murmuré contra su pecho, que subía y bajaba con cada respiración.

Detuvo los dedos sobre mi cuero cabelludo.

—Sabes que no puedo quedarme, solecillo.

Me incorporé apoyándome en los codos y lo miré a la cara a la luz de la mañana.

—¿No puedes o no quieres?

—Aquí no hay nada para mí.

—Pero podría haberlo todo. —Me senté en la cama y me volví hacia él—.

No voy a intentar convencerte, porque ya le hemos dado vueltas a esto antes.

Solo sé que... —Respiré hondo y me armé de valor mientras le tomaba una mano y entrelazaba los dedos con los suyos.

Estaban muy cálidos—. Sé que quiero quedarme una temporada más, y quizá otra, y otra.

Me gusta estar aquí; es el primer sitio en el que siento que he encontrado mi lugar.

Quiero ver si Juliette por fin descubre a su verdadero amor y quiero asistir a una noche de colegas con Wykofski y quiero gustarle a Maldición algún día, algo que seguramente no sucederá, pero me gusta la idea.

Y... y sé que tienes una carrera profesional por la que has trabajado muchísimo, y sé que tienes una relación complicada con Lilymoor, pero...

te quiero, Cyrus Beck, y quiero que formes parte de mi vida aquí.

Por favor —añadí en voz baja, mirándolo a los ojos.

Pasé un buen rato sin saber si iba a levantarse e irse o a romperme el corazón con delicadeza, pero al final no hizo ninguna de esas cosas. Se limitó a incorporarse para besarme en los labios con suavidad.

—Tienes razón —dijo—, podría haberlo todo.

El corazón se me aceleró en el pecho.

—Entonces...

Inclinó la cabeza.

—Debería hablar primero con Oliver, pero antes de hacerlo, creo que necesito un café con desesperación.

Me reí, y el sonido ahuyentó los nervios que se habían apoderado de mi cuerpo.

—Creo que el café es una idea perfecta.