duende
Me detuve delante del muro cubierto por la madreselva, en medio del Jardín Central, y le dije a Lilymoor:
—Lo siento mucho.
Luego levanté el mazo y golpeé el muro. Una vez.
Y otra más. Las piedras comenzaron a desmoronarse.
Había descartado el espacio situado en medio del Jardín Central tomándolo como simples arbustos.
Según el mapa, detrás había un estanque que habían rellenado con tierra después de que Henry creara la Balsa.
A lo mejor no había nada al otro lado. A lo mejor solo había un sumidero. O maleza. O nada.
Aunque a lo mejor...
A lo mejor...
A lo mejor había una puerta.
Derribaría ese muro, piedra a piedra, si era necesario.
Lilymoor siempre había sido un lugar extraño.
Siempre había tenido voluntad propia. Pasos que no estaban en su sitio, parterres anegados, susurros en el viento.
Raíces que se movían, gansas enfadadas y plantas que florecían fuera de temporada.
Y esas enredaderas (esas extrañas madreselvas) que para mí eran un incordio, pero que al final resultaron estar guiándome hacia lo que buscaba.
¿Por qué no reconocer que, durante todo este tiempo, Lilymoor había estado intentando que alguien encontrara el jardín que Henry había empezado y que nunca terminó?
Costaba hablar de las personas que habíamos perdido; yo lo sabía mejor que nadie. Levanté muros tan altos que resultaba imposible escalarlos. Creía que si escondía mi dolor, si vivía en él, eso haría que alguna parte de Harrie seguiría viva.
Sin embargo, me equivocaba; porque mantenerla encerrada a cal y canto solo conseguiría que muriera conmigo, y ella se merecía mucho más.
Al igual que las enredaderas, que las malas hierbas o que las semillas de diente de león, Harrie no podía contenerse aunque yo quisiera.
El amor nunca debería contenerse. Harrie merecía que todo el mundo conociera su risa, su diario de palabras intraducibles, sus flores preferidas, sus esperanzas y sus sueños.
Merecía que se contaran historias sobre ella, merecía que su nombre surgiera en las conversaciones cotidianas, devolviéndola a la vida con cada nueva persona que se topara con sus recuerdos.
Merecía una vida detrás de otra y de otra, una vez, y otra, y otra más...
Todos lo merecíamos.
Henry también lo merecía. Merecía que la gente entrara en sus hermosos jardines y merecía que lo reconocieran por todas las ideas que nunca terminó, por todos los proyectos que quedaron a medio hacer en la tierra.
Porque cada pedacito de todo eso, cada recuerdo, cada frase inconclusa, cada jardín olvidado, contaba nuestras historias.
Una vez y otra y otra más.
Y yo quería contarle todas mis historias a Rus. Quería compartirlas todas con él, las buenas, las malas, las que me hacían sentir ridícula y las que me hacían sentir amada.
Él me entendía como casi nadie lo hacía, aunque a mí se me escapara el motivo, pero lo que tenía clarísimo era que el corazón me latía con fuerza y emoción, y eso me aterrorizaba.
Claro que merecía la pena arriesgarse por algunas cosas.
No quería que Cyrus se quedara atrapado en una interminable tarde de verano.
Quería verlo a medianoche. Quería verlo al amanecer.
Quería pasar las tardes de invierno con él, y las noches de verano, y las Navidades, y los cumpleaños...
Quería perder tanto tiempo con él que me dolía solo de pensarlo.
Quería seguir creando recuerdos. Quería seguir cometiendo errores. Quería seguir intentándolo.
Quería esforzarme al máximo.
Con un último grito, golpeé la piedra con el mazo y la pared se derrumbó hacia dentro. Respirando con dificultad, pasé por encima de los escombros y apoyé la mano en la conocida puerta azul.
Estaba cerrada con llave, pero busqué en el bolsillo del vestido hasta dar con ella. La saqué con torpeza y la introduje en la cerradura oxidada. Me temblaban las manos mientras la hacía girar.
Se oyó un clic.
Y la puerta se abrió de par en par.
Al otro lado había maleza, madreselvas cubriendo los muros y parterres a medio cavar.
Se me encogió el corazón al entrar. En el crepúsculo, sin la luz dorada de ese atardecer mágico que lo hacía cálido y habitado, El Jardín de Algún Día parecía olvidado.
Todo el arduo trabajo de Rus (todas las horas que pasamos plantando, podando y planificando) había quedado reducido a maleza y a plantas que habían crecido más de la cuenta.
Y recordé... que ya había visto antes ese lugar abandonado.
Me había asomado por encima de uno de los muros de ladrillo del Jardín Central y solo vi maleza, así que lo taché del mapa.
El corazón me latía con fuerza en la garganta y el pánico me estaba provocando náuseas. ¿Dónde estaba Rus?
Me escocían los ojos por las lágrimas, Intenté recuperar el aliento mientras entraba a trompicones en el jardín.
Había estado ahí todo el tiempo, pero no se parecía a lo que había imaginado.
No había flores, ni cenador, ni sauce...
Ese era el elemento que más echaba de menos. No había árbol, ni columpio, ni...
—¿Cyrus? —lo llamé, con la voz quebrada.
No obtuve respuesta.
La maleza crujía bajo mis zapatillas deportivas mientras avanzaba con cuidado por el jardín. Donde antes estaba el sauce, en ese momento crecía la madreselva, con sus flores amarillas y naranjas que parecían la luz del atardecer, y en medio de la enredadera estaba Cyrus Beck.
Tumbado en el suelo y dormido, mientras a su alrededor las flores de un amarillo intenso creaban una especie de halo, y los tallos de las enredaderas se enroscaban en sus extremidades.
Estaba de costado, con la cabeza apoyada en un brazo extendido, y los mechones cobrizos y rizados le ocultaban el rostro.
Volví a llamarlo mientras me arrodillaba y le apartaba el pelo de la cara.
—¿Rus? —dije con una nota esperanzada y titubeante en la voz.
Se despertó, despacio, como un amanecer.
Parpadeó para espantar el sueño y enfocar la vista, despeinado y desorientado.
Le acaricié la mejilla con los dedos y me miró a los ojos.
Los suyos eran del color de las tormentas en el mar, un azul profundo y abismal.
Se suavizaron al reconocerme. Una hora antes parecía un hombre completamente distinto.
—Me has encontrado —susurró, con la voz pastosa por el sueño, mientras levantaba una mano y me acariciaba la mejilla.
Le di un apretón y disfruté de la calidez de sus dedos. De su solidez. Eran reales. Había cumplido mi promesa.
Lo miré fijamente, rodeados como estábamos por la incipiente oscuridad de la noche. Nunca lo había visto bajo esa luz antes, y me parecía imposible creer que fuera todavía más guapo que hacía un momento.
—Te he encontrado —repetí.
Y, de repente, hizo un esfuerzo para incorporarse y tiró de las enredaderas que se le habían enroscado en las extremidades para librarse de ellas, haciendo que cayera sobre él una lluvia de pétalos amarillos.
Acto seguido, me agarró y me acercó a él para besarme como un hombre que había desperdiciado su vida a la espera de ese momento.
Sabía a madreselva, e imaginé que así era como sabía el sol: dulce, cálido y reconfortante.
A pesar de repetirme a mí misma que no debía encariñarme demasiado con nadie, que no debía involucrarme demasiado con Lilymoor, de alguna manera había acabado echando raíces.
Me importaba lo que le sucediera a ese lugar que Harrie y yo queríamos tanto, y no porque fuese incapaz de superar el dolor o de escapar de la sombra de Harrie.
Me encantaban los jardines por la mañana; me encantaba tomar café quemado con Juliette, sentadas las dos a la mesa de la cocina; me encantaba ver a los visitantes huyendo de Maldición; me encantaba toparme con otra extraña creación de Wykofski; me encantaba deambular por el Laberinto y por el Puente de la Luna y por los artísticos parterres cuajados de flores.
Me encantaba.
Y creo que a lo mejor también amaba al hombre que me había tomado entre sus brazos.
Cuando por fin nos apartamos para respirar, me tomó la cara entre las manos y dijo:
—Debería haber dejado que me llevaras al Bosquecillo de los Sauces. Debería haberme ido contigo en aquel momento.
—Todavía hay tiempo —repliqué—. Puedes probar la fondue.
—Creo que me encantaría hacerlo. —Levantó las manos y me secó las lágrimas que resbalaban por los rabillos de mis ojos—. Es como si hubiera dormido toda una vida aquí dentro.
—No seas tan exagerado. Solo ha sido una hora —bromeé antes de sorber por la nariz. Le eché un vistazo al jardín y me dolió el corazón al recordar cómo estaba antes... Pero todo su esfuerzo...
—Ha sido tiempo bien empleado —afirmó después de mirar a su alrededor, aunque al final sus ojos volvieron a clavarse en mí—. Contigo.
Con el corazón rebosante de emociones, lo besé de nuevo (no quería dejar de me besarlo nunca), pero oímos unos pasos detrás de nosotros y, al mirar, vimos que Oliver atravesaba la puerta. Me había seguido desde el Bosquecillo de los Sauces y estaba abriéndose paso entre los escombros del muro.
Se fijó primero en mí y luego miró a Rus, que se separó de mí y, después de tomar una honda bocanada de aire para tranquilizarse, se puso en pie.
—Oye, sobre lo que dije antes...
—Espera —lo interrumpió Oliver, tras lo cual le dio un puñetazo en la cara.
Rus se tambaleó hacia un lado y yo grité.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó a Oliver una vez que se enderezó, mientras se masajeaba la mejilla y lo fulminaba con una gélida mirada.
Oliver sacudió el puño a modo de respuesta. Acto seguido, respiró hondo y dijo:
—Sí, la verdad es que sí. —En ese momento, se dio media vuelta y se alejó.
Yo miré a Rus y luego a Oliver, y luego a Rus de nuevo.
—¿No vas a seguirlo?
—Me acaba de dar un puñetazo, así que no, aunque se ha contenido en el último momento —murmuró, sin dejar de masajearse la cara. Preocupada, miré al sobrino que se alejaba, pero Rus me tomó la mano y me dio un suave apretón—. Se le pasará. Luego hablaré con él. De todos modos, me lo merecía.
—¿Por la modificación del testamento? —pregunté.
Hizo una mueca de dolor.
—Sí, por eso.
Busqué en su expresión algún indicio de que hubiera cambiado de opinión sobre Lilymoor. Consciente de lo que yo estaba haciendo, se llevó mi mano a los labios para besarme los dedos.
—¿Me acompañas a la fiesta, solecillo?
Como si fuera una señal, en ese momento lo llamaron por teléfono (que llevaba muchísimo rato en silencio). Se lo sacó del bolsillo de la chaqueta del traje con la otra mano, miró el identificador de llamadas y se mordió el labio inferior.
—¿Es muy importante? —le pregunté.
—Es un cliente. —Durante un segundo creí que iba a contestar, pero luego silenció la llamada y se volvió a guardar el móvil en el bolsillo—. Que espere.
—Bien. Porque estaba a punto de quitarte el teléfono para estamparlo contra el suelo —repliqué, arrancándole una carcajada, que sonó tan bien, tan familiar y tan libre como el hombre que debería ser—. Bueno, ¿por dónde íbamos? Ah, sí. Una fiesta y un baile. Te debo uno.
—¡Solo uno!
—Como mínimo —respondió.
Me reí, me quité la guirnalda de flores de la cabeza y se la puse a él, y juntos salimos del jardín donde no pasaba el tiempo y nos adentramos por fin en el presente.