El jardín de algún día gökotta
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gökotta

Quizá Harriett era la gansa, después de todo.

Yo solo quería despedirme de mi madre y de Eddie antes de que emprendieran el regreso a casa en la autocaravana, pero Maldición estaba empeñada en me impedirme hacer cualquier cosa.

Nos persiguió a Rus y a mí, de manera que nos vimos obligados a improvisar una maniobra de emergencia.

Rus me dijo que me escabullera por el Laberinto mientras él enfilaba el Paseo de los Lirios y, con suerte, así podríamos deshacernos de ese diablillo.

Funcionó.

Jadeando, puse los brazos en jarras y caminé hasta el banco de piedra situado junto al busto de William Shakespeare, donde me dejé caer.

De verdad que necesitaba encontrar la manera de hacerme amiga de la gansa.

Si iba a vivir en Lilymoor, no podía hacer ejercicio cardiovascular cada vez que la mirara de forma extraña.

Mientras recuperaba el aliento poco a poco, me pareció oír mi nombre.

—¡Sophie! ¡Soph! —oí de nuevo.

Me quedé paralizada. El corazón me dio un vuelco al oír esa voz. Una voz conocida. Casi más que la mía. Una voz que ya no existía..., que no podía existir.

Y sin embargo...

—¡Soph! ¡Venga ya! ¿Dónde estás? —Su voz reverberó en el muro del Jardín de Algún Día. No sabía de dónde venía, solo que...—. ¡Este laberinto no tiene salida! —añadió con una risa encantada.

Reconocería su risa en cualquier parte, incluso en un mundo donde ya no existía.

—¿Harrie? —Su nombre salió como un chillido, tenso y nervioso. Carraspeé y lo intenté de nuevo—. ¡Harriett?

—¡Ah! Ahí estás. —Sonaba muy cerca, justo al otro lado de los setos, pero era imposible, era imposible. Sabía que si salía a mirar, no la vería, porque estaba en algún lugar que quedaba fuera de mi alcance—. Me he dado media vuelta y has desaparecido.

—Lo siento —dije, con un nudo en la garganta. Me incliné hacia los setos y cerré los ojos—. Te he perdido de vista.

—¡Ja! Tardona. ¿Nos vemos en la salida?

—Sí —respondí con voz ronca.

Harrie guardó silencio un momento antes de preguntar:

—Soph, ¿estás bien?

Sí, pero creía que tardaría mucho en estarlo. Sí, pero te echo de menos. Sí, pero el cielo es de un azul diferente sin ti. Sí, aunque en realidad nunca estaré bien del todo. Todo es distinto. Yo soy distinta, estoy cambiando. Como un jardín a lo largo de las estaciones.

Sí, pero porque he tenido que vivir todos los años que tú nunca podrás vivir.

—¡Sí! Es que... me gusta mucho este jardín —conseguí decir, aferrándome al borde del frío banco de piedra que tenía debajo, concentrándome en su solidez, en su humedad, para anclarme. El olor de la madreselva era lánguido y dulce—. Me alegro de haber venido a Lilymoor contigo, Harrie.

—Yo también me alegro de haber venido a Lilymoor contigo —replicó ella, y alcancé a oír la sonrisa en su voz.

Esa enorme sonrisa que dejaba a la vista todos sus dientes, tan deslumbrante y contagiosa que hacía sonreír a todos los demás con ella.

Podía verla en mis recuerdos—. Pero este laberinto es ridículo.

Creo que estás muy cerca. ¿Por qué no doblas la esquina y salimos juntas?

Diez años antes, la encontré en la salida. Diez años antes, entrelazamos los brazos y recorrimos el resto del jardín juntas.

«Yo estaba hablando con la voz de mi amor verdadero».

Diez años antes. Toda una vida.

Me froté los ojos.

—Adelántate tú. Luego te alcanzo. Yo... quiero dar una vuelta más.

—¿Estás segura?

No, no lo estaba.

—Sí. Espera —añadí y oí que sus pasos, que habían empezado a alejarse, se detenían.

—¡Qué!

—Mmm... —murmuré y apreté los labios, dejando que el inferior temblara, conteniendo un sollozo que no quería que ella oyese—. ¿Cuál es la palabra esa que me dijiste, la de levantarse temprano para oír a los pájaros?

Ella se rio.

—Gökotta. Es sueco.

Parpadeé para contener las lágrimas, aunque no pude evitar sonreír. Estaba segura de que, si se lo preguntaba, también me explicaría el origen.

—Gökotta. Esa, sí. Y... ¡Harrie? —añadí, al oír que sus pasos se alejaban de nuevo.

—¿Mmm?

—Te quiero.

Ella se rio.

—Qué rarita eres. Yo también te quiero.

Y, en ese momento, sus pasos se desvanecieron al otro lado del seto, y la luz dorada del sol desapareció detrás de los árboles.

Me quedé allí sentada durante mucho tiempo, hasta que el naranja se fundió con el morado en el cielo, mientras me secaba las lágrimas que no dejaban de brotar hasta que...

dejé que cayeran. Me permití llorar por enésima vez desde el momento que reconocí que llevaba en el pecho un agujero con la forma de Harrie.

Un agujero que, poco a poco, comenzó a llenarse de flores silvestres, como haría un buen trozo de tierra.

Lo había mantenido yermo durante mucho tiempo, arrancando tanto la maleza como la hierba en sí a la espera de que algo perfecto lo llenara, pero eso no existía.

Y mientras cuidaba de los jardines de Lilymoor, dejé de prestarle atención poco a poco al agujero yermo de mi pecho y permití que entrara un poco de vida.

No sería lo mismo, pero ya no estaba vacío. Seguía ahí, pero había cambiado. Algo nuevo crecía en el amor que conservaba.

Diez años antes, prometimos volver a Lilymoor, pero eso no llegó a suceder.

Me alegraba que, al menos por un tiempo, Harriett Fisher hubiera sido mi mejor amiga.

—Gracias —le susurré al jardín y volví con Rus.

Estaba sentado en un banco cubierto de musgo en el Jardín Central, debajo del roble alcanzado por un rayo, con unos vaqueros oscuros y una camiseta holgada.

La ropa le quedaba un poco rara, ya que era de Oliver, pero la imagen de ese hombre perfecto dejando a la vista demasiado tobillo, toda una indecencia, me aceleró el corazón.

Me miró con una sonrisa torcida y cálida, y yo se la devolví mientras me acercaba y me sentaba a su lado.

Entrelazó sus dedos con los míos con la misma facilidad con la que respiraba, como si fuera algo natural.

Empezamos a caminar de vuelta al aparcamiento, donde mi madre y Eddie seguían (o eso deseaba yo) esperando.

Mi madre estaba encantada de que hubiera decidido quedarme en Lilymoor.

Me dijo que parecía muy feliz y, de hecho, lo estaba.

Creo que por primera vez en mi vida. Era feliz de verdad.

Aunque deseaba que Harrie pudiera haberlo visto, pero quizá, en cierto modo, ya lo hubiera hecho.

—¿Estás bien? —me preguntó Rus, al fijarse en mis ojos rojos e hinchados.

Asentí con la cabeza, secándome las lágrimas.

—Gökotta.

Frunció el ceño, desconcertado.

—¿Qué?

—¿Recuerdas que te dije que hay una palabra para despertarse al amanecer solo para oír a los pájaros?

Sus ojos brillaron al comprenderlo.

—Gökotta —repitió mientras me frotaba el nudillo del pulgar. Se inclinó, me rozó la nariz con la suya y me besó—. ¿Qué vas a hacer mañana por la mañana?

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que tú vayas a hacerme mañana por la mañana.

Se rio entre dientes.

—Estaba pensando que podríamos tomarnos un café al amanecer, oír a los pájaros y luego... ¿quizá plantar un sauce en el jardín que encontraste? Tengo la sensación de que algún día será grande. Lo bastante grande como para poner un columpio.

—¿Qué pasó con el columpio?

Se encogió de hombros.

—Ni idea. Quizá lo encontremos cuando construyamos también un cenador y plantemos margaritas de otoño, cosmos y un jazmín estrellado.

—Eso son años de trabajo —señalé.

—Seguramente —convino él con una falsa expresión pensativa—. Así que... ¿qué te parece si reservamos unas cuantas mañanas más? ¡Solo para adelantarnos un poco?

—Creo que no has incluido tu trabajo en este plan —repliqué.

—No lo he olvidado. Seguiré trabajando. No sé, creo que podría dedicarme al derecho inmobiliario o a algo fácil.

Fingí un grito de sorpresa.

—¿Vas a dejar a tus clientes?

—Voy a contarte un secreto —dijo, inclinándose hacia mí para susurrarme al oído—. Odio a mis clientes.

Chasqueé la lengua, aunque el corazón me latía con fuerza, alegre y esperanzado, por la idea.

No recordaba cuándo fue la última vez que pensé en hacer planes para el futuro.

Quizá no saliera bien. Quizá el plan cambiara.

Pero en ese momento me gustaba la esperanza que me daba... la esperanza de un mañana.

—En ese caso, creo que es un plan estupendo —dije—. Pero tendrás que preguntarle a mi novio.

No se opuso a la idea. De hecho, parecía que ya lo había considerado.

—Me han dicho que es pelirrojo. Y alto. Y guapo.

Hice un mohín con la nariz.

—¿Quién te ha dicho todo eso?

—Tu novio —contestó y me dio un beso que no admitía réplica. Fue intenso, lento y voraz, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Y me han dicho que le gustas mucho. De hecho, creo que está loquito por ti.

Levanté la mirada hacia esos ojos del azul de las tormentas.

—¿De verdad?

Su voz se suavizó.

—De verdad. —Me tomó las manos y me besó los dedos—. Quiero envejecer a tu lado, sin importar cuánto tiempo nos lleve. Merecemos tomarnos nuestro tiempo, contigo a mi lado, Sophie Drear. —Me miró a los ojos, y en ellos había todo un océano de devoción—. Como si es toda una vida.

Levanté la mirada hacia su cara, memorizando la forma en la que la suave luz del atardecer jugaba sobre su pelo cobrizo y sus afilados pómulos, deseando grabarme la imagen en la memoria por si acaso.

Como poco para poder recurrir a ese momento cuando necesitara recordar lo que se sentía al ser amada y comprendida, al sentirme en casa.

Porque allí estaba, disfrutando del presente y ladeando la cabeza como un girasol para disfrutar de los últimos rayos del sol.

Una vida era poco tiempo, pero nos apañaríamos.

Algún día.

Había una vez una casa en los acantilados, al lado del mar, y fue allí donde me enamoré.

Me enamoré de lo bien que florecían los lirios, de cómo trepaban las enredaderas y del movimiento de los sauces cuando se mecían.

Me enamoré de todos los rincones de Lilymoor según los iba descubriendo, sumándose a mi jardín de recuerdos.

En otoño, Rus se mudó a la casita conmigo.

Le hacía menos caso al móvil y pasaba más tiempo en los jardines.

Maldición nunca dejó de perseguirlo y, al final, incluso aprendió a subir la escalera, para espanto de todos.

En invierno, nos mantuvimos calentitos junto a la estufa de leña de la casita, o junto a la chimenea de la mansión cuando Eula se sentía demasiado sola por el frío invernal, y pasábamos las tardes oscuras en la terraza con chocolate caliente y montones de libros de la biblioteca.

En primavera, Eula sacó sus discos preferidos y puso la música de jazz tan alta que se oía hasta en el Bosquecillo de los Sauces.

Yafir empezó a traer a su hijo al trabajo, y esos piececillos correteando por el suelo de madera le dieron nueva vida a la vieja casa.

El verano llegó con un anillo y una promesa.

Y aprendí a enamorarme de nuevo con cada nueva estación y cada nuevo año, algunos más sorprendentes que otros.

Juliette y Oliver se marcharon de Lilymoor durante una temporada para hacer un viaje por carretera y nos mandaron postales desde cada lugar donde se detenían.

Wykofski se enamoró de una me armonicista itinerante de Idaho y, al final, también se marchó para perseguir un nuevo sueño.

Rus y yo nos quedamos, y Eula se quedó. Se quedó diez años más.

Y luego se quedó dormida.

Casi todas las mañanas, me levanto al amanecer para oír a los pájaros, y cada verano saboreo la madreselva, y beso a Rus a la hora dorada del atardecer cada vez que puedo.

También lo beso por las mañanas, y a primera hora de la tarde, y en el cenador de ese jardín que tendremos algún día, cuando por fin lo construyamos.

Nunca volví a oír la voz de Harriett y, aunque los jardines tejían extrañas historias para otras personas, la magia de Lilymoor nos dio de lado con gran educación.

Claro que ya no la necesitábamos, porque nos enamoramos una vez y otra y otra más, temporada tras temporada, en ese jardín de algún día situado en los acantilados, al lado del mar.