petts reddast
Agosto llegó con un sol de escándalo, contando los días que faltaban para celebrar el bicentenario de Lilymoor.
Por las mañanas, Wykofski me ayudaba a regar todos los jardines (como a esas alturas estaban casi todos abiertos, resultaba una tarea mucho mayor que antes) y luego por las tardes me ocupaba de la proliferación de madreselvas, que por fin, ¡por fin!
, descubrí que tenían su origen en el Jardín Central, y arreglaba un poco la composición, hasta que la puerta azul aparecía sola y luego me metía en el soleado Jardín de Algún Día y plantaba semillas y enredaba las ramas del sauce en vallas vivientes que llegaban hasta las rodillas, y bailaba alrededor de Cyrus y de mis propios sentimientos.
Si fingía que no existían, a lo mejor dejaban de existir.
Llevé fresas para comer, y nos reímos y hablamos sobre nuestra infancia y sobre los grandes planes de Henry para los jardines.
Intentamos adivinar dónde estaba ese jardín en la vida real, y cada día iba a buscar su ubicación en el punto que decíamos, pero nunca lo encontraba.
Si que descubrí bastantes pasadizos secretos, cubiertos de maleza a esas alturas, que eran atajos hacia diferentes zonas de la propiedad, y supuse que la gansa los usaba y por eso se movía tan rápido.
—Maldición es muy astuta —convino Rus—. Recuerdo cuando llegó a la mansión. Persiguió a Oliver hasta que se cayó en la Balsa.
—Seguro que se lo merecía —dije, y se echó a reír.
—Pues claro que sí.
El tiempo que pasaba en el jardín transcurría demasiado deprisa, y cada vez que me marchaba, el tiempo parecía avanzar a paso de tortuga.
Cada vez que la gansa hacía algo, cada vez que veía a Oliver o cada vez que Eula me ponía al día de las confirmaciones de asistencia, me moría por contárselo a Rus.
Y la única persona a la que le hablé de Rus fue a mi madre... y por puro accidente.
—¿Te gusta? —me preguntó después de que me desahogara con ella por lo sucedido en el día y por la insistencia de Oliver de comprobar cada confirmación de asistencia, y de añadir un acompañante a cada invitado si no especificaban nada.
Insistía en que no habría bastante comida y en que la inmaculada tabla de quesos de Juliette se quedaría en simples cortezas si no ajustaba mejor el presupuesto.
Juliette y él no hacían más que discutir de un tiempo a esa parte, y no estaba segura de si quería que se peleasen en el aparcamiento o que se besaran.
Di un respingo.
—¿Oliver? Pues... —Fruncí el ceño mientras recordaba el pasado mes—. Creo que antes sí... Puede. Tonteamos, pero...
—Hay otro —adivinó.
—Me voy dentro de semana y media, no puede haber nadie —le recordé, pero ella se limitó a chasquear la lengua.
—El amor pocas veces llega a tiempo, retoña.
—El amor no va a llegar nunca.
—¿Por qué no?
—Porque me voy —insistí—. Es una pérdida de tiempo.
Me quedé callada de repente. ¿A quién me parecía en ese momento?
Mi madre se rio de mí.
—Retoña, perder el tiempo es un privilegio —dijo, enfatizando esa palabra—. Pierde tanto tiempo como puedas. En cosas que ames, en cosas que disfrutes, en momentos que te hagan tan feliz que podrías estallar. Y, al final, si lo haces bien, nada de esto habrá sido una pérdida.
—Pero... ¿y si me gusta de verdad?
—¡Bien! Date permiso.
Darme permiso. Parecía mucho más fácil de decir que de hacer.
En mi decimooctava visita al jardín, decidimos ocuparnos del muro de madreselva que pretendía aprisionar a un pobre mecejo que tenía al lado, así que intentamos reconducirla. Tendía a extenderse por todas partes.
—A Henry le encantaba —dijo Rus al tiempo que le quitaba una flor a la enredadera y se llevaba a la boca la punta donde estaba el néctar—. Siempre andaba por ahí con una en la boca. ¿Las has probado?
Negué con la cabeza.
—No me gusta mucho lo dulce.
—Pruébala. No está muy dulce. Hay pocas cosas que sepan mejor —me aseguró.
—¿Cómo qué?
Titubeó.
—Pues... no me acuerdo —mintió y, de repente, la flor le pareció muy interesante. La hizo girar entre los dedos hasta que se la quité y me llevé la punta a los labios, los mismos pétalos que él acababa de probar.
Mi lengua se inundó con el dulce néctar. Era delicioso, y me reí por la sorpresa.
—Pues la verdad es que no está mal.
Él esbozó una sonrisa cálida y suave como la luz del sol.
—¿Qué pasa, creías que iba a mentirte?
—Es posible —respondí con timidez antes de saborear la flor de nuevo—.
Aunque las flores no mienten. Creo que eso es lo que más me gusta de ellas.
¿Sabías que en la época victoriana a menudo se comunicaban mediante arreglos florales?
Era un lenguaje muy complejo. Estaban las rosas para el amor y las margaritas para la inocencia, claro; pero también la lavanda para la desconfianza y la estrella alpina para el valor.
—La madreselva para el amor devoto —añadió él, y me sorprendió tanto que casi se me cae la flor—. ¿No es así? —continuó, ladeando la cabeza—. A menos que me falle la memoria.
—No, no te falla. —Qué sorpresa más agradable. Me descubrí mirando la flor con una sonrisa—. Estás lleno de sorpresas.
Me guiñó un ojo.
—Te lo dije, era un alborotador. Y a los alborotadores los castigan mucho, y dio la casualidad de que a este lo mandaron a un rincón de la biblioteca donde había muchísimos libros aburridos sobre flores.
Me reí, encantada.
—¡Aburridos!
—A más no poder —confirmó con seriedad—. Perdí muchísimo tiempo allí.
Sonreí con más ganas. Lo que hacíamos también era una pérdida de tiempo, pero mientras se me iban los ojos hacia su boca, recordé las palabras de mi madre.
«Y, al final, si lo haces bien, nada de esto habrá sido una pérdida».
No sabía si estaba bien o no, pero reconocía la opresión que experimentaba en el pecho y lo que me hacía sentir Rus cuando estaba cerca de él, y si estaba mal, pues... en fin, perdería el tiempo. Iba a darme permiso para perderlo con él.
—No creo que lo perdieras. Usaste tus conocimientos para ayudar a Eula a elegir las flores para la celebración del bicentenario, ¿a que sí?
—Sigo creyendo que debería haberse decantado por las lilas —contestó.
—Mmm —murmuré—. Creo que los girasoles encajan mejor.
—Las hortensias. Las hay de todos los colores.
—Aquilea.
Hizo un mohín con la nariz.
—¿Aquilea?
—Es resistente a las plagas, a la sequía, atrae a las mariposas... Hay quien dice que hasta cura los corazones rotos.
Levantó un poco las cejas.
—¡Ah, la verdad va saliendo a la luz! La jardinera es una romántica.
—Pues la verdad es que no lo soy —repliqué antes de acortar la distancia que nos separaba para ponerle la flor detrás de la oreja—. Harrie me decía que mi vida amorosa estaba tan seca como el filtro de pelusas de mi secadora.
—Qué tragedia —replicó y me besó. Le deslicé las manos hacia el cuello de la camisa, luego por la piel y fui subiendo hasta recorrerle la línea del mentón con las puntas de los dedos.
Empezó a respirar de forma superficial a causa de mis caricias—.
Aquilea no —susurró al tiempo que me clavaba sus ojos azul cobalto, que se volvieron del color de un mar oscuro como el oporto—.
Camelias. —Me sostuvo una mano contra su mejilla y ladeó la cabeza hacia ella para besarme la delicada piel de la cara interna de la muñeca—. Ranúnculos. Azahar.
Flores que representaban el anhelo, el encanto, algo antiguo y eterno... Algo duradero.
—Muérdago —susurré, pero lo que quería decir era «bésame de nuevo».
Y él lo entendió.
Se apoderó de mi boca con labios hambrientos y rudos, besándome como si llevara años echándome de menos.
Me saboreó con la lengua, recorriéndome el labio inferior y degustándome como si quisiera grabarse a fuego en la memoria el movimiento de nuestras bocas.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación.
Se inclinó hacia mí, con una mano en mi muñeca, sujetándomela con fuerza contra su cara, y la otra en uno de mis muslos.
Fue subiendo los dedos poco a poco, por debajo de mis deshilachados pantalones cortos, colocándome el pulgar en el hueso de la cadera, y clavándolo en la delicada curva.
—Hoy hueles a margaritas —me dijo contra la boca.
—Las he estado arreglando antes.
—¡Las que hay en el lado oeste del Laberinto! Siempre me ha encantado ese sitio. —Me besó en la mejilla y después fue bajando los labios hasta llegar al cuello.
—Son mis preferidas —admití y sentí que me ponía colorada, que se me aceleraba la respiración.
En las enredaderas, los capullos se convirtieron en flores de un amarillo brillante, y con la suave brisa veraniega, las anémonas rosas, naranjas y azules florecieron de repente, pero no nos dimos cuenta de nada de eso, perdidos en el sabor de la miel.
Pegó la frente a la mía para me aspirar mi aroma.
—Me da miedo lo mucho que te deseo. Cuando me despertaste por primera vez, me sentía muy vacío, adormecido, como si hubiera olvidado lo que se sentía al estar vivo.
Pero, Sophie, aquí contigo..., ahora..., soy incapaz de recordar lo que era no sentir nada.
—Titubeó y me miró a los ojos—. Me gustas muchísimo.
Sentía el corazón tan lleno que creía que me iba a estallar. Le acaricié el rostro con las manos y le susurré:
—Bésame otra vez.
Se le dilataron las pupilas al oír mi orden.
—Podrías decir «por favor».
—Bésame otra vez, por favor...
Me rozó la boca con la suya a modo de provocación.
—¿Solo un beso? —preguntó con voz ronca.
El deseo prendió, profundo y voraz, en mis entrañas.
—¿Qué más tienes en mente?
—Tengo mucha imaginación —contestó, con la voz cargada de calidez y veneración.
Luego me robó otro beso y me pegó con brusquedad al muro, cuyos ladrillos se me clavaron en los omóplatos.
Mientras me acariciaba el lateral de la cara con sus largos dedos, me mordisqueó el labio inferior, y sentí el roce afilado de sus dientes.
La refinada compostura que tanto se había esforzado por mantener se desmoronaba beso a beso, despertando de nuevo algo cálido y salvaje.
Sus caricias eran ligeras como una pluma, haciendo que empezara a arder por su ternura.
Me di cuenta de lo dura que la tenía, porque sus pantalones libraban una valiente lucha que debía de ser dolorosa.
Bajé las manos hacia los botones de su bragueta, pero me las agarró con una de las suyas y me besó en una de las comisuras de los labios.
—Todavía no —susurró antes de me besarme de nuevo la mejilla y el cuello—.
Tenemos tiempo. —Y la mano que no sujetaba las mías empezó a bajar, acariciándome los pechos antes de tomar uno—.
Tenemos mucho tiempo. Puedo ir despacio.
—Y mientras lo decía, volvió a subir por mi cuerpo para agarrarme la barbilla entre el índice y el pulgar—.
Tan despacio como quieras, solecillo. —Había un brillo travieso en sus ojos, la expresión de alguien que sabía cómo sembrar el caos y que pocas veces se permitía disfrutarlo.
Sin embargo, yo también sabía sembrar el caos, así que moví la cabeza lo justo para capturarle el pulgar con la boca.
Se lo chupé. Se le oscurecieron los ojos y su expresión se tornó febril.
Me sacó el pulgar de la boca, me agarró la cara y se apoderó de mis labios, como si quisiera grabarse mi sabor en la memoria.
La sensación de su boca, su forma de lamerme el labio para provocarme...
Metió una rodilla entre mis piernas y se apoyó en el muro para poder echarme la cabeza hacia atrás y besarme con más pasión. Me deslizó el pulgar con suavidad por la barbilla y bajó por el cuello, muy despacio, de forma deliberada, en dirección al pecho.
—Rus —susurré, colorada—, cre-creo... —Me mordisqueó el cuello y luego pasó la lengua por las marcas que me había dejado—. Creo que tú también me gustas —dije por fin, y el deseo de su cara se volvió tierno antes de me besarme de nuevo en la boca solo para saborear las palabras.